El náhuat, la lengua del pueblo pipil, se niega a desaparecer en El Salvador

Elena López (I), una de las dos maestras que enseña náhuat a niños, en Nahuizalco, en el oeste de El Salvador, dirige una de las dinámicas pedagógicas de la mañana, en la que los pequeños, caminando en círculos, cantan canciones en la lengua de sus ancestros, el pueblo pipil.Imagen: Edgardo Ayala / IPS

NAHUIZALCO, El Salvador – Un grupo de niños que ahora participa de un programa de inmersión en el náhuat, la lengua del pueblo pipil y la única prehispánica que aún subsiste en El Salvador, es la última esperanza de que ese idioma no muera.

“Este esfuerzo pretende que el náhuat se mantenga vivo y por eso nos enfocamos en los niños, que ellos continúen y preserven esa parte importante de nuestra cultura”, dijo a IPS Elena López, durante un corto receso para que los niños a los que enseña esa lengua pudieran degustar un refrigerio.

López forma parte del proyecto Cuna Náhuat, que desde 2010 busca preservar y revitalizar esa lengua en peligro de extinción, por medio de la inmersión lingüística temprana. Ella es una de las dos maestras que la enseña a niños de tres a cinco años, en la sede de Nahuizalco, un municipio del departamento de Sonsonate, en el oeste de El Salvador.

En riesgo de desaparecer

“Cuando una lengua muere, se extinguen con ella, el sostén de las culturas y de los territorios indígenas”, señala el informe Revitalización de Lenguas Indígenas, según el cual las 500 lenguas amerindias que aún se hablan en América Latina están todas en situación de mayor o menor amenaza o riesgo.

“Este esfuerzo pretende que el náhuat se mantenga vivo y por eso nos enfocamos en los niños, que ellos continúen y preserven esa parte importante de nuestra cultura”: Elena López.

En Mesoamérica, que abarca México, Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, se hablan 75 de esas lenguas, dice el estudio.

Exceptuando a México, Guatemala es el más diverso, lingüísticamente, con sus 24 idiomas: el más hablado es el k’iche’, del tronco mayense, y el que menos, el xinca, de origen desconocido.

Brasil es el país étnica y lingüísticamente más diverso de América Latina, con entre 241 y 256 pueblos indígenas y entre 150 y 186 idiomas.

Algunos de los niños que aprenden náhuat, en la ciudad de Nahuizalco, en el oeste de El Salvador, a través de un programa de inmersión lingüística a temprana edad, en un esfuerzo de la Universidad Don Bosco para mantener viva esa lengua, que se encuentra en peligro de extinción. Sentada a su lado, la maestra Elsa Cortez. Imagen: Edgardo Ayala / IPS

 

 

Un 25% de estos idiomas están en riesgo de extinción, si es que no se hace algo urgente al respecto, detalla el reporte. Se estima que en América Latina, añade, viven más de 50 millones de personas que se autoidentifican como indígenas.

“Estas lenguas van perdiendo valor de uso (…) las familias, de forma creciente, interrumpen la natural transmisión intergeneracional de las lenguas de sus mayores, y se observa un proceso lento pero seguro de mudanza hacia la lengua hegemónica, y los hablantes hacen del castellano o portugués su idioma de uso predominante”, refiere el informe.

Las causas del peligro de que desaparezcan esas lenguas amerindias son variadas, señala el reporte, como la interrupción de la transmisión intergeneracional: el idioma ya no se está pasando de generación en generación.

Y es justamente eso lo que se pretende reavivar con el proyecto Cuna Náhuat, al enfocarse en niños de las edades señaladas, que pueden aprovechar aprender de nahuahablantes que sí recibieron el idioma de sus papás y abuelos y lo hablan fluidamente.

Dos niños simulan una compra y venta de frutas y vegetales, hablando en náhuat, como parte de los ejercicios pedagógicos que realizan en la Casa Náhuat, en el oeste de El Salvador, un espacio para que las nuevas generaciones de salvadoreños aprendan esa lengua amerindia. Imagen: Edgardo Ayala /IPS

La maestra López es una de esas personas. Pertenece a la última generación de hablantes que lo asimilaron naturalmente, como lengua materna, hablando desde muy corta edad con sus padres y abuelos, en su natal Santo Domingo de Guzmán, también en el departamento de Sonsonate.

“Así nací y crecí, hablándolo en casa, y nunca dejamos de hablarlo, con mis hermanas y hermanos, pero no con la gente fuera de casa, porque nos discriminaba, nos trataban de indias pero de una forma despectiva, pero nosotras nunca dejamos de hablarlo”, aseveró López, de 65 años.

En efecto, por razones de racismo y clasismo, las poblaciones indígenas han estado marcadas por el rechazo y menosprecio no solo por parte de las élites políticas y económicas, sino también por el resto de población mestiza, que resultó de la mezcla de indígenas con los españoles llegados a estas tierras, en el siglo XVI.

“Siempre nos han visto de menos, nos han discriminado”, explicó por su parte, a IPS, Elsa Cortez, de 43 años, la otra maestra que enseña en la Cuna Náhuat de Nahuizalco.

Y añadió: “Me siento satisfecha y orgullosa, a mi edad es un lujo enseñarles a nuestros chiquitos”.

Tanto López como Cortez dijeron sentirse agradecidas de que el proyecto las haya incorporado como maestras, sin que tuvieran experiencia en el área de la enseñanza, y en un contexto en el que la discriminación y el rechazo social, además de la edad, vuelve más difícil encontrar empleo formal.

Antes de incorporarse al proyecto, Cortez se dedicaba a tiempo completo a fabricar comales, que son especie de planchas circulares de barro, las que se ponen sobre el fogón de leña para cocinar tortillas de maíz. También horneaba y sigue horneando pan, los fines de semana.

López también trabajaba fabricando comales y preparaba algunas comidas locales, que comercializaba en su vecindario. Ahora prefiere descansar.

No todo está perdido

Cuando IPS visitó la sede de Cuna Náhuat, en Nahuizalco, los pequeños, de tres años de edad, realizaban un ejercicio pedagógico: pasaban al frente del resto de la clase, compuesta de una decena de niños y niñas, y se presentaban diciendo su nombre, apellido y otros saludos básicos, en náhuat.

Más adelante identificaron, en náhuat, las figuras de animales y elementos de la naturaleza que les mostraban, como “mistun” (gato), “qawit” (árbol) y “xutxit” (flor). Los alumnos pertenecen al ciclo de nuevo ingreso, que comenzó en febrero, y pasarán ahí dos años.

Los de cinco años son los más avanzados. En conjunto, ambos grupos totalizaban una veintena de niños y niñas.

Jorge Lemus, director principal del Programa de Revitalización de la Lengua Náhuat/Pipil de El Salvador y principal gestor del proyecto Cuna Náhuat, con el cual se enseña esa lengua a niños de entre tres y cinco años. En la imagen aparece con mujeres indígenas del pueblo pilpil en Nahuizalco, en el oeste de El Salvador. Imagen: Universidad Don Bosco

Al final de su paso por la Cuna, ellos irán a la escuela regular, con el riesgo de que olviden lo aprendido. Sin embargo, para mantenerlos conectados con el idioma, el proyecto mantiene abiertos curso sabatinos donde ya ven escritura y aspectos gramaticales.

Hay un grupo de 15 niños, pero sobre todo niñas, que iniciaron en los comienzos del proyecto y que ahora son adolescentes que hablan la lengua fluidamente, e incluso algunas la enseñan en línea.

La iniciativa la impulsa la Universidad Don Bosco, de El Salvador, y la apoyan los ayuntamientos donde funcionan, para el caso, el de Nahuizalco y el de Santo Domingo de Guzmán. Pronto se reabrirá también la sede de Santa Catarina Masahuat

Santo Domingo de Guzmán concentra 99 % de los poquísimos nahuahablantes del país, que rondan las 60 personas, aseguró a IPS Jorge Lemus, director del Programa de Revitalización de la Lengua Náhuat/Pipil de El Salvador y principal gestor del proyecto Cuna Náhuat.

“He visto en tres décadas cómo el náhuat ha ido en retroceso, y cómo las personas que lo hablan se han ido muriendo”, subrayó Lemus, también profesor de lingüística e investigador en la Escuela de Idiomas y Educación de la Universidad Don Bosco, un centro de la orden católica de los salesianos.

Según el académico, las últimas tres lenguas que había en El Salvador en el siglo XX, eran el lenca, el cacaopera y el náhuat, pero las primeras dos desaparecieron ya a mediados de ese siglo, y solo la última sobrevive.

“La única que ha sobrevivido es el náhuat solo que en condiciones muy precarias, ya ahora hay quizás unos 60 hablantes de la lengua, cuando comencé a trabajar en el tema había como 200 y siguen desapareciendo”, acotó Lemus.

La única forma de rescatar el idioma, agregó, es creando una generación de relevo, pero no con adultos, que lo pueden aprender y siguen hablando español, sino que con un grupo de niños que puedan aprenderla de forma natural.

El experto aclara que, aunque provienen del mismo tronco lingüístico, el náhuat hablado en El Salvador no es el mismo náhuatl que se habla en México, y de hecho la grafía es diferente.

En México, el náhuatl tiene más de un millón de hablantes, en el Valle Central, acotó.

En El Salvador, en 1932, el pueblo pipil dejó de hablar su lengua en los espacios públicos por temor a ser asesinado por las fuerzas gubernamentales del general Maximiliano Hernández, que ese año reprimió brutalmente un levantamiento indígena y campesino, que exigían mejores condiciones de vida.

Por entonces, la sociedad era dominada por familias aristocráticas dedicadas al cultivo del café, cuyo sistema de producción sumió en la pobreza a buena parte de los salvadoreños, sobre todo campesinos e indígenas.

Lemus sostuvo que, para que una lengua resurja de forma decisiva y llegue a ser vehículo de comunicación cotidiano, se necesitaría de un esfuerzo titánico del Estado, semejante al rescate del vasco, en España; el maorí, en Nueva Zelanda o incluso la resucitación que hizo Israel del hebrero, que ya era una lengua muerta.

Pero eso no va a suceder en El Salvador, señaló.

“Lo más real a lo que queremos llegar es que la lengua no desaparezca, que esta generación de relevo crezca y que se multiplique. Si tenemos 60 hablantes ahorita, que dentro de unos años tengamos otra vez 50 o 60 hablantes de esta nueva generación, y que la mantengan viva en las comunidades y que se siga hablando”, subrayó.

Por su parte, la maestra López quiere trabajar en ese objetivo para dejar su legado al país.

Hablando en náhuat, ella dijo: “A mí me gusta mucho enseñar este idioma porque no quiero que se muera, yo quiero que los niños aprendan y lo hablen cuando yo ya esté muerta”.

ED: EG

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