Las mujeres que lideran la transición justa en América Latina

Cinco defensoras ambientales de Perú, Colombia, Ecuador y Brasil luchan contra la expansión de los combustibles fósiles en sus territorios y promueven la participación activa de las mujeres en la transición energética.

“No más perforación petrolera en la Amazonia”, demanda una pancarta durante una manifestación en la ciudad colombiana de Santa Marta, durante la primera Conferencia para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles. Imagen: Isabel Alarcón

SANTA MARTA, Colombia – “Las mujeres no queremos estar de relleno en un informe. Queremos participar y que nuestras voces, nuestras realidades y nuestras alternativas sean consideradas en este proceso de construcción”, decía Olivia Bisa, presidenta del pueblo chapra de Perú, ante un auditorio lleno, durante la primera Conferencia para la Transición Más Allá de los Combustibles Fósiles, celebrada en abril en la ciudad colombiana de Santa Marta.

Aunque lo que Bisa plantea parece lógico, es un reto pendiente al hablar de transición energética. A pesar de que las mujeres están, con frecuencia, entre los grupos más vulnerables a los impactos del cambio climático, su voz no suele estar presente en estas discusiones.

Según un análisis de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI), cuando se abordan temas energéticos, las cuestiones de género se incluyen de forma fragmentada, hay pocos proyectos que toman en cuenta esta perspectiva y “rara vez desagregan, analizan o interrelacionan los datos por sexo, o los utilizan para ajustar su planificación”.

Y aunque hay mayor participación de las mujeres en el sector de las energías renovables, al representar  32 % de la fuerza laboral, frente a 22 % que ocupa en la industria del petróleo y gas, pocas ocupan puestos de liderazgo. El reporte de OEI demuestra que menos de la cuarta parte de quienes toman las decisiones en las empresas vinculadas al desarrollo de energías limpias son mujeres.

Olivia Bisa asistió a la Conferencia para la Transición Más Allá de los Combustibles Fósiles para denunciar el impacto de los derrames de petróleo en su territorio. Imagen: Isabel Alarcón

Las barreras económicas han contribuido a este problema: solo entre 2 % y 3 % del financiamiento climático mundial tiene a la igualdad de género como objetivo principal. Y en América Latina se suma otro obstáculo: la violencia.

La región concentra 82 % de los 146 asesinatos o desapariciones de personas defensoras ambientales a escala global registradas en 2024. Las 14 mujeres que integran esta lista provienen de países latinoamericanos como México, Colombia, Guatemala y Brasil.

Luchar contra la industria fósil, promover una transición justa y, sobre todo, ser mujeres en un sector tradicionalmente dominado por hombres ha llevado a diferentes lideresas afro e indígenas de Latinoamérica a sufrir amenazas, difamaciones e incluso agresiones.

Sin embargo, esto no las ha detenido. No solo están resistiendo, sino también impulsando alternativas, alzando la voz en negociaciones internacionales y ganando espacios que antes eran inaccesibles, como detallaron cinco lideresas indígenas que participaron en la conferencia de Santa Marta.

Abriendo caminos

Bisa, al ser la primera mujer presidenta de su pueblo, conoce las consecuencias de “cambiar las reglas” y de alzar la voz para denunciar los impactos del petróleo. Aunque nació “en una cuna de liderazgo”, sabía que nunca podría estar al frente de su pueblo como su tatarabuelo “el guerrero Chumbi” o su padre, que era el presidente de la nación chapra cuando ella era una niña.

Esta nación indígena se ubica en la Amazonia peruana, mayormente en el oeste del departamento de Loreto, y tiene como vecinos a los pueblos originarios achuar, wampis y kandos.

“Yo siempre le decía a mi papá ‘algún día quiero ser como tú’, pero me respondía que esos cargos son para los varones: ‘Tienes toda la inteligencia y la capacidad, pero lamentablemente eres mujer’”, recuerda.

Olivia Bisa es la primera presidenta mujer de la Nación Chapra de Perú. Imagen: Isabel Alarcón

A los 11 años, cuando ya se había organizado su matrimonio, se escapó al norte de Perú. Al terminar la secundaria, a los 17 años, decidió regresar, aunque sabía que tendría una consecuencia. Gracias a la capacidad de Bisa para escribir, leer y usar la computadora, el castigo que le impusieron fue trabajar como secretaria para la federación, pero su destino y el de las mujeres de su pueblo cambió en 2022.

En ese momento, a los 33 años, Bisa era asesora del Gobierno Territorial saliente y, mientras presentaba en la asamblea los logros alcanzados en ese periodo, una compañera levantó la mano y preguntó “¿por qué una mujer no puede ser candidata? Olivia está preparada”. Lo que más le impresionó fue el apoyo a su candidatura: obtuvo 80 % de los votos.

Con su llegada a la presidencia, no solo se cambiaron los estatutos para garantizar la participación de las mujeres en las elecciones, sino que también se reforzó su posición en contra de los proyectos extractivos. “En una asamblea de todas las comunidades de la nacionalidad chapra hemos dicho no al petróleo en el territorio y es nuestra posición hasta el final”, cuenta la lideresa.

Su posición se reafirmó tras el primer derrame de petróleo en su comunidad. “En ese momento entendimos que la vida iba a cambiar por completo y eso es lo que está pasando”, dice sobre el incidente que ocurrió el 11 de septiembre de 2022. A pesar de sus pedidos, la limpieza llegó seis meses después, cuando el derrame ya había contaminado más de 1500 hectáreas.

Sin embargo, Bisa explica que hasta ahora el petróleo sigue filtrándose por la tierra. También continúa recibiendo amenazas. “Un día me dijeron ‘o te callas o te hacemos callar’”, cuenta. Pese a las intimidaciones, su labor no ha parado y se ha enfocado en promover la transición energética, sin perder el foco en las mujeres.

A través de la instalación de paneles solares, ahora el 80% de las comunidades de la nación tienen Internet y 12 cuentan con energía solar las 24 horas. Han instalado coolers o neveras donde las mujeres pueden guardar los alimentos que preparan, como las mermeladas, que después venden para generar ingresos.

Otro beneficio ha sido la disminución en el uso de gasolina. El objetivo es impulsar la economía local y evitar que los jóvenes abandonen sus territorios en busca de otras oportunidades.

“Queremos que esta transición sea una oportunidad para fomentar la agricultura, conocimiento y transmisión de saberes ancestrales”, dice Bisa sobre su misión no solo para lo que queda de su mandato, sino para este nuevo camino, aún incierto, que está emprendiendo su comunidad lejos del petróleo.

Yuvelis Morales fue la ganadora del premio Goldman 2026 por su lucha contra el fracking en Colombia. Imagen: Isabel Alarcón

Un nobel contra el fracking

“No hay un futuro en el que quepan los combustibles fósiles, pero la transición energética tiene que ser justa y territorial o no será”, concuerda la colombiana Yuvelis Morales, ganadora del Premio Goldman 2026, considerado como el Nobel del medioambiente. Al igual que Bisa, se ha convertido en una de las referentes en la defensa del planeta.

Cuando era una niña, Morales soñaba con salvar el mundo. Con esa meta, estudió Ingeniería Ambiental y después se involucró de forma activa en lo que ocurría en su comunidad de pescadores artesanales Puerto Wilches, ubicada en el Valle Medio del río Magdalena. Esta región es una de las más exploradas y ha sido fuente de energía de Colombia durante el último siglo, incluso, allí se realizó la primera extracción petrolera.

“He visto cómo se ha degradado la fauna y flora del río, cómo los monocultivos han exterminado bosques completos, cómo la industria hidrocarburífera ha manchado y contaminado nuestra región. Pero esa no es la historia que quisiera seguir viviendo y escribiendo de la región”, dice la lideresa colombiana.

Con esa motivación, Morales emprendió la lucha contra una nueva amenaza que se quería instalar en su comunidad: los proyectos de fracturación hidráulica, más conocida como fracking. En el 2019, el gobierno anunció que impulsaría pilotos con esta técnica en Puerto Wilches.

Para llevar a cabo la técnica del fracking (fractura hidráulica) se inyectan grandes volúmenes de fluidos a presión con la intención de fracturar rocas que tienen gas y petróleo en su interior. Una de sus principales críticas es la gran cantidad de agua que se requiere. Según datos de WWF Colombia, en un pozo se pueden consumir entre 9000 y 23 000 metros cúbicos (m3), lo que equivale a 2,4 y 7,7 piscinas olímpicas.

“Sabemos que la comunidad de pescadores dependemos del agua como pilar fundamental de la vida y para nosotras es innegociable cualquier técnica que atente contra la integridad de lo que consideramos la fuente fluvial más importante de Colombia”, explica.

Para detener el avance de estos proyectos, a sus 18 años, se unió a la Alianza Colombia libre de Fracking, una plataforma que integra a más de 100 organizaciones del país, y empezó a recorrer las comunidades y los territorios más apartados para difundir la importancia de evitar que esta práctica se instale en la zona.

Yuvelis Morales participó en una marcha en Santa Marta, Colombia, para exigir una transición energética justa. Imagen: Isabel Alarcón

Gracias a estas estrategias y a otras acciones legales, en 2024, la Corte Constitucional suspendió los proyectos por la vulneración al derecho a la consulta previa de las comunidades. “Nuestra mayor victoria es que hoy, Colombia está libre de fracking”, explica orgullosa.

Sus acciones han sido difundidas en eventos internacionales y, con el anuncio de su premio, su historia se ha difundido más allá de Colombia. Para Morales, el Goldman que recibió en reconocimiento de esta lucha es un paso más hacia ese sueño que tenía de pequeña.

Hoy, a sus 25 años, sabe que salvar el mundo podría ser “demasiado grande y bastante irreal”. Pero, si bien no puede salvarlo sola, “tengo amigas alrededor del mundo con las que estamos luchando por maneras justas de hacerlo posible”.

La Amazonia en riesgo

Luene Karipuna es una de esas mujeres a las que se refiere Morales. Pero esta lideresa indígena de Brasil está tratando de proteger no solo este mundo, sino también el de los espíritus que viven en la selva amazónica.

“Los karuãnas son estos seres que cuidan de los ríos, de la naturaleza y de la vida en estos ecosistemas, pero cuando hay mucho ruido, se van”, dice. Su temor es que ese ruido llegue con las empresas petroleras y todo el equilibrio de su hogar se rompa.

Luene pertenece al pueblo Karipuna, ubicado en el estado de Amapá, en el municipio de Oiapoque, en el norte del país. Cuando tenía 15 años, recuerda, su abuela solía decir que era el deber de la joven salir de su territorio para poder protegerlo. 10 años después, los vaticinios de la anciana se cumplieron.

Luene Karipuna es una de las lideresas del pueblo karipuna de la Amazonia de Brasil. Imagen: Isabel Alarcón

Al igual que Morales y Bisa, Luene fue víctima de amenazas que la obligaron a buscar asilo en el extranjero. “Las personas decían que yo estaba en contra del desarrollo, que no merecía estar viva, que estaba sentada con mi pueblo encima de la riqueza de Amapá y de Brasil”, relata

A pesar de las amenazas, esta mujer de 27 años se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la Amazonia brasileña en temas de transición energética. Así llegó a ser la primera mujer joven que ocupa el cargo de Coordinadora Ejecutiva de la Articulación de los Pueblos y Organizaciones Indígenas de Amapá y Norte de Pará (APOIANP).

Pero su miedo en torno a que el equilibrio de su hogar se rompa está cada vez más cerca. Su territorio está directamente afectado por el proyecto de exploración petrolera, liderado por la estatal Petrobras, en el bloque 59, en la desembocadura del río Amazonas.

La licencia, que se aprobó semanas antes de la 30 Conferencia de las Partes (COP30) sobre cambio climática, celebrada en noviembre en Belém do Para, en la Amazonia brasileña, autoriza la perforación de un pozo marino para determinar la presencia de petróleo.

“Están ya perforando con fluidos contaminantes para la biodiversidad y para los humanos”, dice la lideresa del pueblo karipuna. “No se considera la destrucción que ya están haciendo. Si no hay petróleo, quién va a reparar los daños”, cuestiona.

Entre las acciones que Luene y su pueblo han emprendido está una denuncia a través del Ministerio Público Federal de Brasil para paralizar las actividades exploratorias y demandar que exista la consulta a los pueblos indígenas.

A la Conferencia para la Transición Más Allá de los Combustibles Fósiles, junto a los líderes indígenas de Brasil, llegó con un documento que muestra el camino que proponen para alejarse del petróleo, el gas y el carbón. Entre los siete puntos, está la declaración de zonas de exclusión no solo para la exploración de los combustibles fósiles, sino también de los minerales.

“La transición energética tiene que partir de una construcción con las personas, con los pueblos. Ustedes necesitan aprender con nosotros cómo cuidar la naturaleza”, dice Luene.

Sus esfuerzos ahora se concentran en demostrar que sí se puede dejar la dependencia de los fósiles. “Estamos aquí para mostrar el camino a través de la ciencia indígena, a través de los conocimientos tradicionales y a través de nuestros espíritus que nos protegen y cuidan”, asegura.

Cahuo Boya es la presidenta de la Asociación de Mujeres de la Nacionalidad Waorani de Ecuador. A través de esta iniciativa impulsa el empoderamiento económico de las mujeres de esta nacionalidad indígena de la Amazonia ecuatoriana. Imagen: Isabel Alarcón

Artesanías para la transición

En otra área de la selva amazónica, Cahuo Boya también busca las formas de resistir a la industria fósil a través de prácticas tradicionales.

Esta lideresa de la nacionalidad waorani, una de los 11 pueblos y nacionalidades indígenas que habitan en la Amazonía ecuatoriana, ha encontrado una forma de fomentar la independencia económica a las mujeres, mantener vivas sus costumbres y ofrecer una alternativa económica a la extracción de petróleo.

El territorio waorani es uno de los mayores afectados por la industria de los combustibles fósiles en el país. El ingreso de misioneros y empresas petroleras forzó el contacto con este grupo, que vivió en aislamiento voluntario hasta 1950. Pero, después de más de medio siglo, no han percibido los beneficios económicos de la explotación.

Según un censo realizado por la Nacionalidad Waorani del Ecuador (Nawe), más de 90 % de sus comunidades no tiene acceso a servicios básicos, solo 9,4 % cuenta con un puesto de salud y menos de 4,7 % “presta servicios a petroleras”.

Con la idea de mejorar las condiciones y demostrar que se pueden generar ingresos sin dañar su entorno, Boya fue una de las cuatro fundadoras de la Asociación de Mujeres Waorani de Ecuador. Al inicio agrupaba a 10 integrantes y ahora son más de 50.

“Como mujeres nos dimos cuenta qué está pasando con las mujeres que viven en nuestras comunidades que están dentro de bloques de empresas petroleras. Los hombres no traían recursos para la familia, había maltrato y malgasto o mala inversión”, dice Boya, que ahora es la presidenta de la Asociación.

Con base en su conocimiento ancestral, fabrican pulserascollares, bolsos, ‘shigras’ y hamacas. El proceso implica caminatas diarias de dos o tres horas en la selva para recolectar las hojas de plantas como la Chambira, de donde obtienen el color para sus artesanías. Después cocinan y secan las hojas y con eso pintan los bolsos. Además, construyeron un vivero para sembrar las especies necesarias para continuar con su producción.

El chocolate es otro de sus productos estrella. Actualmente lo exportan a países como España y Suiza. Los ingresos que obtienen de las ventas, se colocan en un fondo que utilizan para apoyar en temas de salud y educación de sus comunidades.

“A los varones les dijimos ‘ya no es como antes’. Primero tienen que dialogar con las mujeres en las comunidades y preguntar si están de acuerdo o no. Ahora ya no pueden los varones hablar solitos, sino que seamos igualdad ”, cuenta Boya emocionada sobre el fortalecimiento del rol de las mujeres en estas comunidades.

Ella y sus compañeras tuvieron un papel clave en la lucha por detener la explotación de petróleo en el Bloque 43 del Parque Nacional Yasuní.

A pesar de que casi 60 % de los ecuatorianos votó en el 2023 a favor de la posición de los waorani, la actividad no ha cesado. A esto se suma el anuncio del gobierno ecuatoriano de expandir la frontera petrolera a través de la ronda subandina y suroriente que también afectarán el territorio de esta nacionalidad.

Boya explica que seguirán resistiendo y demostrando que “nosotros podemos hacer turismo comunitario, podemos hacer nuestros emprendimientos de artesanías y podemos mostrar nuestra medicina ancestral para asegurar nuestro futuro y no depender de petroleras”.

María Rosario Chicunque Chindoy, del pueblo kamëntša de Colombia, promueve la transmisión de los saberes y prácticas ancestrales para defender el territorio. Imagen: Isabel Alarcón

Conocimiento ancestral y biodigestores

Para María Rosario Chicunque Chindoy, fortalecer la transmisión de los saberes y prácticas ancestrales también es clave para defender el territorio. “Mamá Charito”, como la conocen, es una mujer del pueblo Kamëntša, ubicado en el departamento del Putumayo de la Amazonia colombiana.

Allí, los conflictos socioambientales se relacionan sobre todo con la extracción de combustibles fósiles, los megaproyectos de infraestructura vial y, en nombre de la transición energética, con la presencia de empresas mineras con intereses en la extracción de cobre.

“Nos hemos preguntado ¿para quién es la transición energética? ¿Justa para quienes? Fortalecer los conocimientos ancestrales de los pueblos indígenas es una garantía para esta transición”, dice esta lideresa de 51 años, originaria del valle de Sibundoy, en la puerta de la Amazonia.

Con este fin, desde hace 26 años, es parte de la Asociación de Mujeres Sabedoras de la Medicina Tradicional (Asomi) La Chagra de la Vida, que reúne a 64 integrantes de los pueblos inga, siona, cofan, kamëntša y  corebajü, de los departamentos del Putumayo y Caquetá.

A través de este “tejido de juntanza”, han fortalecido redes con otros colectivos de mujeres, y con jóvenes y niños, para sensibilizar sobre la importancia de cuidar el agua, promover las chagras o fincas sostenibles, mantener la espiritualidad y proteger la “sangre de la tierra”. Su misión es transmitir los saberes y prácticas ancestrales para promover ese cuidado y defensa del planeta.

Como parte de sus actividades, y con el afán de demostrar que se puede generar otro tipo de energías “que no tengan que ver con los interés de los minerales críticos para la transición”, instalaron a inicios del 2025 un biodigestor en el Colegio Bilingue Indigena Artesanal Kamëntša, en el Alto Putumayo. Utilizando los desperdicios de comida, están generando el gas necesario para su energía. Actualmente, el biodigestor beneficia de forma directa a 130 estudiantes más los docentes y padres de familia.

Esta iniciativa es parte de lo que Chicunque define como una verdadera transición energética: “Si decimos que vamos a dejar de extraer los combustibles fósiles, pero ahora vamos a depender de los minerales críticos como el cobre, vamos a destruir las montañas y a seguir contaminando el agua y el aire”, advierte.

Al igual que Chicunque, lideresas como Bisa, Morales, Luene y Boya están seguras de que el futuro no debe incluir a los combustibles fósiles, pero tampoco una transición energética que amenace su existencia.

Desde los paneles solares en la nación Chapra hasta las artesanías waorani, pasando por la resistencia en Colombia y Brasil, estas mujeres demuestran que es posible un modelo lejos de los fósiles, impulsado desde las comunidades. Como dice Morales, “hacemos parte de la generación fruto de mujeres que alzaron su voz y no hay nada más poderoso que un grupo de mujeres unidas”.

Este artículo se elaboró con el apoyo de Climate Tracker América Latina.

RV: EG

 

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