ISRAEL: Los nuevos disidentes

Un soldado reservista inició una huelga de hambre en solidaridad con prisioneros palestinos, declarando que renunciaría a su ciudadanía y viviría en un campamento de refugiados. Otro activista fue brevemente encarcelado. Un libro electrónico arroja luz sobre estos y otros nuevos disidentes israelíes.

Simbólicamente, y de manera no violenta, se plantan contra las desigualdades sociales, políticas y racistas perpetradas en su país contra otros ciudadanos (los pobres, las mujeres, los activistas, la minoría de palestinos israelíes), contra "los otros" que están en el medio (los inmigrantes y los refugiados políticos procedentes de África), y contra "los otros otros" (los palestinos).

Luchan contra "el sistema". Y sistemáticamente ponen a prueba la promesa sionista de su nación, de establecer un Estado judío independiente, soberano, democrático, libre e igual para todos en la Tierra Prometida, tal como señala oficialmente la Declaración de Independencia de Israel.

"El Estado de Israel (…) estará basado en los principios de libertad, justicia y paz (…); asegurará la completa igualdad de derechos políticos y sociales a todos sus habitantes sin diferencia de credo, raza o sexo; garantizará libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura", plantea ese documento, que data de 1948.

Los nuevos disidentes se sienten traicionados porque perciben que hace ya tiempo que su Estado reniega de su compromiso original. Para ellos, la promesa real no es la tierra, sino la justicia.
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"Pese a haber logrado la independencia y la soberanía política, estamos esclavizados. Esclavizados a nuestra conquista, a las injusticias que creamos, a trabajadores extranjeros que explotamos y oprimimos; a los refugiados sudaneses que nosotros -el pueblo perseguido, el pueblo refugiado- arrojamos en la cárcel", protestó Na’ama Carmi, expresidenta de la Asociación para los Derechos Civiles en Israel, en un profético blog escrito hace seis años.

Cuando se cumplieron 40 años de la ocupación de Cisjordania y Gaza, que ya lleva 45, Carmi conmemoró junio de 1967 como "el momento en que dejamos de ser libres", concluyendo que "el esclavizador no puede ser libre".

Ahora, 35 de esos comentarios publicados en blogs están incluidos en una antología electrónica titulada "Disidentes israelíes: Notas desde un terreno resbaladizo".

Originalmente fueron escritos en hebreo por 10 activistas de medios alternativos y por los derechos humanos de organizaciones no gubernamentales locales, como "Anarquistas Contra el Muro" (en alusión al muro que separa a palestinos de sus familias y sus tierras bajo el discutible pretexto de la seguridad), o "Boicot Desde Adentro" (que apoya el boicot palestino, así como el reclamo de sanciones).

"Todo está listo, apenas esperando que el fósforo encienda el fuego que consumirá la democracia de Israel, y eso seguramente ocurrirá", advierte Noam Rotem.

Los profetas de la fatalidad que pronosticaron que se esfumaría el sueño del pueblo judío de vivir libre en esa tierra son desestimados, y a menudo otros israelíes los llaman "traidores". Su disidencia es patriotismo crítico, sostienen.

"No odiamos esta tierra. Por el contrario, amamos nuestra patria, sus paisajes, sabores, esencias, sonidos e idiomas, no solo para vivir aquí pese a las dificultades y a las políticas que nos parecen indignantes e indefendibles, sino también para impulsar abiertamente ideas muy impopulares que creemos son cruciales para el futuro bienestar -e incluso existencia- de un sistema de gobierno llevadero en este país que amamos", escribe Rechavia Berman, editora de la compilación, en el prefacio.

Se los califica de ser judíos antisemitas, que se odian a sí mismos, y se los acusa de instigar el terrorismo.

"No nos odiamos. Nuestra ira y nuestra lucha tienen por objetivo el apartheid y la ocupación, el abuso y la opresión, aquellos que los apoyan y aquellos que se interponen en nuestro camino a medida que buscamos combatirlos", responde Berman.

Son objetores de conciencia de la era de Internet, y han jurado respetar el mandamiento de la memoria, de no olvidar, documentando a conciencia los abusos cometidos por su país. Un país que, señalan, nació de las cenizas del Holocausto perpetrado durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) por los nazis, que exterminaron a seis millones de judíos.

Sacudiéndose las cadenas de, o tal vez verdaderamente encadenados a aquella tragedia, sueñan con y actúan para la creación de una sociedad ejemplar que debería regirse por la justicia universal. Su quijotesca cruzada consiste en salvar a Israel de sí mismo.

A lo largo de la compilación, alertan contra "el proceso gradual y acelerado en el que el sistema de gobierno de Israel se está apartando cada vez más de los principios centrales y los derechos garantizados e inherentes a la democracia".

Algunos blogs mencionan la coacción religiosa -especialmente contra mujeres judías- por parte de judíos radicales ultraortodoxos, a quienes los autores llaman "la Hermandad Judía", en referencia al movimiento egipcio Hermandad Musulmana.

La mayoría admite que la dificultad de inculcar un mensaje pacífico se origina en que su país está arraigado en una sociedad compacta. La solidaridad precede a la tolerancia cuando el sentimiento -a veces irracional- que prevalece es el de vivir bajo el constante temor de amenazas existenciales.

Los sistemas político y religioso se las han arreglado para mantener una narrativa poderosamente consensual. Que "no hay un socio negociador del otro lado" y que el objetivo último de los palestinos es "arrojarnos al mar" son mantras públicos.

Cuando se cree que la extinción nacional todavía pesa en la balanza, la ocupación se vuelve el menor de los dos males. Emplear la violencia en el futuro cercano parece ser la mejor receta para aquellos -que son la mayoría- convencidos de que una enorme espada de Damocles pende sobre sus cabezas.

"Es imposible discutir estos asuntos con la mayoría de mis amigos. Ellos no quieren oír, no me creen o piensan que ‘los árabes’ se merecen lo que les ocurre", se lamenta Lisa Goldman, sintiéndose "cada vez más aislada".

La tragedia es que la mayoría de los israelíes probablemente estarían listos para apoyar una solución de dos estados que implicara una retirada -militar y civil- de los territorios ocupados, aunque más no sea que para preservar el carácter judío y democrático de su país.

Pero la mayoría también cree que el desafío sería arduo, dado que en Palestina vive medio millón de colonos judíos. Y estos no renunciarán facilmente a la ocupada Jerusalén oriental.

Señalando que "las peores decisiones pueden tomarse de un modo perfectamente democrático" -en clara alusión al régimen nazi, electo democráticamente en los años 30- Berman reconoce en el prólogo, cual comentario póstumo: "Podemos ser incapaces, o llegar demasiado tarde, para influenciar a la mayoría desastrosamente equivocada, pero yo me niego a dejar que se diga que no había otra manera, o que el peligro no se pudo prever".

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