LONDRES – El líder autoritario de la India, el primer ministro Narendra Modi, se ha visto obligado a efectuar precisamente lo que menos le gusta: hacer concesiones en respuesta a las protestas.
Todo comenzó el 15 de mayo, cuando el presidente del Tribunal Supremo del país, Surya Kant, afirmó ante un tribunal que los jóvenes desempleados que protestan y se expresan en las redes sociales son como cucarachas.
El comentario, que ponía de manifiesto el desprecio de la clase dirigente hacia la juventud del país, se volvió espectacularmente en su contra. En cuestión de días había dado lugar a un movimiento a nivel nacional, el Partido de las Cucarachas (Cockroach Janta Party).
La principal reivindicación del movimiento de protesta juvenil era la dimisión del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan. Pradhan dimitió el 25 de julio. Pero eso podría no ser suficiente para satisfacer la demanda de cambio que el movimiento ha desatado.
El nacimiento de un movimiento
La India tiene más personas de la Generación Z que cualquier otro país del mundo. Alrededor de 407 millones de indios, aproximadamente 30 % de la población, tienen entre 14 y 29 años. Se enfrentan a una competencia extraordinaria para acceder a la educación y luchan por encontrar trabajo.
El comentario de Kant encendió la mecha.
El estratega de comunicación Abhijeet Dipke preguntó en las redes sociales: «¿Y si todas las cucarachas se unieran?».

Esa pregunta puso en marcha un movimiento viral bajo el nombre de «Partido Janta de las Cucarachas», que hace un guiño en tono jocoso al del partido nacionalista hindú en el poder, el Partido Bharatiya Janata (BJP). Lo que comenzó como una página web satírica se convirtió rápidamente en un movimiento. En dos semanas, ya contaba con 22 millones de seguidores en Instagram.
El movimiento de las cucarachas encaja en una tendencia global más amplia.
En los últimos años, la Generación Z se ha movilizado masivamente en muchos países donde los gobiernos están claramente desconectados de la realidad y las economías y los sistemas políticos fallan a los jóvenes. Estos movimientos se caracterizan por un liderazgo colectivo, protestas masivas y el uso estratégico de las redes sociales. Había llegado el momento de que la India se sumara a esta ola.
El movimiento pronto encontró su causa movilizadora.
El sistema educativo de la India se basa en exámenes de acceso decisivos, cuyos resultados determinan las perspectivas profesionales de millones de personas. En el examen de acceso a la facultad de medicina, unos 2,2 millones de estudiantes compiten por 130 000 plazas.
Las familias hacen sacrificios y los estudiantes pasan años preparándose. Pero la corrupción hace que, a menudo, se filtren las preguntas a cambio de sobornos.
Dos semanas antes del arrebato de Kant, se filtró el examen nacional de acceso a la facultad de medicina y se canceló la prueba. Los estudiantes se desesperaron. Luego se enfadaron.
La protesta prevalece
Los manifestantes acamparon durante semanas en el centro de Delhi, exigiendo la dimisión de Pradhan. Los voluntarios les proporcionaron comida, agua, medicamentos y material de acampada. El movimiento se extendió mucho más allá de la Generación Z, y se unieron personas de todas las edades.
Sonam Wangchuk, un activista por el medioambiente y la reforma educativa que ya había sido encarcelado anteriormente por protestar, dio aún más visibilidad a la protesta con una huelga de hambre que duró varias semanas.
Durante siete semanas, el gobierno de Modi intentó ignorar a los manifestantes y, al ver que eso no funcionaba, recurrió a la violencia.
Después de que las autoridades internaran por la fuerza a Wangchuk, miles de manifestantes marcharon desde el lugar de la protesta hasta el Parlamento.
Las fuerzas de seguridad respondieron con escopetas de perdigones y gas lacrimógeno, golpearon a manifestantes y transeúntes con porras y palos de madera y detuvieron a muchos.
La violencia, ampliamente documentada en las redes sociales, resultó impactante para un país que se enorgullece de ser la mayor democracia del mundo. Era imposible ignorarla, lo que desencadenó protestas en otras localidades y ciudades.
El gobierno se vio finalmente obligado a entablar conversaciones.
De cara al futuro
El gobierno ha prometido tribunales de vía rápida para quienes filtren exámenes y una revisión de los sistemas educativo y de exámenes.
A cambio, el movimiento suspendió las protestas, tras haber conseguido también la promesa de que ningún manifestante sufriría represalias.
Pero esa no es la forma de actuar de un gobierno que lleva mucho tiempo reprimiendo la disidencia. La administración de Modi tiene un historial de detenciones de activistas, uso de la fuerza contra las protestas, censura de las voces críticas y aprobación de leyes restrictivas.
La India ha sido incluida recientemente en la lista de vigilancia del Civicus Monitor debido al deterioro de su espacio cívico. Desde que terminaron las protestas de las cucarachas, la policía ha detenido y acosado a cientos de estudiantes y, según se informa, ha tomado como blanco a sus familias.
La dimisión de Pradhan fue un acontecimiento notable. El Gobierno nunca antes había respondido a la presión destituyendo a un ministro impopular. Pero el BJP no parece haber aprendido mucho. Durante una reciente campaña para unas elecciones parciales, su presidente nacional, Nitin Nabin, describió a los manifestantes como «un virus y una banda de cucarachas dedicada a destruir el país».
Puede que Modi se haya ganado un respiro, pero los problemas subyacentes persisten. Las causas son tanto económicas —con un elevado desempleo juvenil y una desigualdad evidente— como políticas, con un Gobierno autoritario que no escucha a los jóvenes ni respeta su derecho a la disidencia.
Parece probable que se produzcan nuevas protestas. Una de ellas, desencadenada por denuncias de corrupción similares en torno a un examen de acceso a la función pública, se ha puesto en marcha en el estado de Jharkhand.
No es la primera vez que el gobierno de Modi cede ante la presión.
En 2021, las continuas protestas de los agricultores lo obligaron a retirar los cambios en la legislación agrícola. El apoyo a Modi cayó en las elecciones generales de 2024, lo que le obligó a depender de socios de coalición.
Más recientemente, su partido parecía estar de nuevo en alza, al hacerse con el poder en el estado de Bengala Occidental por primera vez en abril, tras unos controvertidos cambios en el censo electoral que eliminaron más de nueve millones de nombres, en su mayoría votantes musulmanes y otras personas menos propensas a apoyar al BJP.
Pero acaba de perder las elecciones parciales en las que Nitin Nabin repitió el insulto de «la cucaracha».
El movimiento de la «cucaracha» puede suponer el mayor desafío para Modi hasta la fecha, ya que trasciende las divisiones de clase, partido y religión, lo que hace mucho más difícil ignorarlo.
El BJP construyó su base entre los hindúes difamando a los musulmanes; sin embargo, en la protesta de Delhi, personas de ambas religiones rezaron codo con codo.
El impacto del movimiento en las redes sociales también es significativo. Ha eludido a los medios de comunicación convencionales, en gran medida cooptados por el BJP, que suelen repetir como loros sus argumentos y restar importancia a otros puntos de vista.
El gobierno debería leer el ambiente, pero es muy probable que saque la lección equivocada y vaya a por los líderes de la protesta. Eso será la receta para nuevas protestas y un ciclo repetido de violencia estatal y criminalización.
Si la India quiere estar a la altura de su promesa como la mayor democracia del mundo, debe profundizar en las libertades democráticas, reconocer el valor de la disidencia y admitir que los jóvenes a los que ha tildado de «cucarachas» tienen mucho que aportar al futuro de su país.
Andrew Firmin es redactor jefe de Civicus, codirector y redactor de Civicus Lens y coautor del Informe sobre el Estado de la Sociedad Civil de la organización.
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