Cuidar la biodiversidad no es una opción sino la llave para la sobrevivencia en América Latina

Una productora agroecológica de un municipio altoandino de Cusco, vende sus productos en un mercado vecinal en Perú. La diversificación y cosecha de productos en base a la práctica agroecológica es uno de los roles que cumplen las mujeres campesinas e indígenas en los latinoamericanos, nutriendo no solo a la protección de los ecosistemas sino a la seguridad y soberanía alimentaria. Imagen: Mariela Jara / IPS

LIMA – América Latina y el Caribe es una de las regiones del planeta con mayor diversidad biológica, pero que enfrenta una pérdida acelerada en perjuicio de la seguridad alimentaria y bienestar de su población, y de alcanzar el objetivo de desarrollo sostenible.

Por ejemplo, solo en la década de 2005 a 2015 se deforestaron 41 millones de hectáreas de bosques, la mayor pérdida en el planeta, por la expansión de una agricultura insostenible y al crecimiento urbano, entre otros factores, afectando con ello los ecosistemas y medios de vida.

Ante ese amenazante panorama para esta región con más de 672 millones de habitantes, de los cuales 25,5 % se encuentra en pobreza y 10 % en pobreza extrema -golpeando en mayor grado a población indígena, rural y afrodescendiente-, la agricultura familiar es, pese a las débiles políticas estatales de apoyo y estímulo, una alternativa para contribuir a la conservación y protección de la biodiversidad.

“En la región es necesario hablar de una agricultura familiar campesina e indígena que produce a pequeña escala, que mantiene prácticas ancestrales vinculadas al cuidado del ambiente que les rodea y a la práctica agroecológica”, dijo a IPS en Lima, la peruana Giovanna Vásquez, investigadora asociada de la no gubernamental Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo (Desco).

“Las disputas de poder sobre la naturaleza siempre han existido, pero ahora es más visible en este escenario global tan complejo. Lo que toca es colocarnos con las poblaciones indígenas y comunidades campesinas que están defendiendo sus territorios y sus medios de vida”, Giovanna Vásquez.

Y agregó: “Las mujeres son las protagonistas esenciales en la implementación de la agroecología porque son las que están más afincadas en la parcela que en el trabajo a nivel del espacio público, que es a la vez una brecha que ellas enfrentan. En este escenario, ellas están en la vanguardia del cuidado del medioambiente y de la biodiversidad”.

También especialista en agricultura familiar, seguridad alimentaria y derechos de las mujeres rurales, Vásquez destacó que la visión campesina indígena se basa en sostener una relación de armonía con la naturaleza, más allá de la mirada productivista, lo que contribuye a proteger la biodiversidad en nuestros países.

Giovanna Vásquez, investigadora asociada de la institución no gubernamental Desco, de Perú, destacó la defensa que los pueblos indígenas y comunidades campesinas hacen de sus territorios en la región, lo que constituye cuidar la biodiversidad y la naturaleza. Imagen: Cortesía de Giovanna Vásquez

La prioridad de defender la sostenibilidad del planeta

El 22 de mayo se conmemora el Día Internacional de la Diversidad Biológica, fecha instituida por Naciones Unidas que este año lleva el lema “Actuar localmente para lograr un impacto global”.

La fecha busca posicionar al Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), el tratado internacional que se propone impulsar medidas para un futuro sostenible. Entró en vigencia en diciembre de 1993 y cuenta con la ratificación de 196 países, entre ellos todos los latinoamericanos y caribeños.

Según el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), esta zona del globo reúne  40% de la biodiversidad del planeta y en su territorio se encuentran seis de los 17 países considerados megadiversos: Brasil, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela.

Sin embargo, esta riqueza está en riesgo por los modelos de producción y consumo, el cambio climático y disputas geopolíticas que incrementan la situación de vulnerabilidad de las poblaciones que dependen de los recursos naturales para sostenerse. Y amenazan la viabilidad de las vidas existentes.

“Para nosotras la tierra es como un niño al que hay que alimentar, si está bien nutrido es difícil que se enferme, por eso le agregamos los nutrientes necesarios para que nos dé plantas fuertes. Todo nos sirve cuando cosechamos, para nosotras no hay mala hierba, todo lo reutilizamos”, María Eugenia Calla.

“Las disputas de poder sobre la naturaleza siempre han existido, pero ahora es más visible en este escenario global tan complejo. Lo que toca es colocarnos con las poblaciones indígenas y comunidades campesinas que están defendiendo sus territorios y sus medios de vida. Y allí el rol de la juventud, con su activismo, será clave, porque defenderán la sostenibilidad del planeta que nuestra generación no ha podido hacer”, afirmó Vásquez.

La 15 Conferencia de las Partes del CDB (COP15), realizada en Canadá en 2022, aprobó el Marco Mundial Kunming-Montreal para la Biodiversidad, con aportes de las delegaciones de América Latina y el Caribe. Es una hoja de ruta al 2030 para frenar la extinción que en el caso de la región experimenta 94 % de pérdidas de especies animales.

En 2024, La siguiente COP de la CDB, celebrada en la ciudad colombiana de Cali, reconoció a los pueblos indígenas y afrodescendientes y comunidades locales como actores claves en la protección de la biodiversidad y aprobó la creación de un espacio permanente para su participación en la toma de decisiones y articulación entre países.

La agricultura familiar indígena y campesina contribuye en los países de América Latina a la conservación de la biodiversidad, con la participación protagónica de las mujeres. En la imagen, una productora agroecológica dentro de un pequeño invernadero con fitotoldo, en el municipio de Paruro, en el departamento andino de Cusco, en Perú. Imagen: Mariela Jara / IPS

Agricultura familiar: luces y sombras

Estudios de Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) indican que la población indígena en América Latina y el Caribe asciende a cerca de 60 millones de habitantes, aproximadamente 10 % de los habitantes de la región. Bolivia, Guatemala, Perú y México son los países con mayor proporción.

Como parte de su cultura y medios de sostenimiento desarrollan en sus territorios la agricultura familiar, denominada así por la extensión pequeña de sus áreas de cultivo. Según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), esta actividad representa 80 % de toda la que se realiza en este sector productivo.

Diversos estudios han evidenciado a la agricultura familiar sostenible, la que emplea buenas prácticas agrícolas, como alternativa para detener la pérdida de biodiversidad, pues se nutre de una forma de ver el mundo y relacionarse con la naturaleza, distinta de la lógica de acumulación, desde una perspectiva de equilibrio y armonía.

Inclusive durante la pandemia de la covid-19, en países como Brasil, muchas familias pudieron alimentarse con la producción de las mujeres y hombres dedicados a la agricultura en pequeña escala.

La barrera central en la región es el desinterés de los Estados por esta forma de producción agrícola, pese a que además de contribuir a la protección de la biodiversidad, expande prácticas saludables para el planeta y la gente, y proporciona una fuente sustentable de alimentos para las familias.

El potencial de la región ha sido analizado y relevado por diversos organismos internacionales, que consideran a su gran biodiversidad una fuente de bienestar, y una oportunidad en momentos críticos como lo fue el de la pandemia. Sin embargo, pese que los países han avanzado en aprobar algunas normas, estas no son suficientes y tampoco se cumplen adecuadamente.

“Trabajo todo agroecológico para el consumo familiar. No soy dependiente de los bancos, de las empresas que comercializan los insumos agrícolas, yo mismo produzco mis semillas, mis abonos, no compro ningún insumo agrícola”, Eusebio Vásquez.

Para Eusebio Vásquez, pequeño agricultor del departamento andino de Ayacucho, en Perú, es muy grave que las autoridades locales y nacionales, no entiendan que conservar la biodiversidad significa mantener una despensa para el hoy y para el mañana.

El también presidente de la peruana Asociación Nacional de Productores Ecológicos (Anpe), explicó la importante de la agroecología para el cuidado y preservación de las semillas nativas que son la base de la producción de alimentos.

“Soy agricultor de una comunidad campesina que se llama Sachabamba, tengo 70 variedades de papas nativas, cuatro de quinua (Chenopodium quinoa) y de habas (Vicia faba). Trabajo todo agroecológico para el consumo familiar. No soy dependiente de los bancos, de las empresas que comercializan los insumos agrícolas, yo mismo produzco mis semillas, mis abonos, no compro ningún insumo agrícola”, describió.

Vásquez habló con IPS en Lima, donde concurrió a un encuentro en sede de la Comunidad Andina de Naciones. Identificó diversas amenazas que enfrenta la agricultura agroecológica, entre ellas el cambio climático, al que ven como un azote.

“No es solo falta de agua o lluvia, heladas y granizadas, enfermedades y plagas de los cultivos; también es nuestra situación como humanos, qué vamos a comer si no producimos, qué vamos a abastecer a los mercados locales. Estamos solos en esta triste realidad, porque ninguna autoridad asume. Todos los apoyos de los gobiernos son para la agroexportación que se vende afuera, no para los consumidores locales”, deploró.

Efectivamente, los eventos climáticos extremos, frecuentes e intensos, rodean de mayor incertidumbre y vulnerabilidad a la agricultura familiar en la región.

Según la FAO, el sector asume hasta un 65% de las pérdidas por estos episodios. Y estima que al 2040 la productividad agrícola podría descender en 10,7 %, afectar a las mujeres y hombres del campo y generar una migración a las ciudades de hasta 17 millones de personas en el 2050.

Vásquez manifestó mucha preocupación pues pese a los esfuerzos que como agricultores agroecológicos despliegan en sus territorios, muchas veces no es suficiente para retener a los jóvenes que migran hacia la minería informal o ilegal en busca de ingresos económicos, despoblando los campos. “¿Quién va a trabajar la tierra mañana?”, se preguntó.

En Perú la población rural se sitúa en poco más de 16 % de sus 33 millones de habitantes, marcando un descenso progresivo y persistente, expresión de desigualdades en el acceso a salud, educación, formación técnica, empleo, ingresos, siendo las mujeres las que están en peor situación por la discriminación de género y no ser tomadas en cuenta en las políticas públicas.

El productor agroecológico y presidente del gremio nacional que los agrupa, Eusebio Vásquez, deplora la falta de comprensión de las autoridades sobre la necesidad de tomar medidas para proteger la biodiversidad. En la imagen, a la derecha, Vásquez, en una exposición de productos. Imagen: Anpe

Protagonistas de la sostenibilidad

Las mujeres campesinas e indígenas latinoamericanas mantienen prácticas basadas en conocimientos ancestrales que colocan como un norte el respeto por el entorno natural, procurando una relación de interdependencia y armonía, tomando lo necesario y devolviendo a la tierra.

A decir de la investigadora Giovanna Vásquez, las mujeres practican desde hace muchísimo tiempo lo que hoy se denomina economía circular, es decir el aprovechamiento sostenible. de los recursos que proporciona la naturaleza.

Y aunque tienen esa mirada sostenible en su quehacer, que constituye una contribución especialmente en tiempos en que conviven la crisis climática, alimentaria, hídrica, las políticas públicas de los Estados no las incorporan. Su protagonismo en la conservación y protección de la biodiversidad no es visible en el espacio público.

Pero son innumerables las experiencias de resistencia, de una apuesta genuina por hacer del planeta un lugar que dure para el presente y las nuevas generaciones.

“Nuestro aporte es como silencioso, invisible, todo el día trabajamos, pero no se ve”, dijo a IPS María Eugenia Calla, agricultora del municipio de Cerro Colorado, en el departamento de Arequipa, al sur de la capital peruana.

Presidenta de la Confederación Nacional de Organizaciones de Mujeres Rurales de Perú y vicepresidenta de Anpe, detalló las largas jornadas de trabajo que cumplen diariamente asumiendo responsabilidades productivas y de cuidado de sus familias.

“Nos da mucha vida el trabajo agroecológico, hacer la asociación y rotación de cultivos, nutrir a la tierra, que nosotros la vemos como si fuera un bebe que necesita estar bien alimentado, y lo hacemos sin nada de químicos, le retribuimos después de la cosecha en forma de compost”, añadió.

Calla no viene de una familia de agricultores, pero al conocer la propuesta agroecológica se involucró de lleno, aprendió, incorporó la práctica en su huerto, expande estos saberes y moviliza a las mujeres rurales para que se organicen y estén en mejores condiciones para luchar por sus derechos.

La agricultura familiar es una palanca en marcha para la conservación de los ecosistemas y de la biodiversidad en la región.

Lideresas indígenas de la región ya han planteado el cambio de modelo económico, lo que permitiría un descanso y reconciliación con la madre tierra, es decir con la naturaleza y los medios de vida, agotados ante las políticas extractivistas de los gobiernos, incluyendo el crecimiento de los monocultivos de agroexportación que erosiona los suelos y afecta ecosistemas.

En ese contexto, resultan más significativas experiencias como las de María Eugenia Calla: “Nosotras diversificamos nuestros cultivos, eso nos permite una alimentación balanceada y nutritiva, sabemos lo que producimos, cosechamos y comemos, así tiene otro sentido lo que es la alimentación de los pueblos”, dijo.

Reiteró la importancia de cuidar el suelo para la protección de los ecosistemas, porque “para nosotras la tierra es como un niño al que hay que alimentar, si está bien nutrido es difícil que se enferme, por eso le agregamos los nutrientes necesarios para que nos dé plantas fuertes”.

“Todo nos sirve cuando cosechamos, para nosotras no hay mala hierba, todo reutilizamos”, explicó.

No pierde la esperanza de que llegue el día en que, así como ellas, las personas de las ciudades “y más que todo las autoridades”, se concienticen sobre lo que es cuidar el planeta para que sea un espacio del buen vivir donde prosperen las prácticas agroecológicas.

ED: EG

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