LA HABANA – Nuevas normas, incentivos fiscales y un esprint de inversiones en paneles solares han sido empujados en Cuba por el bloqueo petrolero de Estados desde finales de enero. Otra crisis que acelera una transición energética durante décadas planificada, pero que, en épocas de mayor bonanza de fuentes fósiles, se paraliza.
El 19 de febrero, el Ministerio de Finanzas y Precios publicó una resolución que amplía las exenciones de impuestos a la importación de componentes y equipos vinculados a fuentes renovables de energía.
Como parte del llamado plan de contingencia anunciado el 6 de febrero, en respuesta a las presiones de Estados Unidos, el gobierno había destinado también 10 000 módulos solares a trabajadores de la salud y la educación, 5000 a comunidades aisladas y otros 5000 a bancos, hogares de ancianos, niños sin amparo familiar y centros hospitalarios.
Ya en 2025, el gobierno de Miguel Díaz-Canel se había comprometido a la instalación de 55 parques solares, pero en enero de 2026 solo había 37 activos. De los 280 megavatios (MW) de potencia en instalaciones fotovoltaicas al cierre de 2024, en 2026 ya había superado los 1000 MW.
Durante una intervención en el programa televisivo Mesa Redonda, el 22 de abril, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, estimó que Cuba inició 2025 con una participación cercana a 3 % de estas fuentes dentro de la matriz eléctrica nacional y concluyó el año con alrededor de 10 %, con la meta de cerrar 2026 con 15 %.
Para 2030, la meta es que 24 % de la generación eléctrica proceda de fuentes renovables.
Pese a esta pequeña mejoría en la dependencia de combustibles fósiles, la población cubana lo que percibe y sufre son las consecuencia de un deterioro muy acelerado de su infraestructura energética y de los volúmenes de suministro de crudo.
Para peor, desde 2020, la generación eléctrica ha disminuido en una cuarta parte. Las centrales termoeléctricas y la generación distribuida perdieron unos 900 MW en capacidad instalada.
En 2024, el déficit diario promedio fue de 570 MW durante el verano boreal y aumentó a 1317 MW en el último trimestre, con tres colapsos totales del sistema electroenergético. Entre octubre de 2024 y marzo de 2026, ya se habían acumulado siete largos apagones generales.
Durante 2025, el déficit diario aumentó aún más: a un promedio de 1531 MW, con picos de 2054 MW.
La razón de este déficit no obedece a un aumento galopante de la demanda de los sectores residencial o industrial. Todo lo contrario.
Cuba tiene un consumo final de energía por habitante mucho menor que los promedios regionales (0,46 toneladas equivalentes de petróleo por persona, en comparación con 1,0 en América Latina y el Caribe), según datos del Panorama energético de América Latina y el Caribe 2025, de la Organización Latinoamericana de Energía (Olade).
Asimismo, en consumo de electricidad, esta nación insular caribeña también está en la parte baja: 1414 Kilovatios hora (kWh) per cápita, por debajo del promedio regional (2334). Incluso con este modesto consumo, el sistema funciona al límite.
Cuba ha dependido de combustibles fósiles importados, porque de los aproximadamente 100 000 barriles diarios (de 159 litros) que requiere, solo produce 40 %, mientras el desarrollo de fuentes renovables de energía ha sido históricamente históricamente deprimido y con más planes que realidades.
En 2025 empezó a cambiar esa tendencia gracias al financiamiento chino, pero esa carrera ahora contrarreloj no puede recortar tantos años de dependencia a los hidrocarburos y de falta de impulso a energías limpias, en que un país insular caribeño como Cuba tiene abundancia.

Dependencia decenaria
“Con escasas fuentes tradicionales propias, Cuba ha sido siempre dependiente de la importación de energía”, refiere un artículo de la estadounidense Universidad de Columbia.
Tras el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Estados Unidos estableció su embargo hacia la isla desde 1962, que se mantiene hasta hoy con fases de flexibilización o endurecimiento, como el de ahora.
Para solventar ese embargo, el gobierno cubano, que hasta entonces dependía de compañías petroleras estadounidenses, encontró en la ahora extinta Unión Soviética su principal socio comercial y proveedor de crudo, lo que persistió en forma menguante con Rusia, tras una interrupción de dos años cuando se produjo el colapso soviético.
“Las distorsiones inherentes al comercio con los países socialistas de entonces generaron el resultado paradójico de recrear una estructura económica con una densidad energética elevada, a pesar de tener niveles de ingreso per cápita modestos y ser un país importador neto de energía”, recuerda el artículo universitario.
Con la caída del campo socialista en el este de Europa, en los años 90, la crisis económica se agudizó en Cuba con la depresión del suministro de combustible, soportando a lo largo de esa década el llamado Periodo Especial del que el país nunca se repuso totalmente.
Las importaciones de combustible se desplomaron 45,8 % entre 1990 y 1993. Como consecuencia directa, la generación eléctrica cayó de 15 025 GWh en 1990 a 12 459 GWh en 1995, un descenso del 17,1%.
Esta parálisis energética se tradujo en cortes programados de hasta 16 horas diarias en las provincias, y en la capital se establecieron bloques de ocho horas sin servicio. En perspectiva, aquella crisis ensombreció la historia de Cuba pero muchos residentes la recuerdan pequeña con respecto a la axfisiante de hoy.

Dependencia fósil persistente
Una década más tarde, la alianza entre la isla y la Venezuela de Hugo Chávez (1999-2013), recreó el acceso de fuente estable de combustibles en condiciones preferenciales.
En el año 2000, los fallecidos Hugo Chávez y Fidel Castro firmaron el llamado Convenio Integral de Cooperación entre Venezuela y Cuba, con un pacto cuyo artículo 3 establece que Caracas se comprometía a enviar 53 000 barriles diarios de petróleo a cambio de que la isla le suministrara servicios médicos y otros apoyos.
Además, se concretaron entre ambos países inversiones que permitieron el reinicio de operaciones de la cubana Refinería de Cienfuegos, lo que aportó a la isla una fuente de exportación e ingresos en divisas durante varios años.
La bonanza permitió capear temporales económicos, pero anestesió, una vez más la urgencia de diversificar las fuentes energéticas.
La situación pudo estabilizarse paulatinamente, hasta que la empresa estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa) se retiró en 2016 de la operación conjunta en la refinería y las importaciones de petróleo venezolano pasaron de un promedio de 99 000 barriles diarios en 2013, a unos 57 000 en 2021.
Cuba no podía costear sus necesidades de combustible sin los precios preferenciales de Venezuela, que amortiguaron los vaivenes de los del mercado internacional, multiplicados por las sanciones económicas y financieras de Estados Unidos.
Entonces el gobierno empezó a racionar el consumo eléctrico en las instalaciones estatales y, en 2021, cuando empezaron a fallar las plantas termoeléctricas por sus viejas tecnologías y la falta de mantenimiento, volvieron los apagones programados.
Esas plantas procesan el pesado crudo interno, con altos contenidos de azufre, lo cual exige ciclos de reparaciones más frecuentes y con frecuencia postergadas por falta de financiamiento.
Según Jorge Piñón, director del Programa de Energía para América Latina y el Caribe de la estadounidense Universidad de Texas, durante esta década Cuba podía apañárselas, aunque malamente, con los 35 000 barriles diarios del crudo venezolano y una cantidad menor de petróleo mexicano.
Al menos, hasta que tropas estadounidenses secuestraron al expresidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, y se interrumpieron abruptamente los envíos hacia Cuba desde Caracas.
Una orden ejecutiva firmada por Donald Trump el 29 de enero, oficializó la política de asfixia energética a la isla, que no recibió crudo hasta la llegada, por razones humanitarias, de un buque petrolero ruso a finales de marzo, cargado con 740 000 barriles.
Díaz-Canel dijo el 2 de mayo que ese crudo se agotará “estos días” y “no sabe cuándo más va a entrar combustible a Cuba”.

¿Cómo ha avanzado la transición energética?
Las crisis demandan cambios. Ya durante el Periodo Especial de los 90, el gobierno había implementado estrategias como el Programa de desarrollo de las fuentes nacionales de energía, en 1994; o el Programa de ahorro de electricidad en 1997.
En el verano de 2004, Cuba encadenó otra crisis de apagones por generación insuficiente de electricidad, que condujo al gobierno a importar 72 420 grupos electrógenos hasta 2020, para cubrir los picos de máxima demanda y proveer electricidad en caso de averías o de mantenimiento a las unidades de mayor potencia.
En 2005 comenzó la llamada “Revolución Energética”, con la que el gobierno sustituyó miles equipos eléctricos altamente consumidores por otros más ahorrativos.
Como resultado, de la gran inversión en generación distribuida, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (Onei), en 2021 solo se quedaban activos 1527 grupos electrógenos o motogeneradores, insuficientes para cubrir el déficit existente.
Cuba no avanzó tampoco en la incorporación de energías renovables, de la que ostentaba entonces modestos dispositivos eólicos y fotovoltaicos, y una gran fortaleza en la biomasa de la agroindustria cañera.
De 2006 a 2019, los combustibles fósiles representaron 69,9 % de la producción primaria de energía en la isla, con 52,3 % de crudo y 17,6 % de gas. El 30,1 % restante provino de productos de caña (27,1 %), leña (2,7 %), según datos de la revista cubana Cuba Energía.
En 2019, la biomasa representó 97,6 % de la energía renovable, mientras que 2,4 % la generaron fuentes fotovoltaicas, eólicas, hidráulicas y biogás.
Cuba ha tenido varios proyectos para aumentar la generación a partir de fuentes renovables, muchos inconclusos o fallidos por problemas de gestión, desafíos técnicos, financiamiento y la compleja burocracia del modelo empresarial estatal.
Algunos ejemplos. En 2013 se anunció la construcción de un parque eólico con una capacidad generadora de 50 MW en Las Tunas, en el este de Cuba. China extendió crédito y tecnología para la instalación de 34 turbinas que deberían estar operando desde inicios de 2018.
En su intervención televisiva de abril, el titular de Energía y Minas anunció que el proyecto finalmente acabaría este 2026. Otra vez, un esprint impulsado por la crisis.
En 2017, empezó la construcción de una bioeléctrica junto al central azucarero Ciro Redondo, en la central provincia de Ciego de Ávila. La empresa mixta Biopower, con tecnología china, invirtió 186 millones de dólares para aportar 62 MW a la red eléctrica a partir de bagazo y marabú.
Pero el poco rendimiento de la agricultura cañera en la isla causó inestabilidad en los flujos de este insumo, al punto de que esta bioeléctrica opera hoy de forma intermitente por falta de biomasa.
Fuera de la práctica, muchos avances en energía renovable ocurrieron solo sobre el papel: en 2014 se aprobó la Política para el desarrollo perspectivo de las fuentes renovables de energía y la eficiencia energética.
En 2019, cuando el gobierno emitió el Decreto-Ley 345 sobre el “desarrollo de las fuentes renovables y el uso eficiente de la energía”, la transición energética se convirtió en prioridad del Estado.
Sin embargo, poco se ha avanzado —en 2014, las renovables representaban un escaso 4,6 % de la generación—, al punto de que los proyectos se revaluaron y ahora Cuba se conforma en sus planes con que las fuentes renovables representen hacia 2030, 24 % de la matriz energética, frente a 37 % que se había diseñado en 2014.
Según De La O Levy, el ministro de Energía y Minas, una segunda etapa en la transición energética, prevista para 2035, proyecta llegar a 40 % en energía renovable, lo que permitiría eliminar la importación de combustibles.
La pregunta es si, para entonces, habrá suficiente economía para sostener los créditos que paguen esa meta.

¿Cuba ha tenido capacidad de invertir?
Cualquier sistema eléctrico necesita inversiones constantes en mantenimiento, reemplazo de equipos, modernización de redes y adquisición de insumos.
Un estudio del Banco Mundial señala que las inversiones deben rondar 25 % del producto interno bruto (PIB) para promover el crecimiento y evitar cuellos de botella en la infraestructura.
Sin embargo, de acuerdo a datos de la Onei, la tasa de inversión total en Cuba nunca superó 12 % de su PIB. En 2015, cuando el efímero deshielo de las relaciones entre Washington y La Habana propició oportunidades económicas y de ingresos en divisas a raíz del turismo estadounidense, la inversión apenas rondó 6 % del PIB.
La isla no logró traducir aquel período de abundancia en infraestructura duradera.
En 2021, cuando la crisis económica se agudizó debido a los efectos de la pandemia de la covid-19 y una reforma monetaria fallida, al gobierno no le quedó más opción que cambiar su rígido modelo y estimular la importación sin aranceles de paneles fotovoltaicos a personas naturales.
El Ministerio de Finanzas y Precios emitió ese año una resolución que fijaba el precio por la energía –procedente de fuentes renovables– entregada al Sistema Eléctrico Nacional por productores independientes del sector residencial: el equivalente a unos 0,025 dólares al cambio oficial de entonces.
En octubre de 2023, el mismo ministerio duplicó ese monto, pero el coste de pagar la electricidad por el sistema electroenergético nacional seguía siendo mucho menor que el de importar o comprar en divisas los paneles solares. Salía más rentable no invertir en fuentes de energía renovable.
Ante el fracaso de aquellos incentivos, el gobierno optó por la vía imperativa. El 26 de noviembre de 2024, el Decreto-Ley 110 obligó a todos los actores económicos —estatales y privados— considerados “altos consumidores” a generar con fuentes renovables la mitad de la electricidad que consuman en horario diurno.
El mayor estímulo llegó cuando el 7 de febrero de este año el gobierno racionalizó la venta de combustible y a muchos negocios no les quedó más remedio que invertir en paneles y guardar sus generadores eléctricos que funcionan con gasolina o diésel.
Una vez más, una crisis de combustible ha desencadenado en la sociedad cubana otra suerte de revolución energética; en este caso, energética y verde, mientras sobrevive entre largos cortes eléctricos y apagones nacionales.
ED: EG


