SAN SALVADOR – La vida en el Corredor Seco Centroamericano es más que dura. Las personas que viven en esa franja, algo menos de 11 millones, están expuestas a una variabilidad climática más intensa que en el resto del istmo, y en cosa de semanas pueden pasar de una aguda sequía a lluvias torrenciales.
En ambos casos, por escasez o exceso de agua, las familias terminan viendo sus cultivos y otros medios de vida destruidos, un impacto fortísimo para la agricultura de la zona y para la seguridad alimentaria de los campesinos.
América Central es una región de 50 millones de habitantes, compuesta por siete naciones (Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá) en donde la agricultura representa 7 % del producto interno bruto (PIB) regional.
Aproximadamente 20 % de las familias residentes en el Corredor Seco se emplean en la agricultura y más de un tercio se encuentran en situación de pobreza, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).
Los golpes a la agricultura y ganadería son más notorios en países como El Salvador, pues, dada su reducida extensión, un poco más de 20 000 kilómetros cuadrados, prácticamente todo su territorio está expuesto a la variabilidad climática del Corredor Seco.
Abrir un grifo para beber agua es casi una extravagancia, en la ecorregión.
El guatemalteco Nicolás Gómez, de 66 años, debe caminar casi dos horas hasta el río San José para acarrear agua y cubrir las necesidades básicas de su familia, incluyendo higiene y cocina.
Gómez vive en Los Magueyes, un asentamiento rural de San Luis Jilotepeque, departamento de Jalapa, en el este de Guatemala, donde la pobreza es más aguda que en otras comunidades cercanas. No hay sistema de agua ni electricidad.
“Ahora, en el invierno tenemos el agua en un tanque, pero en el verano no tenemos nada, hasta el río tenemos que ir a buscarla, y queda bien lejos”, relató Gómez en octubre 2025, cuando IPS lo visitó, como hicieron todos los campesinos cuyos testimonios se incluyeron en este reportaje.
“Aquí la vida es más que dura”, resumió, mientras cocinaba en su fogón, evidenciando cómo la escasez de recursos y la variabilidad climática afectan la vida cotidiana y los cultivos de maíz y otros granos en la región.

¿Qué es el Corredor Seco Centroamericano?
El Corredor Seco Centroamericano es una franja territorial que se extiende a lo largo de la costa pacífica de la región, abarcando zonas de Guatemala, El Salvador, Honduras y, en menor medida, Nicaragua y Costa Rica. Se caracteriza por su alta vulnerabilidad climática.
El Corredor, de 1600 kilómetros de largo, cubre 35 % de América Central y en esa franja habitan más de 10,5 millones de personas.
En ese cinturón más de 73 % de la población rural vive en la pobreza y 7,1 millones de personas sufren inseguridad alimentaria grave, según la FAO.
No se trata de una región desértica como tal, más bien es una ecorregión del bosque tropical seco donde las lluvias son cada vez más irregulares: largos períodos de sequía se alternan con precipitaciones intensas, un patrón asociado a la variabilidad climática y al cambio climático.
“Estamos en el Corredor Seco, y aquí cuesta producir las plantitas… por la falta de agua los frutos no dan su peso”, narró la campesina guatemalteca Merylin Sandoval, quien vive en la aldea San José Las Pilas, también en San Luis Jilotepeque, Guatemala. Es una de las zonas más golpeadas por la escasez hídrica en la ecorregión
En años particularmente severos, esas condiciones han provocado pérdidas de hasta 50 % o más en las cosechas de granos básicos.
¿Por qué la ecorregión se volvió tan vulnerable a la sequía?
La vulnerabilidad del Corredor Seco no responde a una sola causa, sino a la combinación de factores climáticos, ambientales y sociales que se han intensificado en las últimas décadas.
Uno de los principales factores es el cambio en los patrones de lluvia.
En el Corredor Seco, las precipitaciones han dejado de ser predecibles: las temporadas lluviosas son más cortas o erráticas, mientras que en otros momentos se concentran en eventos extremos que provocan inundaciones, pérdida de cultivos y daños en los suelos, según la FAO.
Además de granos básicos como el maíz y los frijoles, infaltables en la dieta de los centroamericanos, los campesinos que tienen algunas vacas también resultan afectados por inundaciones o sequías.
“Ese pasto y esa agua ya están contaminados… algunas de esas vacas van a terminar muriendo de enfermedades”, relató el ganadero salvadoreño Leonidas Díaz, tras las inundaciones que anegaron su comunidad en el este de El Salvador, afectando cultivos y ganado.
Estos eventos extremos han convertido la producción agrícola en una actividad cada vez más incierta para las familias rurales, advierte el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma).

¿Cómo ha impactado el clima extremo a las cosechas las últimas décadas?
Los golpes a los medios de vida se dan casi religiosamente, año tras año.
“La falta de agua nos hizo sembrar más tarde… ahí nos afectó una seca y nos arruinó el cultivo del maíz y también el frijol”, contó el agricultor salvadoreño Gustavo Panameño, quien perdió, hace un tiempo, prácticamente toda su cosecha en un ciclo marcado por el fenómeno de El Niño Oscilación del Sur (Enos), que calienta en forma inusual las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial, mientras su contraparte, La Niña, las enfría.
El Niño y La Niña forman parte del sistema climático que influye en Centroamérica. El primero intensifica las sequías en el Corredor Seco, mientras la Organización Meteorológica Mundial alerta que La Niña se asocia a lluvias por encima del promedio, con riesgos de inundaciones y deslizamientos que también dañan la producción agrícola
La parcela de Panameño se localiza en Santa María Ostuma, en el centro de El Salvador, donde esperaba cosechar alrededor de 136 kilogramos de frijol. Pero la sequía arruinó la producción casi por completo.
Estos impactos no son aislados. Informes recientes de organizaciones como la internacional Oxfam advierten que una proporción significativa de hogares del Corredor Seco ha visto afectadas sus cosechas por sequías asociadas a El Niño, que reducen las lluvias y alteran los ciclos agrícolas.
Pero el impacto no se limita a los granos básicos. En zonas donde algunos agricultores han intentado diversificar su producción, las condiciones climáticas también han complicado el cultivo.
El campesino salvadoreño Luis Edgardo Pérez, por ejemplo, ha apostado por sembrar cítricos en su parcela, ubicada en una zona de laderas donde el agua se escurre con rapidez. En ella, producir implica lidiar con suelos secos durante buena parte del año y, al mismo tiempo, con lluvias intensas que erosionan la tierra y afectan las plantas.
En años adversos, Pérez ha perdido hasta 15 000 naranjas por cosecha —cerca de un tercio de su producción—, debido a la falta de agua y a la degradación del suelo, lo que evidencia cómo incluso los cultivos alternativos enfrentan crecientes riesgos.
Para adaptarse, ha tenido que implementar prácticas como la captación de agua y técnicas para conservar la humedad del suelo.

¿Qué significa vivir de la agricultura en una zona cada vez más seca?
Vivir de la agricultura en el Corredor Seco implica, cada vez más, convivir con la incertidumbre.
“El clima está loco, llueve cuando no debería, y no llueve cuando debería estar lloviendo”, resumió la caficultora salvadoreña María de Jesús Anaya, al describir cómo han cambiado las condiciones en su pequeña finca de menos de una hectárea en San Emigdio, el centro de El Salvador.
En su caso, las lluvias fuera de temporada han alterado procesos clave del cultivo del café, como la floración, que depende de ciclos climáticos específicos. Antes, explicó, la última lluvia del año caía hacia inicios de noviembre, pero ahora puede presentarse incluso en diciembre, afectando el desarrollo de la planta y la calidad de la cosecha.
Para miles de familias campesinas del Corredor, estos cambios significan que sembrar ya no garantiza cosechar. Las lluvias irregulares, las sequías prolongadas y los eventos extremos han roto los calendarios agrícolas tradicionales, obligando a los productores a tomar decisiones sin certezas sobre el clima.
En la práctica, esto implica arriesgar semillas, tiempo y recursos en cada ciclo, sin saber si habrá suficiente lluvia o si precipitaciones intensas terminarán dañando los cultivos.

¿Está empujando el clima a más centroamericanos a migrar?
Sí, el sinvivir climático está expulsando a los habitantes del Corredor, aunque es difícil medir con precisión qué porcentaje de los centroamericanos que dejan sus países lo hacen empujados por los impactos climáticos.
La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha definido la migración por motivos climáticos como aquella impulsada por cambios ambientales atribuibles al cambio climático, como sequías prolongadas o eventos extremos, que deterioran los medios de vida en los lugares de origen y empujan a las personas a buscar opciones en otra parte.
Según este organismo, estos factores se suman a otros determinantes estructurales para explicar los movimientos humanos en la región.
Un análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) también señala que los choques climáticos —incluidas sequías e inundaciones— están ganando importancia como impulsores de flujos migratorios en Centroamérica, donde la exposición a riesgos ambientales traslada a comunidades rurales desde la agricultura hacia estrategias de sobrevivencia fuera de sus países.
América Central es tradicionalmente tanto origen de migrantes como puente para quienes viajan irregularmente hacia Estados Unidos, y los países del llamado Triángulo del Norte —Guatemala, El Salvador y Honduras— se encuentran entre los principales orígenes de migrantes indocumentados en ese país.
Según estadísticas, esa región aporta a millones de personas dentro de la población indocumentada en Estados Unidos, con 740 000 salvadoreños, 724 000 guatemaltecos y 490 000 hondureños en ese segmento.

¿Qué están haciendo los gobiernos y la cooperación internacional?
Frente a los múltiples impactos del cambio climático en el Corredor Seco, los gobiernos y organismos internacionales han impulsado una variedad de programas destinados a fortalecer la seguridad alimentaria y la gestión del agua.
La FAO ha apoyado proyectos de adaptación climática y resiliencia, como la captación de agua de lluvia y sistemas de riego básico, que permiten a los agricultores almacenar recursos hídricos para los períodos secos.
Un ejemplo concreto es el caso de Guatemala, donde un programa financiado por Suecia e implementado por FAO junto con el gobierno guatemalteco, ha beneficiado directamente a unas 7000 familias campesinas en siete municipios del este del país, priorizando la seguridad hídrica para mejorar la producción de alimentos y la resiliencia comunitaria.
El programa comenzó en 2022 y finalizó en diciembre de 2025.
En el oeste de El Salvador, la Mancomunidad Trinacional Fronteriza Río Lempa, con apoyo técnico y financiero de FAO y otros socios, ha impulsado proyectos de resiliencia climática.
Como parte del plan, se instaló un tanque comunitario de agua potable que abastece a unas cien familias del caserío Cristalina, en Candelaria de la Frontera.
Para la residente Gladys Chamuca, de 57 años, la obra ha significado un cambio tangible en la vida cotidiana.
“Aquí teníamos pozos artesanales, pero ya no daban abasto, y cuando vino el proyecto de agua nosotros encantados de la vida, porque ya íbamos a tener agua todo el tiempo”, relató.
Si bien estos programas no eliminan los riesgos climáticos, apuntan a construir capacidades locales, mejorar el acceso al agua y promover sistemas productivos más resilientes, elementos clave para aliviar la vulnerabilidad estructural de las comunidades que habitan el Corredor Seco.
ED: EG


