IDLIB, Siria – Los prolongados años de conflicto en Siria dejaron profundas cicatrices que trascienden la destrucción física y penetran en el bienestar psicológico de millones de personas.
Hubo un marcado aumento de los trastornos de salud mental y de las tasas de suicidio, lo que posiciona a la atención psiquiátrica y a los servicios de apoyo psicosocial entre las necesidades sanitarias más críticas y urgentes para la población.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), aproximadamente 7,5 millones de niños en Siria requieren asistencia humanitaria. Los sucesivos ciclos de violencia y desplazamiento, agravados por un devastador colapso económico, severas privaciones, brotes de enfermedades y terremotos catastróficos, dejaron a cientos de miles de niños vulnerables a repercusiones físicas y psicosociales de largo plazo.
Walid*, de 10 años, está atormentado por pesadillas recurrentes y pensamientos oscuros tras presenciar la muerte de su padre en la explosión de una mina terrestre mientras trabajaban en sus tierras agrícolas en el norte de Siria.
Entre lágrimas, su madre relata la tragedia. “Regresamos a casa tras la liberación de la zona del régimen de Bashar al Assad. Mi esposo fue a inspeccionar nuestra tierra y nuestros árboles cuando explotó una mina terrestre que lo mató e hirió a mi hijo. Desde ese día, Walid lucha con un trauma psicológico y lo que el médico describió como un estado de depresión clínica”.
De manera similar, Salwa al Abed, una mujer de 29 años de Damasco, atraviesa una situación comparable. Tras pasar aproximadamente tres años en centros de detención del antiguo régimen sirio, donde no veía más que oscuridad y solo escuchaba los ecos de la tortura, continúa cargando con las secuelas psicológicas de su encarcelamiento.
Al reflexionar sobre el origen de su sufrimiento, afirma: “El período de mi detención fue el momento más aterrador de mi vida. Fuimos sometidos diariamente a torturas incesantes y despiadadas; perdimos toda noción del tiempo, incapaces de distinguir el día de la noche. Tras mi liberación, caí en un estado de severa depresión clínica”.
Salwa se aisló por completo, cortó vínculos con su familia, amigos y colegas. Vivía como una prisionera en una pequeña habitación, distraída y abatida, hasta el día en que terminó frente a un profesional de la salud mental.
Su familia se lo había presentado bajo la apariencia de un amigo cercano, convencida de que podía ayudarla a salir de su situación. Salwa inicialmente no era consciente de la gravedad de su crisis psicológica; sin embargo, sus sesiones recurrentes con el especialista marcaron un punto de inflexión decisivo, señalando el inicio de un proceso terapéutico para superar profundos trastornos psicológicos.
Estigma social y percepción pública
Muchos pacientes psiquiátricos se sienten paralizados por el miedo a ser etiquetados como “locos” o “débiles”, resultado directo del profundo estigma social que rodea a las enfermedades mentales en la sociedad siria.
Alaa al Rashid, especialista de 42 años en orientación psicológica, confirma que Siria experimentó en los últimos años un aumento significativo en las tasas de trastornos mentales en todos los grupos demográficos. Las continuas crisis económicas y de subsistencia, junto con las repercusiones acumulativas de la guerra prolongada, el desplazamiento y la inestabilidad sistémica, alimentan este incremento.
Al Rashid explica: “Las personas más vulnerables a los trastornos psicológicos incluyen a las personas con discapacidad, los sobrevivientes de detención y quienes perdieron familiares cercanos a causa de la guerra”.
También advierte sobre los peligros de buscar tratamientos inadecuados y señala que algunos pacientes recurren a practicantes del ocultismo o al abuso de sustancias, medidas que agravan la enfermedad y muchas veces derivan en adicción.
“Los centros especializados de tratamiento psiquiátrico en Siria son críticamente escasos e insuficientes”, agrega Al Rashid.
Sin embargo, agrega, «el principal desafío no es solamente la prestación de servicios, sino lograr que los pacientes busquen ayuda. Las normas sociales predominantes consideran la enfermedad mental como una fuente de vergüenza, lo que lleva a muchos al silencio. En consecuencia, garantizamos que las sesiones psicológicas permanezcan estrictamente confidenciales, enfocándonos en reconstruir el autoestima y empoderar a las personas para enfrentar los efectos del trauma”.
Al Rashid también señala que los pacientes psiquiátricos suelen sufrir un fuerte aislamiento social. A medida que la sociedad se distancia y teme interactuar con ellos, se intensifican sus sentimientos de soledad y desesperación. Esta alienación obstaculiza el proceso de recuperación y afecta negativamente su estabilidad psicológica y social.
Concluye enfatizando que la enfermedad mental no es una falla moral ni una deshonra, sino una condición médica comparable a cualquier enfermedad física. Es imperativo destacar la salud mental como un derecho humano fundamental, no menos vital que el bienestar físico.
Al Rashid añade que las campañas de concientización y educación sobre salud mental son esenciales para aumentar la conciencia pública y desmontar los mitos asociados a las condiciones psiquiátricas. Estas iniciativas deben centrarse en brindar información empírica sobre la naturaleza de los trastornos psicológicos, su posibilidad de tratamiento y la importancia vital de la intervención temprana. Según sugiere, dichas campañas deberían integrarse en escuelas, universidades y centros comunitarios.

La búsqueda de atención psiquiátrica: una carga adicional
El sistema sanitario sirio sufre una aguda escasez de personal especializado en psiquiatría, agravada por el limitado número de instalaciones capaces de ofrecer apoyo psicológico y tratamiento clínico adecuados. Este déficit afecta particularmente a las zonas rurales y a los campamentos de desplazados, obligando a muchas personas afectadas a abandonar completamente el tratamiento o buscar alternativas no médicas.
Ghosoun Hegazi, jefe de la División de Salud Mental de la Dirección de Salud, afirma que “los factores traumáticos se acumularon durante años de conflicto y factores de estrés existencial. En consecuencia, la prestación de servicios de salud mental se convirtió en un pilar indispensable de la atención primaria de salud, más que en un servicio secundario u opcional”.
Respecto al número de profesionales psiquiátricos en el norte de Siria, señala: “Actualmente hay solo dos psiquiatras especializados en la gobernación de Idlib, complementados por ocho residentes especializados en psiquiatría. Esta cifra es totalmente desproporcionada en relación con el tamaño de la población y las crecientes necesidades humanitarias”.
Para poner estas cifras en perspectiva, el promedio mundial es de aproximadamente 13 psiquiatras por cada 100 000 personas. En los países de bajos ingresos, esta proporción cae a menos de 0,1 por cada 100 000, lo que ilustra claramente la enorme brecha de recursos humanos especializados en la región.
En cuanto a la hospitalización, Hegazi señaló la existencia de una Unidad de Salud Mental en Sarmada, al norte de Idlib.
La instalación cuenta con apenas 15 camas para atención de internación: 10 para hombres y cinco para mujeres. Esta capacidad sigue siendo drásticamente insuficiente para el volumen de casos que requieren admisión y manejo clínico especializado. Además de esta unidad, existen algunos centros dispersos que ofrecen servicios básicos de apoyo psicosocial.
Según Hegazi, las condiciones de salud mental más frecuentes en Siria incluyen depresión, trastornos de ansiedad y trastorno de estrés postraumático (TEPT), junto con trastornos del sueño y estrés crónico. Los niños y adolescentes se encuentran entre los grupos más susceptibles a estas condiciones debido a la exposición temprana al trauma y a la erosión de la seguridad básica.
Además, las mujeres se ven desproporcionadamente afectadas por presiones socioeconómicas superpuestas y por la pérdida de los principales sosténes económicos del hogar, mientras que los jóvenes en edad laboral enfrentan una importante presión psicológica impulsada por el desempleo sistémico y la inestabilidad.
Un informe de Unicef de 2025 corrobora la gravedad de esta crisis y señala que una de cada cinco personas que vivieron guerras o conflictos durante la última década sufre depresión, ansiedad, trastorno bipolar o esquizofrenia.
La falta de instalaciones y el miedo a buscar ayuda probablemente afecten la capacidad de Siria para alcanzar los objetivos de la meta 3.4 de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que apunta a las enfermedades no transmisibles y la salud mental y busca reducir en un tercio la mortalidad prematura por enfermedades no transmisibles, incluida la muerte por suicidio, mediante la prevención y el tratamiento, así como la promoción de la salud mental y el bienestar.
Aumento de las tasas de suicidio en Siria
El deterioro del estado de los pacientes psiquiátricos, sumado a múltiples factores de estrés económico y social, intensificó los factores de riesgo asociados con conductas suicidas. Esto se ve aún más agravado por la falta de acceso a servicios de salud mental, lo que genera profundas preocupaciones sobre un posible aumento de casos si no se fortalecen significativamente los marcos de intervención temprana y apoyo psicosocial.
Un joven de 23 años* de la destrozada ciudad de Alepo sobrevivió a un intento de suicidio tras sufrir una lesión medular relacionada con la guerra que lo dejó paralizado e incapaz de continuar sus estudios o trabajar. Como consecuencia, cayó en un severo trauma psicológico.
Su madre describe la angustiante realidad que viven. “Mi hijo sufre alucinaciones y trastornos auditivos, pero se niega rotundamente al tratamiento. Atravesamos esta situación desgastante sin poder convencerlo de lo contrario; insiste en que está perfectamente sano y rechaza toda ayuda. Su condición empeora cada día”, narra.
También señaló que Hassan intentó quitarse la vida ingiriendo una cantidad letal de medicamentos y sobrevivió solo después de una hospitalización de emergencia. Destacó que su hijo vive socialmente aislado, sufre episodios casi diarios de estallidos verbales y se volvió fuertemente dependiente de sedantes y narcóticos.
Según datos de “Syria Response Coordinators”, hubo un marcado aumento de las tasas de suicidio durante 2024, el último año de la guerra civil en el país, que comenzó en 2011 y que se saldó con el triunfo de grupos rebeldes y la huida de Al Assad en diciembre de ese año.
En toda Siria se documentaron 104 suicidios consumados y 87 intentos de suicidio ese año. Específicamente, en el noroeste de Siria, el equipo registró 37 muertes por suicidio y 21 intentos desde comienzos de 2024, un aumento de 14 % en comparación con el mismo período del año anterior.
La enfermedad mental continúa devastando silenciosamente a la sociedad siria, alimentada por la demora en la intervención clínica y el persistente estigma social. La guerra que fragmentó a la nación no solo diezmó la infraestructura física y los cuerpos, sino que también penetró en la psique colectiva, dejando tras de sí una generación cargada de profundas cicatrices internas extremadamente difíciles de sanar.
*Algunos nombres fueron omitidos para proteger las identidades de las fuentes.
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