El paraíso indígena de los tuxás, sumergido bajo las aguas

Familias tuxás durante un descanso, mientras construyen en Surubabel su nueva aldea, en lo que consideran la retoma de sus tierras ancestrales, en la ribera de lo que antes era el río en medio del que vivían, el Sao Francisco, y ahora es un embalse en el los límites entre los estados de Pernambuco y Bahia, en Brasil. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS
Familias tuxás durante un descanso, mientras construyen en Surubabel su nueva aldea, en lo que consideran la retoma de sus tierras ancestrales, en la ribera de lo que antes era el río en medio del que vivían, el São Francisco, y ahora es un embalse en el los límites entre los estados de Pernambuco y Bahia, en Brasil. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS

Los tuxás habitaban desde hacía siglos en el norte del estado brasileño de Bahia, en las riberas del río São Francisco, pero en 1988 su territorio fue inundado por la central hidroeléctrica de Itaparica y desde entonces se convirtieron en un pueblo indígena sin tierra. Sus raíces quedaron bajo las aguas del embalse.

Dorinha Tuxá, una de las lideresas de esa comunidad originaria, que cuenta actualmente con entre 1.500 y 2.000 habitantes, canta a la orilla de lo que siguen llamando “río”, aunque ahora solo es el embalse de 828 kilómetros cuadrados, en el nororiental estado de Pernambuco en su límite con el de Bahia, al sur.

Mientras entona la canción dedicada a su “sagrado” río y fuma su “marakú”, una pipa con tabaco e hierbas rituales, mira con ensoñación las aguas donde quedó sumergida la isla de Viúva, una de las que salpicaban el curso bajo del São Francisco y en las que vivían los miembros de su comunidad.[pullquote]3[/pullquote]

“Este canto es para pedir unión a nuestra comunidad porque estamos en la lucha pidiendo la fuerza de nuestros ancestros para que nos ayuden en la recuperación de nuestro territorio. Indígena sin tierra es un indígena desnudo. Pedimos que nuestros ancestros nos bendigan en esta batalla y protejan a nuestros guerreros”, explicó a IPS.

La planta hidroeléctrica, con una capacidad para 1.480 megavatios, es una de las ocho instaladas por la Compañía Hidroeléctrica De São Francisco (CHESF), cuyas operaciones se centran en ese río que recorre buena parte de la región del Nordeste brasileño, con 2.914 kilómetros desde su naciente en el centro del país hasta su desembocadura en el océano Atlántico, en el noreste.

Tras la inundación, los tuxás fueron trasladados a tres municipios. Una parte fue asentada en Nova Rodelas, una aldea dentro del municipio rural de Rodelas, en el estado de Bahia, donde vive Dorinha Tuxá.

Tras una batalla legal de 19 años, las 442 familias tuxás realojadas recibieron finalmente una indemnización de CHESF, pero todavía esperan por las 4.000 hectáreas que fueron acordadas cuando se les desplazó y que deben entregarles organismos del Estado.

“Que nostalgia de aquella tierra bendecida donde nacimos y que no dejaba que nos faltara nada. Aquél río donde pescábamos. Tengo tanta nostalgia de ese tiempo desde mi niñez  hasta mi matrimonio. En verdad éramos un pueblo sufrido pero optimista. Cultivábamos arroz, teníamos bastante cebolla, cosechábamos mangos. Todo aquello se fue”, recordó a IPS el cacique Manoel Jurúm Afé.

La aldea poco tiene que ver con la de antaño en su isla.

Apenas una cancha de fútbol, donde juegan los niños, conserva la forma de las típicas construcciones indígenas tuxás.

Pero los mayores se esfuerzan por transmitir su memoria colectiva a lo más jóvenes como Luiza de Oliveira, a la que bautizaron con el nombre indígena de Aluna Flexia Tuxá.

Ella estudia derecho para continuar la lucha territorial y “de género” de su pueblo. Su madre, como muchas otras mujeres tuxás, también tuvo un papel relevante como cacica, o lideresa comunitaria.

“Parecía que ellos vivían en un paraíso. No necesitaban estar mendingando al gobierno como ahora. Antiguamente plantaban todo, frijol, mandioca (yuca). Convivían en plena armonía. Ellos hablan de eso con nostalgia. Era un paraíso que acabó. Quedó inundado”, contó.

Dorinha Tuxá, una lideresa de los indígenas tuxás, canta a su sagrado río y fuma su “marakú”, una pipa con tabaco e hierbas rituales, para pedir a sus ancestros que les ayuden a que les entreguen las tierras comprometidas, cuando los desalojaron de su isla fluvial para construir una represa en el nordeste de Brasil. Crédito: Gonzalo Gaudenzi/IPS
Dorinha Tuxá, una lideresa de los indígenas tuxás, canta a su sagrado río y fuma su “marakú”, una pipa con tabaco e hierbas rituales, para pedir a sus ancestros que les ayuden a que les entreguen las tierras comprometidas, cuando los desalojaron de su isla fluvial para construir una represa en el nordeste de Brasil. Crédito: Gonzalo Gaudenzi/IPS

Después de tres décadas de convivir con otros pobladores, los tuxás dejaron de vestir sus ropas indígenas, aunque para ocasiones especiales y rituales se ponen sus “cocares” (tocas tradicionales de plumas).

Reciben a IPS con su “toré”, una danza colectiva y abierta. Otro culto religioso, “el particular”,  es reservado para miembros de la comunidad. Así homenajean a los “encantados”, sus espíritus o antepasados reencarnados.

Pero también son católicos y muy devotos de San Juan Batista, patrono de Rodelas, que lleva el nombre del Capitán Francisco Rodelas, considerado el primer cacique que luchó al lado de los portugueses contra la ocupación holandesa del noreste de Brasil en el siglo XVII.

Armando Apaká Caramuru Tuxá es un “pajé”, el guardián de las tradiciones tuxás.

“Las aguas cubrieron la tierra donde nuestros antepasados vivían. Yo vi muchas veces a mi abuelo sentado al pie de un jua (Ziziphus joazeiro, un árbol típico de la ecorreigion del Semiárido nordestino), allá en la isla hablando con ellos allá encima (en el cielo)”, ilustró.

“Todo eso perdimos. Ese lugar que era sagrado para nosotros quedó bajo el agua”, dijo con dolor.

Por siglos pescadores, cazadores, recolectores y agricultores, en su nueva ubicación los tuxás prácticamente abandonaron sus cultivos de subsistencia.

Algunos compraron pequeñas parcelas de tierra y se dedican a cultivos comerciales, como la del coco.

“Necesitamos mejorar nuestra calidad de vida. Antes vivíamos de lo que producíamos con la agricultura y la pesca. Hoy no es posible, entonces queremos volver a la agricultura y para eso tenemos que tener nuestra tierra”, explicó a IPS el cacique Uilton Tuxá.[related_articles]

En el 2014, un decreto declaró de “interés social” un área estimada de 4.392 hectáreas, a fin de su expropiación y entrega a los tuxás.

En junio de este año obtuvieron una victoria en la justicia federal, que dictaminó que la gubernamental Fundación Nacional del Indígena (Funai) tiene tres meses de plazo para crear un grupo de trabajo que inicie el proceso de demarcación. También estipuló una nueva indemnización.

Pero desconfiados de la burocracia estatal y de la justicia, los tuxás decidieron ocupar Surubabel, la zona cercana a su aldea, a orillas del embalse, que fue expropiada para demarcarla a su favor, sin que ello haya sucedido.

Allí comenzaron a construir una nueva aldea en lo que llaman “la retoma” de sus tierras.

“La ocupación de esta tierra por nosotros, los tuxás, significa reencender la llama de nuestra identidad como pueblo indígena originario de esta orilla del río. Desde los inicios de la colonización, aún en el siglo XVI cuando llegaron los primeros catequizadores, ya estábamos por aquí”, argumentó Uilton Tuxá.

“Queremos construir esta pequeña aldea para que el gobierno cumpla sus obligaciones y la orden de delimitar nuestro territorio”, subrayó.

Durante la semana tienen otras actividades. Son empleados públicos o trabajan en sus parcelas. Pero los sábados cargan sus herramientas en sus vehículos y construyen sus casas  a la usanza tradicional.

“Hoy mucha tierra está siendo invadida por personas no indígenas y también por indígenas de otras etnias en este territorio sagrado de los tuxás”, reforzó a IPS la cacica  Xirlene Liliana Xurichana Tuxá. 

“Fuimos los primeros indígenas en ser reconocidos del noreste y estamos siendo los últimos en tener el derecho a nuestra tierra. Esto es apenas el comienzo. Si la justicia no nos otorga nuestro derecho de seguir dialogando, vamos a tomar medidas de fuerza, a movilizarnos. Estamos cansados de ser los buenitos”, advirtió al intervenir como lideresa comunitaria.

Mientras tanto, lo poco que no quedó bajo las aguas de su tierra ancestral y las que ocupan ahora son amenazadas por nuevos megaproyectos.

Esas tierras quedaron en el medio de dos canales, en el eje norte del trasvase del río São Francisco, una obra todavía en construcción con la que se  promete abastecer de agua a 12 millones de habitantes.

“Los tuxás hemos sufrido impactos en conjunto que no solo es una represa. Tenemos también el del trasvase y la posibilidad de que construyan una planta nuclear que también nos impactará», señaló Uilton Tuxá fumando su marakú en un momento de descanso.

Aseguran que el marakú atrae a las fuerzas protectoras. Y esta vez esperan que ellas les ayuden a que les entreguen la tierra que les prometieron cuando les quitaron la de sus antepasados, y que no vuelvan a perderla por nuevos megaproyectos.

Editado por Estrella Gutiérrez

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