CUBA: EL FUTURO INVISIBLE

Si el pasado de un hombre puede ser la acumulación de experiencias vividas que lo han llevado a ser el individuo que es, el futuro encarna el sueño, la expectativa de lo que ese hombre quiere o quisiera llegar a ser, de lo que aspira a poseer para tener una vida mejor –en el ámbito de lo material y de lo espiritual. Esa capacidad de proyectar la mirada hacia un porvenir y tratar de forzar desde el presente las cualidades del futuro es una de las condiciones intrínsecas a la condición humana y la fuente de la superación de los individuos y las sociedades a las que pertenecen.

Para los hombres de mi generación, que hemos crecido y vivido en Cuba a lo largo de las últimas cinco décadas, la noción de un futuro mejor fue uno de los motores que nos impulsó durante nuestra cada vez más lejana juventud. El deseo de superación personal, animada por los vientos de una revolución que transformó la vida del país en los años 1960, nos llevó a imaginar el futuro como un estadio tangible en el que los más esforzados, capaces e inteligentes (o dotados para explotar sus esfuerzos y capacidades) llegarían a tener no solo satisfacciones espirituales que se concretarían en una sociedad más justa y culta, sino también recompensas materiales difíciles pero no imposibles de lograr: un salario digno, una casa confortable, tal vez hasta un automóvil “asignado” por el Estado (único proveedor de éste y otros bienes desde hace cincuenta años) como premio por la labor social y la superación personal conseguidas.

La crisis económica y estructural que removió a la sociedad cubana en la década de 1990 como consecuencia directa de la desaparición de la protectora Unión Soviética, financista y socio comercial casi monopólico del Estado cubano, provocó también una fractura en la relación de los cubanos con sus imágenes de futuro: de un día para otro muchas de las esperanzas que nos animaban desaparecieron del horizonte y se impuso una modalidad de lucha por la supervivencia que apenas nos permitía plantearnos cómo “resolver” el día de hoy sin idea de si podríamos solucionar el de mañana. La capacidad y la inteligencia de los individuos muchas veces perdió sus conexiones con el ámbito de las aspiraciones colectivas y desde entonces fueron los más hábiles y arriesgados los que se garantizaron un mejor presente, aunque ni siquiera muchos de ellos pudieron plantearse una estrategia de futuro: la imposibilidad de saber hacia dónde se movía la isla impedía casi siempre la elaboración de ese sueño.

En los últimos años Cuba ha cambiado. Ha cambiado al punto de que se ha aceptado la necesidad de cambios en las estructuras y los conceptos. Tanto ha cambiado que muchos de los beneficios del pasado, que se identificaron con las cualidades del modelo socialista, hoy son considerados como deformaciones paternalistas, subsidios y gratuidades insostenibles. Y a este tenor se anuncian más cambios, como la posible eliminación de la cartilla de racionamiento por considerarse un subsidio incosteable para un Estado con serias dificultades financieras, la eliminación de la doble moneda (divisas y pesos cubanos) que circula en el país y que dificulta las operaciones mercantiles y la vida cotidiana de la gente (sobre todo de los que no tienen acceso a las divisas) y otras transformaciones de las que no se maneja mayor información y para cuya instrumentación el gobierno ha pedido tiempo. Tiempo del futuro de cada uno de los cubanos.

Entre los cambios recientes que se han puesto en marcha uno muy revelador ha sido la eliminación, en varios ministerios, de los comedores obreros (también subsidiados por el Estado y fuente de permanente “desvío de recursos”, eufemismo que esconde la palabra robo). En esos lugares, para que los trabajadores puedan adquirir una comida, ahora se les entrega un estipendio de 15 pesos diarios, lo que equivale (a 24 días de trabajo por mes) a 360 pesos… en un país donde el salario promedio apenas rebasa los 400 pesos. ¿Es posible planificar un futuro personal entre márgenes como estos?

El propio gobierno cubano ha reconocido la realidad palpable de que los salarios que se pagan son insuficientes para vivir. Con menos evidencia también ha aceptado las múltiples incapacidades de un modelo económico que no garantiza la productividad (Cuba importa más del 70% de la comida que consume) o de unos síntomas de desintegración social visibles en manifestaciones como la resurgida prostitución, la corrupción, el incremento de las manifestaciones de marginalidad, las ansias de migrar que acechan a muchos jóvenes.

Pero se habla poco, casi nada, de la imposibilidad de fraguar modelos o aspiraciones de futuro fuera de las que garantiza el Estado (salud pública, educación, tan esenciales pero generadoras de otras expectativas en los individuos y sociedades que las tienen aseguradas). Digamos que un sueño tan necesario como el de tener una casa –y son muchos los que ocupan viviendas en condiciones deplorables o viven arracimados en espacios mínimos- es una utopía inalcanzable en un país donde una bolsa de cemento cuesta más de la tercera parte del salario promedio antes mencionado. Pero, después de concluir una carrera universitaria, ¿a qué puede aspirar una persona?

Los cubanos de hoy, aun cuando tienen mayor margen de expresar sus insatisfacciones con el presente, son incapaces de prever un futuro que se avizora diferente, pero que nadie imagina cómo le llegará ni cuándo. El costoso paternalismo que generó el Estado y del que hoy trata de desembarazarse, también alcanza a esa aspiración de soñar un futuro posible, pues éste se regirá por las formas y decisiones que establezca el mismo Estado, en un gesto más de su paternalismo. ¿Qué cambios se producirán, cuándo, cómo nos afectarán a cada uno de nosotros y cuánto incidirá en nuestros futuros? Nadie parece saberlo, mientras pasan los años y lo que pudo ser futuro se queda en el pasado irrecuperable de las vidas individuales. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a más de quince idiomas y su más reciente obra, El hombre que amaba a los perros, tiene como personajes centrales a León Trotski y su asesino, Ramón Mercader.

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