Desastres anteriores amplifican temores de un súper Niño en Brasil

Barrios enteros, incluso en el centro de la ciudad, quedaron semanas bajo el agua en Porto Alegre, capital del estado de Rio Grande do Sul, en el extremo meridional de Brasil, tras las lluvias torrenciales que suelen caer cuando está activo El Niño. Imagen: Gustavo Mansur / Palacio Piratini

RÍO DE JANEIRO – El escarmiento de tragedias recientes, especialmente las de 2024, justifica los temores ante la posibilidad de un súper El Niño en los próximos meses en Brasil, así como también en muchas otras partes del mundo y en toda América Latina.

Lluvias torrenciales en abril y mayo de 2024 inundaron 92,4 % de los 497 municipios del estado de Rio Grande do Sul, en el extremo sur de Brasil, dejando 183 muertos, 23 desaparecidos y más de 700 000 personas sin hogar, decenas de puentes, carreteras y siembras destruidas. Algunas ciudades y barrios quedaron sumergidas muchos días.

En ese mismo año, la Amazonia sufrió la peor sequía conocida en su historia, con muchas comunidades aisladas, ríos gigantescos en mengua. Y el Pantanal, la mayor área húmeda del planeta, en el centro-oeste brasileño, tuvo sus bosques quemados por incendios de extensión sin precedentes.

El temor es la repetición de los eventos climáticos extremos con un El Niño más fuerte que el de 2023/2024, una posibilidad apuntada por algunos institutos especializados. Pero es demasiado temprano para prever su intensidad, según los expertos más reconocidos.

Un “super El Niño” es como informalmente se llama al fenómeno cuando las aguas tropicales del océano Pacífico se calientan a más de dos grados centígrados por encima del promedio histórico. Los científicos lo clasifican entonces como muy fuerte.

En 2023/2024 se alcanzó dos grados, el límite entre el fuerte y el muy fuerte. Un calentamiento entre uno y 1,5 grados genera un El Niño moderado.

“El recalentamiento global es el trasfondo que puede agravar todo”: José Marengo.

El Niño Oscilación del Sur (Enos), el nombre completo del fenómeno, cuando es más fuerte no provoca necesariamente eventos extremos más graves, hay otros factores detrás de los desastres climáticos.

“En 2005 tuvimos sequía en la Amazonia y no fue un año de El Niño”, ejemplificó José Marengo, coordinador de Investigación y Desarrollo del Centro Nacional de Monitoreo y Alertas de Desastres Naturales (Cemaden).

En 2015/2016 las aguas del Pacífico se calentaron 2,6 grados y sus efectos no fueron tan devastadores como los de 2024, por lo menos en Brasil.

“Hemos tenido sequías durante o en ausencia de El Niño, pero en años de aguas calientes en el Atlántico, como en 2012, cuando hubo una de las peores sequías en el Nordeste de Brasil, sin El Niño”, acotó Marengo a IPS por teléfono desde São José dos Campos, a 100 kilómetros de São Paulo, donde tiene sede el Cemaden.

Familias tuvieron que caminar y transportar sus alimentos a las espaldas, ante la desaparición de los ríos que normalmente son las carreteras de los pobladores ribereños en la Amazonia brasileña, pero que se secaron en 2024. Imagen: Clóvis Miranda / Fotos Públicas

Sequía o lluvia extrema

Lluvias excesivas en el sur y sequías en el norte, que comprende la Amazonia y la región Nordeste cuyo interior es semiárido, además de ondas de calor e irregularidad pluviométrica en el centro de Brasil, que comprende las regiones Sudeste y Centro-oeste, son las principales alteraciones de El Niño en el país.

Pero la temperatura del Atlántico tropical, en el norte y en el sur, es otro factor determinante de los eventos climáticos brasileños. “El recalentamiento global es el trasfondo que puede agravar todo”, recuerda Marengo.

El azote de El Niño alcanza a todo el mundo, en particular a América Latina, más cercana a su fuente.

El norte de Argentina sufre igual que el sur de Brasil al aumento de las lluvias, que pueden extremarse y provocar desastres. Lluvias extremas suelen golpear la costa norte de Perú y Ecuador, mientras en la parte central de Chile, los Andes en Bolivia y el norte de Venezuela la tendencia son las sequías, resumió Marengo, un científico peruano que vive en Brasil hace dos décadas.

“En América Central El Niño representa menos huracanes, que están relacionadas a la formación de lluvias, entonces tenemos sequías”, añadió Marengo. “Esas son las áreas más afectadas, por lo menos históricamente, en América Latina”, Brasil no es una excepción, destacó.

Orígenes del nombre y del miedo

La denominación El Niño incluso se originó en Perú, donde los pescadores costeros observaron la merma de peces cuando subía la temperatura de las aguas del Pacífico, cerca de la Navidad, cuando la cristiandad celebra el nacimiento del niño Jesús.

Las primeras menciones al fenómeno con ese nombre son de fines del siglo XIX. Coincidentemente se registra El Niño que duró de 1877 a 1879 como el más mortal de la historia. Se estima que haya provocado la muerte de hasta 50 millones de personas, en gran parte de hambre por las sequías generalizadas en el mundo.

Solo en el Nordeste de Brasil, la región más afectada en el país, casi medio millón habrían muerto, mientras buena parte de la población migró a otras regiones.

Esa tragedia histórica comprueba que se trata de un fenómeno natural, no relacionado al recalentamiento del planeta. Pero hay interacción entre los distintos factores climáticos, agravando la crisis actual.

La intensidad de El Niño creció en los últimos 20 años, constata el experto de Cemaden. El fenómeno ocurrió en su nivel fuerte en 1982/1983, 1997/1998 y 2015/2016, es decir con el Pacífico ecuatorial calentando más de dos grados por encima del promedio.

Es lo que hace temer su repetición en 2026/2027, pese a la imposibilidad de prever la intensidad antes de septiembre, según los investigadores.

Sobre su ocurrencia casi no hay dudas. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA en inglés) de Estados Unidos estimó en 82 % la posibilidad de un nuevo El Niño en los próximos meses y de 96 % para su persistencia hasta el verano meridional.

La frecuencia no sufrió gran alteración, El Niño sigue ocurriendo entre cada dos a siete años, con duración de nueve a 12 meses, sostiene la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

Dentro del Enos, El Niño se alterna con la Niña, la fase fría, que produce efectos opuestos: aumento de las lluvias en la parte norte de Sudamérica, o sea Amazonia y países como Colombia, Venezuela y Perú, sequías en el Cono Sur (Argentina, sur de Brasil, Paraguay y Uruguay), huracanes y lluvias torrenciales en el América Central y el Caribe.

Los incendios forestales, favorecidos por la sequía de 2024, ocasionada por El Niño, quemaron incluso parte del Parque Nacional de Brasilia, a pocos kilómetros de la sede del gobierno brasileño. Imagen: Ricardo Stuckert / PR

Interacciones mortales

Pero la interacción de los factores que alteran el clima amplía las incertidumbres. El Niño de 2023/2024 contribuyó a que el planeta registrara las mayores temperaturas en los últimos años, con elevación de hasta 1,5 grados en comparación con el período preindustrial.

La combinación de los diversos factores, incluyendo la temperatura del Atlántico tropical, tiende a aumentar la frecuencia e intensidad de los eventos extremos que multiplican la llamada ansiedad climática en el mundo.

Otros factores, como la deforestación y las islas de calor urbanas no tienen efectos inmediatos. “No se nota el impacto de la deforestación amazónica en el verano siguiente, pero si a largo plazo”, apuntó Marengo.

Además, sequía y calor incrementan el riesgo de los incendios, como los que destruyeron buena parte de los bosques amazónicos y del Pantanal en 2024, matizó.

El temor de nuevos desastres movilizó algunas autoridades en Brasil. El gobierno del meridional estado de Santa Catarina decretó el estado de alerta climático por 180 días desde el 18 de mayo, para facilitar la liberación de recursos y ejecución de obras preventivas.

Santa Catarina ha sufrido inundaciones en varias ciudades, con la subida de sus ríos y derrumbes en barrios construidos en sus orillas.

El estado de Rio Grande do Sul, el más afectado por las lluvias torrenciales en 2024, intensificó sus inversiones en la reconstrucción de ciudades y carreteras destruidas.

Pero aún no construyó las viviendas necesarias a la población desabrigada hace dos años, ni recuperó las escuelas damnificadas y tampoco las compuertas que deberían proteger la capital Porto Alegre, ciudad de 1,4 millones de habitantes, del desborde de los ríos, señaló Thaynah Gutierrez, secretaria ejecutiva de la Red por Adaptación Antirracista.

La red de 50 organizaciones sociales reclama medidas de adaptación al cambio climático con prioridad para los sectores más vulnerables de la población, como los negros.


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Ante lo que considera acciones insuficientes del poder público en la prevención y adaptación a los eventos climáticos extremos, la red y el Observatorio del Clima, otra red de organizaciones ambientalistas, lanzaron el 21 de mayo una carta pública para reclamar medidas urgentes de los gobiernos ante la inminencia de un nuevo El Niño.

El manifestó ya cuenta con la firma de 74 entidades de activistas ambientales y de derechos humanos.

Falta una acción coordinada, un plan de largo plazo y acciones urgentes para evitar los daños sociales, ambientales y económicos que son previsibles, ante la experiencia pasada y reciente, señaló Gutierrez a IPS por teléfono desde São Paulo.

Las dos redes presionan el gobierno central por reuniones con los cuatro ministerios que tienen papeles importantes en la crisis climática, como el de Medio Ambiente, el de Ciudades y de Integración Regional, para trazar planes, coordinar e impulsar acciones con los gobiernos locales.

El escarmiento, las lecciones recientes de las tragedias parecen no sensibilizar ni movilizar los gobernantes ante la gravedad de los desafíos, lamentó la activista.

ED: EG

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