El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial deben incluir consideraciones ambientales en sus políticas para conceder préstamos a los países en desarrollo, exhorta un libro del ambientalista Worldwatch Institute.
Escrito por Hilary French, vicepresidenta de investigación del instituto de Estados Unidos, el libro aprovecha el interés provocado por las protestas del año pasado contra la reunión ministerial de la Organización Mundial de Comercio en Seattle.
"El comercio y las inversiones en sectores de recursos naturales como forestación, minería y desarrollo petrolero amenazan la salud de bosques, montañas, aguas y otros delicados ecosistemas del mundo", expresó French en "Vanishing borders: Protecting the planet in the age of globalization" (Fronteras en desaparición: La protección del planeta en la era de la globalización).
Lo mejor es "hacer que la globalización trabaje para nosotros y no en nuestra contra", dijo.
El movimiento de capitales privados hacia los países en desarrollo y la ex Unión Soviética aumentó de 53.000 millones de dólares a comienzos de los años 90 a la cifra récord de 302.000 millones en 1999", según el libro.
"En 1990 sólo del 44 por ciento del capital canalizado a los países en desarrollo pertenecía a fuentes privadas. En 1988 la cifra alcanzó 88 por ciento", apuntó.
Aunque la crisis financiera de 1997 revirtió esa tendencia, la crisis económica está en retirada y el capital internacional comenzó a volver. Los índices de crecimiento económico están a la suba nuevamente, pero la pobreza sigue muy elevada, agregó el libro.
Mientras ingresan los capitales privados, las selvas se reducen, en tanto el valor del comercio mundial en productos madereros pasó de 29.000 millones de dólares en 1961 a 139.000 millones en 1998, según French.
Las existencias ictícolas, a su vez, se reducen a medida que las exportaciones de peces aumentaron cinco veces en valor desde 1970 hasta alcanzar 52.000 millones de dólares en 1997.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) desempeñaron un importante papel en esta situación ambiental dado que enviaron fondos a los países en desarrollo sin prestar suficiente atención a los efectos de esas políticas en la salud ecológica y el tejido social de los países receptores.
La mayoría de los préstamos condicionados a ajustes estructurales que otorgó el Banco tuvieron el fin de aumentar las exportaciones para generar divisas para amortizar la deuda.
"La presión para exportar puede llevar a que los países liquiden sus activos naturales como la pesca y los recursos forestales, perjudicando sus perspectivas económicas a largo plazo", argumentó French.
Durante la crisis financiera que se desató en el sudeste asiático en 1997, el FMI instó a Indonesia a producir más aceite de palma como parte de una estrategia más amplia para sacar al país de su crisis económica, e hizo que retirara las restricciones a las inversiones extranjeras en ese sector.
"El rápido aumento en las exportaciones de aceite de palma fue uno de los principales factores que diezmaron las selvas tropicales indonesias, con su riqueza biológica, lo cual generó interrogantes sobre las consecuencias de seguir promoviendo esas exportaciones", apuntó.
El paquete de medidas de salvación para Indonesia incluyó algunas destinadas a reformar la administración de las selvas del país, pero French dijo que el efecto final de esos esfuerzos, si bien encaminados en la dirección correcta, todavía está por verse.
Sin embargo, además de usar su influencia para desalentar niveles perjudiciales de explotación de los recursos naturales, el FMI y el Banco Mundial están bien situados para promover reformas fiscales ambientalmente beneficiosas, como recortes en subsidios ecológicamente dañinos o la imposición de gravámenes a la contaminación.
"También pueden promover mejorías en los balances ambientales, como incorporar el agotamiento de recursos naturales a las cifras de ingresos nacionales", dijo French.
El FMI se resiste a la idea de que los temas ambientales tengan que ver con su misión, pero desde que el abandono de los tipos de cambio fijos privó a la institución de gran parte de su mandato original, el fondo acepta ahora que cuestiones como el alivio de la pobreza coinciden con su labor.
"Resulta de difícil comprensión por qué la protección ambiental tiene que tener alguna diferencia", comentó French.
El Banco Mundial ha sido más abierto que el FMI, sobre todo a la noción que las preocupaciones ambientales se deben incorporar a sus préstamos de ajustes estructurales, agregó.
Tras una década de presiones por parte de organizaciones ambientales y esfuerzos de sectores interesados, el Banco Mundial cuenta ahora con una vasta gama de políticas sociales y ecológicas, al menos sobre el papel.
Entre otras cosas, esas reglas cubren proyectos para determinar impactos ambientales, créditos forestales, reinstalaciones involuntarias, protección de áreas naturales, derechos de pueblos indígenas y administración de plagas.
No obstante, según el libro, una revisión interna de más de 50 préstamos que otorgó el Banco comprobó que muy pocas prestan atención a cuestiones socioecológicas.
"Un informe del banco que data de 1993 determinó que 60 por ciento de los préstamos de ajustes incluyeron fines ambientales, pero otro estudio halló que esa participación se desplomó a menos de 20 por ciento" en los últimos años, señaló French. (FIN/IPS/tra-en/dk/da/ego/aq/en-if/00


