Cuando las elecciones de la ONU eran empañadas por concesiones mutuas, diplomacia de chequera y cruceros de lujo

Urnas preparadas para una de las votaciones secretas en las Naciones Unidas. Imagen: ONU

NACIONES UNIDAS – El año 2026 es un año lleno de acontecimientos en las Naciones Unidas: un nuevo presidente de la Asamblea General (PGA), que presidirá oficialmente el 81 período de sesiones a mediados de septiembre, además de la elección y el nombramiento de un nuevo secretario general (SG), que asumirá el cargo en enero de 2027 tras la conclusión del mandato de 10 años de António Guterres.

Cuando los Estados miembros de la ONU competían en elecciones —o buscaban votos para formar parte del Consejo de Seguridad o de diversos órganos de la ONU—, la votación en las décadas de 1960 y 1970 se vieron en gran medida empañada por la diplomacia del talonario, mientras que las promesas de aumentar la ayuda a las naciones más pobres del mundo venían, en su mayoría, acompañadas de condiciones muy exigentes en est punto.

En las décadas de 1950 y 1960, la votación se realizaba a mano alzada, especialmente en las salas de las comisiones. Pero en años posteriores, un panel electrónico más sofisticado, situado en lo alto del Salón de la Asamblea General, contabilizaba los votos o, en el caso de las elecciones al Consejo de Seguridad o a la Corte Internacional de Justicia, la votación era secreta.

En una de las reñidas elecciones de hace ya mucho tiempo, corrieron rumores de que un país de Medio Oriente rico en petróleo estaba repartiendo relojes de pulsera de alta gama fabricados en Suiza, así como acciones de la antigua Arabian-American Oil Company —entonces una de las mayores petroleras del mundo— a los diplomáticos de la ONU a cambio de sus votos.

Así pues, cuando se levantaron las manos —tanto de los delegados diestros como de los zurdos— a la hora de votar en la sala del Comité, la mayoría de las manos levantadas a favor del candidato bendecido por el petróleo lucían relojes suizos de lujo.

Como anécdota, esto simbolizaba la corrupción que en su día prevaleció en las votaciones de las organizaciones intergubernamentales, incluidas las Naciones Unidas, quizás de forma muy similar a la mayoría de las elecciones nacionales en todo el mundo.

Justo antes de unas elecciones cruciales, un país de Europa Occidental ofreció cruceros de lujo gratuitos por el Mediterráneo a cambio de votos, mientras que otro país repartió —abiertamente en la sala de la Asamblea General— cajas de costosos chocolates suizos envueltos para regalo.

Fathulla Jameel, exembajador ante la ONU y posteriormente ministro de Asuntos Exteriores de las Maldivas, contó a IPS cómo su nación, pobre en recursos y clasificada por la ONU como un pequeño Estado insular en desarrollo (Peid), solía pedir ayuda a las naciones más ricas para financiar algunos de los proyectos de infraestructura del país.

Al menos un país asiático rico, un donante tradicional, fue el primero en responder, y de forma magnánima, según Jameel. El proyecto se financiaría íntegramente: gratis, sin coste alguno. Pero había una trampa: «Si hay una votación en la ONU y no redunda en interés nacional para su país», dijo el Ministerio de Asuntos Exteriores del país donante, «nos gustaría contar con su voto».

Quizás por la sobrevivencia de la propia nación insular, amenazada por el aumento del nivel del mar y en peligro de desaparecer de la faz de la tierra, la oferta era una inteligente retribución política: ayuda al desarrollo sin condiciones visibles.

Hubo al menos un caso en el que el presidente de la Asamblea General, el máximo órgano de toma de decisiones de las Naciones Unidas, fue elegido por sorteo, tras un empate técnico.

En1981, el grupo asiático no logró presentar un solo candidato a la presidencia de la Asamblea General cuando correspondía a ese grupo el cargo, lo que ocasionó una memorable batalla política antes de la 36 sesión de la Asamblea General. Tres candidatos asiáticos se disputaron la presidencia: Ismat Kittani, de Iraq; Tommy Koh, de Singapur; y Kwaja Mohammed Kaiser, de Bangladés (descrita como la «batalla de los tres K»».

En la primera votación, Kittani obtuvo 64 votos; Kaiser, 46; y Koh, 40. Aun así, Kittani no alcanzó la mayoría requerida —del número total de miembros votantes—. En una segunda votación, Kittani y Kaiser empataron con 73 votos cada uno (con 146 miembros presentes y votantes).

Para deshacer el empate, el presidente saliente de la Asamblea General procedió a un sorteo, tal y como se especifica en el artículo 21 relativo a los procedimientos para la elección del presidente,  tal y como consta en el Repertorio de Prácticas de la Asamblea General.

Y la suerte del sorteo, basada puramente en el azar, favoreció a Kittani en aquella elección sin precedentes de la Asamblea General. Pero, según una broma que circulaba en aquel momento, se rumoreaba que el ganador se había decidido al lanzar una moneda al aire, aunque, al parecer, la moneda lanzada tenía dos caras y ninguna cruz.

En años más recientes, sin embargo, los grupos regionales, incluidos los de Asia, África, América Latina y el Caribe y el Grupo de los Estados Occidentales y Otros, han pedido una especie de tregua virtual al turnarse según la rotación geográfica. Los grupos proponían a sus candidatos, que resultaban elegidos sin oposición alguna.

Pero la seriedad del amplio mandato de la ONU se ha visto atenuada por momentos ocasionales de ligereza que han sacudido de risas el edificio de Cristal junto al East River de Nueva York.

La ONU es una rica fuente de anécdotas —tanto reales como apócrifas— en las que la Asamblea General (Agnu) ocupa el centro del escenario, junto con el Consejo de Seguridad (CSNU) como su directorio político.

Cuando los embajadores y delegados de la ONU se reúnen en la cavernosa sala de la Asamblea General a la hora de la votación, tienen una de tres opciones: votar a favor, en contra o abstenerse.

Lo más intrigante, sin embargo, es una cuarta opción: sentir de repente la necesidad urgente de correr al baño. El intento frenético de dejar el asiento vacío —y, por consiguiente, ser contabilizado como «ausente»— tiene lugar siempre que el tema es políticamente delicado.

Cuando los delegados no pueden votar según su conciencia —no quieren incurrir en la ira de los donantes de ayuda, en su mayoría occidentales, o se ven sorprendidos sin instrucciones específicas de sus capitales—, huyen de sus asientos y se dirigen «formalmente» al baño

En un almuerzo para periodistas en un edificio vecino a Park Avenue en Manhattan, el embajador Francesco Paolo Fulci, un enviado italiano con un agudo sentido del humor, describió la cuarta opción como el «factor baño» en las votaciones de la ONU.

Y sugirió en tono de broma que la única forma de resolver el problema es instalar aseos portátiles en la parte trasera de la sala de la Asamblea General, para que los delegados puedan seguir emitiendo sus votos mientras reflexionan sentados en el inodoro.

Pero, por razones obvias, nadie se lo tomó en serio.

En la mayoría de los casos, los diversos grupos regionales y coaliciones -entre ellos el Grupo de los 77 de países del Sur global, Europa Occidental y Otros- toman decisiones a puerta cerrada antes de la votación y votan por consenso.

En las décadas de los 70 y los 80, el Movimiento de Países No Alineados (MNA), fundado en 1961 y compuesto por 116 miembros, fue por mucho tiempo una de las coaliciones políticas más grandes y poderosas de la ONU, donde despuntaban países como la ya extinta Yugoslavia, India, Indonesia, Egipto, Cuba o Venezuela.

Por regla general, los 116 países votaban al unísono en las resoluciones de la Asamblea General y rara vez rompían filas.

Un embajador de Sri Lanka relató en una ocasión un mensaje transmitido desde su Ministerio de Asuntos Exteriores en Colombo —dirigido principalmente a los delegados recién llegados— que decía: «Si se enfrentan a una votación sorpresa no programada y no tienen instrucciones del Ministerio de Asuntos Exteriores, miren a la derecha para ver cómo vota Yugoslavia y miren a la izquierda para ver cómo vota India. Si ven que ambos embajadores se levantan de sus asientos, simplemente síganlos al baño».

Ahora son otros tiempos, pero las presiones para el voto permanecen y se pondrán más o menos en evidencia sobre todo durante la elección del próximo secretario o secretaria general, que en esta ocasión, si se cumplen las tradiciones, corresponderá a América Latina y el Caribe, aunque nunca se sabe.

T: MF / ED: EG

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