La mayoría de los países islámicos, temerosos del poder militar de Estados Unidos, parecen dispuestos a ceder a la presión de la única superpotencia del mundo en sus planes de atacar Iraq y derrocar al presidente Saddam Hussein.
Los motivos de esta sumisión de las naciones musulmanas, pese a su resistencia previa, se encuentran tanto antes del discurso del presidente estadounidense George W. Bush ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el jueves 12, como en la propia alocución.
Antes del discurso, el gobierno de Bush llegó cerca de amenazar aun a sus más estrechos aliados islámicos, en señal de que los planes de Washington de cambiar el régimen en Iraq, al igual que lo hizo el año pasado en Afganistán, no admitían oposición.
Primero, hubo una campaña sistemática en medios de comunicación estadounidenses e internacionales contra antiguos amigos de Washington como Egipto y Arabia Saudita, los cuales habían expresado públicamente su rechazo a cualquier acción militar contra Iraq.
La campaña consistió en presentar a esos regímenes como dictatoriales y promotores del extremismo religioso, lo cual puso a ambos gobiernos a la defensiva.
Estados Unidos protestó públicamente contra la detención de un activista egipcio y amenazó con vincular su futura ayuda económica a Egipto con el tratamiento a los derechos humanos en ese país.
Además, víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington presentaron una demanda por daños contra varios líderes saudíes, entre ellos el hermano del rey Fahd y padre del embajador saudí en Washington (que es a la vez ministro de Defensa), y el hermano del canciller saudí.
Mientras, el Pentágono (Departamento de Defensa de Estados Unidos) invitó a opositores iraquíes, desde realistas hasta islamistas, a Washington el 9 de agosto, y les comunicó que la decisión de derrocar a Saddam Hussein mediante la acción militar ya estaba tomada.
En la víspera del discurso de Bush, su gobierno dejó filtrar la información de que la sede del Comando Central de las Fuerzas Armadas estadounidenses se instalaría en Qatar con unos 1.000 oficiales, confirmando la opción militar en Iraq.
Esta información constituyó una sutil advertencia a Arabia Saudita de que podría perder protagonismo a favor de un vecino más pequeño del Golfo.
Estados Unidos también cubrió su retaguardia en el Consejo de Seguridad de la ONU respaldando a China en la cuestión de los disidentes musulmanes, al declarar al Movimiento Islámico del Turkistán Oriental como grupo terrorista.
Washington se había negado a realizar tal declaración el pasado diciembre, cuando un asesor de Bush contra el terrorismo dijo tras una visita a Beijing que la cuestión de los disidentes islámicos chinos era un asunto de derechos humanos, no de terrorismo.
En el discurso del pasado jueves ante la ONU, Bush dividió lo que él mismo había calificado como el eje del mal (Iraq, Irán y Corea del Norte) en dos subgrupos, que a su entender constituirían peligros a corto y a largo plazo.
Repentinamente, Bush presentó a Irán como víctima de las políticas de Saddam Hussein, con una visión casi solidaria.
El mandatario acusó a Iraq de fomentar el terrorismo contra Teherán (mediante el respaldo al grupo Mujahideen Chalk, con sede en Bagdad), de invadir Irán y de atacar con gases a los iraníes.
Si bien esas acusaciones son ciertas, el momento elegido para formularlas fue absolutamente estratégico.
Como cebo para la opinión pública musulmana, Bush también expresó su respaldo a una Palestina democrática e independiente y enumeró a todas las comunidades islámicas de Iraq que son víctimas de las políticas de Saddam Hussein (chiítas, sunitas, turkomanos y kurdos).
Los resultados de esta estrategia de Bush en el mundo islámico no se hicieron esperar.
El viernes 13, el presidente egipcio Hosni Mubarak dijo que el discurso del presidente de Estados Unidos abrió la puerta para un nuevo papel de la ONU con respecto a Iraq.
Al día siguiente, el canciller saudí Saud al Faisal declaró al canal estadounidense de televisión para abonados CNN que todos los países están obligados a acatar las decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU.
Sus declaraciones dejaron entender que Rijad abandonaría su oposición al uso de la fuerza contra Iraq o al empleo de sus propias instalaciones militares para tal fin, si la ONU respaldara la iniciativa de Bush.
El mismo día, el diario kuwaití Al Qabas informó que el Consejo de Cooperación del Golfo, de seis miembros, había indicado en privado al canciller estadounidense Colin Powell su aceptación de un ataque militar a Iraq siempre que se mantenga la unidad y la integridad territorial iraquí.
Jordania e Irán, dos vecinos de Iraq, también suavizaron su posición. Debemos velar por los intereses de nuestra gente y de nuestro país, dijo el ministro de Información jordano, Muhammed Adwan.
Sin embargo, existen grandes diferencias entre el discurso oficial y la opinión pública en el mundo islámico, y los críticos se preguntan qué clase de Iraq sobrevivirá a otra guerra.
También se ha planteado que la campaña contra Iraq no tiene que ver con el terrorismo ni con sus supuestas armas de destrucción masiva, sino con el interés en su petróleo, una sugerencia formulada en la nota de tapa del diario The Washington Post el fin de semana.
La expulsión de Saddam Hussein significaría grandes beneficios para las compañías petroleras estadounidenses, que ya empezaron a pelear por una parte de la reserva iraquí probada de 112.000 millones de barrilles de crudo, la mayor del mundo luego de la reserva saudí, señaló el periódico.
Otro aspecto preocupante de la campaña contra Iraq para el mundo árabe es el papel de Israel, aliado de Washington y enemigo de varios países islámicos.
El mismo día del discurso de Bush, el ex primer ministro israelí Benjamin Netanyahu brindó testimonio ante una comisión del Congreso (legislativo) estadounidense y realizó una exposición detallada de los motivos que, a su entender, hacen necesario un ataque a Iraq.
Zbigniew Brzezinski, ex consejero de seguridad nacional de Estados Unidos, hizo alusión el mes pasado a la influencia de Israel en la campaña contra Iraq al declarar que parte del apoyo público (a la guerra)… está estimulado por actores con un interés estratégico en promover la hostilidad entre Estados Unidos y el mundo árabe. (FIN/IPS/tra-en/mh/mlm/ip/02


