MÉXICO – El estudiante Herberth Solís disfruta el paseo por el Parque Hídrico La Quebradora, situado en la demarcación territorial de Iztapalapa, en el sureste de Ciudad de México.
“Está fresco acá, uno se puede concentrar para estudiar, leer, pasar el rato”, dijo a IPS Solís, de 18 años, y quien se prepara para el cierre del bachillerato en unas semanas.
Como Solís, quien vive a unas cuadras del parque, una pareja de adultos mayores se resguarda del sol quemante, unos jóvenes juegan al basquetbol y otros comen pizza, en un sitio de colores abigarrados que organiza actividades infantiles y para adultos mayores.
El sitio, creado en 2019 y ahora llamado Utopía Atzintli –“mis aguas”, en lengua náhuatl–, aporta 38 470 metros cuadrados (m2) en áreas verdes y espacio público ambiental.
El parque, que posee un sistema de captación de agua pluvial de 5600 metros cúbicos (m3), beneficia a 35 487 habitantes de la zona, un área de 1,41 millones de m2 por mitigación de inundaciones y más de 60 000 m3 de agua infiltrada al acuífero al año.
Pero su depósito natural de agua está prácticamente seco, por gotas del cielo escasas, y las autoridades citadinas reparan una presa de 11 000 m3 de capacidad de infiltración.
Situado en la marea de cemento de Iztapalapa, donde vivían 1,84 millones de personas en 2020, entre hacinamiento, falta de agua, transporte público anticuado, inundaciones, abundancia de basura y escasez de espacios verdes.
En el segundo semestre de 2025, la demarcación, de 116 kilómetros cuadrados (km2) de superficie y una de las 16 que tiene la capital mexicana, padeció inundaciones severas por lluvias copiosas.

Con el rostro gris
Si bien la historia del parque es alentadora, es más bien una excepción en una ciudad que no ha adoptado aún el enfoque de ciudad esponja para recargar acuíferos, prevenir inundaciones y fomentar espacios verdes, especialmente en sitios tan desnudos como Iztapalapa.
Las ciudades esponja representan un modelo de urbanismo bioclimático con soluciones basadas en la naturaleza, con énfasis en la resiliencia al agua, que sustituya o alivie el asfalto impermeable por infraestructuras naturales.
El modelo surgió en China, lo propuso el arquitecto y paisajista Kongjian Yu (1963-2025) y aprovecha la infraestructura urbana verde, desde la revegetación de superficies impermeables hasta los techos verdes y humedales construidos para dar resultados positivos en términos de disponibilidad de agua, calidad y reducción de inundaciones.
Loreta Castro, socia fundadora del despacho arquitectónico Taller Capital, cuestionó la visión histórica del manejo del agua en Ciudad de México.
“Desde hace 500 años seguimos perforando túneles, pensando que nos libraremos de las inundaciones, pero la realidad es que eso no ha sucedido. Seguiremos inundándonos, porque vivimos sobre un lago”, dijo a IPS la que ha sido la diseñadora de la Utopía Atzintli sobre la historia de la capital en materia hídrica.

Rezago
Al igual que en México, en América Latina existe un puñado de proyectos que no alcanzan para que cualquiera de las grandes urbes de la región vaya encaminada a convertirse en ciudad esponja.
El Índice de Sostenibilidad de las Ciudades 2024, elaborado por la firma privada Arcadis afincada en Ámsterdam, da una idea del vínculo entre la naturaleza, el bienestar urbano y la infraestructura. La mejor situada es Santiago de Chile, en el puesto 81, seguida por Ciudad de México (82) y São Paulo (84).
Ello encuentra su reflejo en el nivel de áreas verdes citadinas, indicador fundamental para evaluar la salud urbana en términos de agua y aire.
Ciudad de México posee 6731 hectáreas de áreas verdes y 7,54 m2 por habitante. El estándar internacional oscila entre nueve y 12 m2.
La brasileña São Paulo, la mayor área metropolitana de la región, con 23,17 millones, en cada vez más cerrada competncia con de Ciudad d México, con 23,01 millones, posee de los mayores niveles de área verde per habitante (13,2 m2).
Buenos Aires, la tercera gran ciudad latinoamericana, concentra 15,9 millones en toda su zona metropolitana denominada el Gran Buenos Aires, que se expande por 216 km2, de los cuales 13 % ocupa espacio verde, para un promedio de 7,5 m2 por poblador.
Por su parte, Bogotá, que ocupa un área de 365 km2 con 12 millones de habitantes en su zona metropolitana, tiene 33 % es zona verde y ostenta 7,6 m2 por habitante.
Santiago de Chile y sus suburbios, con una población de 7,05 millones, se extienden por 680 km2, de los cuales 15 % es zona verde, y tiene 13,4 m2 por habitante.
Sin embargo, ninguna de estas metrópolis ha asumido formalmente la meta de ciudad esponja.
Entre los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) fijados por Naciones Unidas en 2015, el 11 trata de ciudades y comunidades sostenibles. Una de sus 10 metas consiste en proporcionar acceso universal a zonas verdes y espacios públicos seguros, inclusivos y accesibles en 2030.

Bracear contracorriente
En el último trimestre de 2025 y el primero de este año, urbes como Bogotá, Buenos Aires y Santiago de Chile sufrieron inundaciones severas debido a precipitaciones intensas. Las grandes ciudades latinoamericanas son muy vulnerables a las consecuencias del caos climático, como aumento de la temperatura y lluvias poderosas.
Y si bien sus planes abordan la adaptación climática, no necesariamente reflejan la visión de una ciudad esponja y del papel a la acción distan algunos metros, si no kilómetros.
Uno de los tres objetivos de la Política Pública de Acción Climática Bogotá 2050, aprobada en 2023, persigue la reducción de la vulnerabilidad de la metrópoli, la segunda más vulnerable de Colombia a los efectos de la catástrofe climática, después de San Andrés, ante las amenazas climáticas y hacerla resiliente frente a ellas.
Entre las medidas contempladas figuran el fomento a los bosques urbanos, la protección y el manejo de fuentes hídricas, lluvias y escorrentías, así como la identificación de áreas de importancia ecológica intervenidas con procesos de restauración.
En Santiago de Chile, el Plan de Acción Regional de Cambio Climático de la Región Metropolitana se basa en seis lineamientos estratégicos, entre ellos la gestión hídrica. El plan abarca 21 medidas, de las cuales 14 corresponden a adaptación y siete a mitigación, con aproximadamente 89 iniciativas.
Con unos 50 puntos críticos de inundaciones identificados, el documento reconoce riesgo de inundaciones por desborde de colectores de aguas llovidas y plantea la promoción de sistemas de drenaje urbano sostenibles, el aumento de la cobertura vegetal y arbórea mediante soluciones basadas en la naturaleza y la restauración ecológica de la vegetación y fauna nativa en la región.

Mientras, Buenos Aires identifica más de 50 zonas de riesgo en su climático Plan de Adaptación y para los que sugiere “construir infraestructura sobre el nivel de la inundación; también, se deberá favorecer la infiltración mediante reforestación y drenajes, así como otras obras similares”, dentro de un listado de 30 proyectos, entre los que aparece la elaboración de planes de gestión de microcuencas.
Además, su Plan de Adaptación al Agua 2024 menciona entre sus tres preceptos la reducción del riesgo de inundaciones mediante la instalación de infraestructura verde y la regeneración de arroyos y reservorios naturales.
Tanto el estado como la ciudad de São Paulo, de cuyo territorio 35 % presenta riesgo a inundaciones, también tienen planes climáticos.
En el primer caso, el Plan Estatal de Adaptación y Resiliencia Climática, cuya ejecución arrancó en 2025 para el siguiente trienio, gira en torno a cinco ejes temáticos, entre ellos seguridad hídrica y atención a zonas costeras.
Asimismo, uno de los dos objetivos generales del urbano Plan de Acción Climática 2020-2050, que inició en 2021, es la aplicación de las medidas necesarias para fortalecer la resiliencia del municipio.
Entre las metas de 2025 aparecen la amplificación de la permeabilidad del equipamiento y espacios públicos municipales, así como la identificación de logros que impliquen soluciones basadas en la naturaleza e incorporar esas prácticas en obras del drenaje.
También le pueden interesar:
Inundaciones evidencian carencias de gestión en municipios mexicanos
América Latina lidia para bajar emisiones contaminantes en centros urbanos
Finalmente, Ciudad de México aún no cuenta con un plan climático actualizado. El anterior, de 2021 a 2030, incluyó la promoción de la recarga y uso sustentable del acuífero metropolitano, la reducción de los riesgos hídricos asociados al cambio climático, la revegetación de las zonas urbanas y la recuperación de áreas verdes a través de la promoción de infraestructura verde y sus beneficios.
Independientemente de su logro, permanece la ocurrencia de inundaciones en demarcaciones como Iztapalapa. El acuífero de Ciudad de México padece sobreexplotación, pues la extracción rebasa por mucho a su recarga.
Ante ese panorama, el estudiante Solís pidió la creación de más espacios verdes como la Utopía Atzintli.
Para Castro, en los lugares más problemáticos es donde hay oportunidades para actuar, como la demarcación de Iztapalapa.
“Más allá de una reinterpretación melancólica de soluciones tradicionales, es preciso desarrollar una exploración arquitectónica, urbana y paisajística fundamentada en una investigación rigurosa”, para cambiar la visión hídrica tradicional, planteó.
ED: EG


