AMBIENTE: Los días de gloria de Greenpeace no han terminado

Cuando el alemán Gerd Leipold asumió la dirección ejecutiva de Greenpeace en 2001, algunos arquearon las cejas. ¿Era el tipo de líder que necesitaba el grupo ambiental más conocido del planeta, urgido de fondos, nuevos mercados y renovada imagen?

La suspicacia no era en balde. Leipold reemplazaba a Thilo Bode, un economista con experiencia en la banca y la industria, quien incluso propuso licenciar el nombre Greenpeace.

De 54 años, Leipold es, más que un administrador, un curtido activista ambiental. En su acción más espectacular, cruzó en globo el Muro de Berlín en plena Guerra Fría para protestar contra la proliferación nuclear. Su liderazgo prometía retornar a los legendarios inicios de Greenpeace en los años 70. ¿Quién no se siente inspirado al ver los botes inflables del grupo cerrar el paso a barcos balleneros o nucleares?

Sin embargo, muchos críticos consideran el activismo radical como el talón de Aquiles de la organización y la causa de la caída de su membresía que en sus días de gloria sumaba casi cinco millones de personas.

Leipold dialogó en exclusiva con Tierramérica vía telefónica desde Grecia.

—Cuando asumió su cargo, algunos críticos percibían que usted daría prioridad a las acciones de protesta más que a la gerencia del grupo. ¿Ha sido así? —Creo que tenemos el balance correcto. La resistencia civil pacífica es y seguirá siendo el motor de Greenpeace, y estamos muy orgullosos por eso. Pero para mí es clave no sólo que participen los activistas de Greenpeace, sino el público en general. Por eso hemos puesto énfasis en el activismo cibernético (por Internet). El medio ambiente no es una cuestión de especialistas, sino de todos.

—Greenpeace está revisando sus actuales políticas. ¿Sienten que el público está cansado de sus acciones de protesta? —Las reacciones varían de país a país y de continente a continente. En Europa, por ejemplo, los problemas ambientales no son tan visibles como solían ser. Si uno veía los ríos europeos hace 30 años, la contaminación era evidente, y una acción de resistencia contra eso era obviamente muy visible. Pero en América Latina y Asia, donde Greenpeace no ha estado todavía mucho tiempo, nuestras acciones son muy novedosas, exitosas.

—¿Son estas dos regiones su prioridad en su estrategia de expansión? —Absolutamente, y no sólo porque los problemas ambientales en esas dos regiones son tan prominentes, sino porque su desarrollo económico es muy fuerte. Si uno quiere tener impacto, es ahí donde hay que trabajar.

-¿Por qué Estados Unidos ha sido un mercado tan esquivo para Greenpeace? -Sí, tenemos mucho menos miembros en Estados Unidos ahora. Una de las razones es que en 1991 nos opusimos a la Primera Guerra del Golfo y eso nos hizo perder mucha simpatía ahí. Pero hacemos campañas por lo que creemos, incluso si eso causa una reacción negativa del público.

—En 1991 la membresía de Greenpeace llegó a su pico más alto con 4,8 millones de personas. Hoy tiene 2.8 millones. ¿Qué pasó? —No tengo a mano los datos de 1991, pero debo decir que nuestras estadísticas entonces no eran tan buenas ni estrictas como ahora. En los años 90 aún contábamos como miembros de Greenpeace a aquellos que hacían una sola donación. Ahora sólo reconocemos a donantes permanentes (por al menos 18 meses). Hemos crecido durante los últimos cinco años, sobre todo en América Latina y Asia. (69,074 y 41,522 miembros respectivamente).

—¿No han terminado los días de gloria de Greenpeace? —No, ciertamente que no. Y si miro al estado del planeta, definitivamente estamos llamados a ser una organización buena y fuerte.

—¿Cuál es su presupuesto actual? —Todavía no concluye nuestra auditoría, pero estamos alrededor de los 165 millones de euros (202,4 millones de dólares) en 2004. Es más bajo que en 2003, pero se tienen que considerar las fluctuaciones en el tipo de cambio.

—Su antecesor Thilo Bode pensaba que eran urgentes nuevas formas de recaudación de fondos, que la recolección puerta a puerta era insuficiente. ¿Ha impulsado usted nuevas estrategias? —Nos hemos diversificado, la recaudación de fondos a través de Internet juega un papel más importante, también probamos algo con publicidad. Pero la recolección puerta a puerta, que nosotros llamamos diálogo directo (hablar con la gente en sitios públicos), es nuestra principal herramienta todavía.

—Otra de las propuestas de Bode era licenciar el nombre Greenpeace. —No somos Starbucks, no creemos que pudiéramos licenciar nuestro nombre como lo hacen ellos. Nuestro nombre es valorado porque no está conectado al dinero, por nuestra independencia, y porque somos fieles a nuestros valores. Si convertimos nuestro nombre en un activo monetario, seguro lo lesionaríamos.

—Se ha criticado por muchos años a Greenpeace por su extremismo y superficialidad, por su falta de soporte científico en sus campañas. ¿Cómo responde? —Hace quince años tenemos una unidad de ciencia que opera en la (británica) Universidad de Exeter y produce investigación original. Nuestras contribuciones a la Organización de las Naciones Unidas, por ejemplo, son muy apreciadas. En estos días una prominente profesora japonesa me comentaba lo valiosa que resulta para su trabajo nuestra investigación sobre proliferación nuclear. Como éste, le puedo citar muchos ejemplos.

*La autora es directora editorial de Tierramérica. Publicado originalmente el sábado 4 de junio por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

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