NUEVA DELHI – El 25 de julio, tras 50 días de protestas en el observatorio astronómico al aire libre de Jantar Mantar, en la capital de India, el ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, dimitió.
El movimiento había comenzado en mayo como una página satírica en las redes sociales llamada «Partido Popular Cucaracha (CPJ, en inglés)», fundado por Abhijeet Dipke después de que el presidente del Tribunal Supremo de la India, Surya Kant, utilizara el término «cucarachas» durante una vista en el Tribunal Supremo, refiriéndose a los jóvenes con títulos de Derecho falsos.
Pero su comentario despectivo desató una reacción pública masiva.
Semanas más tarde, se filtró el examen NEET-UG (para el acceso a las facultades de medicina), y las supuestas irregularidades en el proceso de corrección en pantalla de la Junta Central de Educación Secundaria transformaron la sátira en una campaña a escala nacional.
El 6 de junio, Dipke convocó una sentada de protesta en Jantar Mantar para exigir la dimisión de Pradhan. Pero cuando la protesta entró en su séptima semana, el movimiento había superado su reivindicación original, y muchos sostienen que la sustitución de un ministro no restablecerá la confianza en un sistema educativo maltrecho por las filtraciones de exámenes, los fallos administrativos y la creciente privatización.

La multitud reflejaba esa evolución.
El lugar de la protesta, Jantar Mantar, se había convertido en mucho más que una protesta estudiantil.
Los agricultores se unieron a padres, jóvenes profesionales, personas mayores, activistas queer y trabajadores asalariados, y las protestas incluían al primer ministro indio, el nacionalista Narendra Modi, al que en algunos carteles irónicos pedían «vuelve a la escuela», unas veces solo y otros acompañados de sus ministros.
Los voluntarios repartían comida, organizaban billetes de tren para los manifestantes que regresaban a casa y coordinaban las donaciones.
La gente acudió desde toda la India, mientras que un puñado de ciudadanos extranjeros se unió en solidaridad. A pesar de sus diferentes orígenes, compartían una misma convicción: que la crisis amenazaba el futuro de la propia educación pública.

La gravedad y la urgencia también se reflejan en las cifras. La India ha registrado 152 filtraciones de exámenes en la última década, aproximadamente una al mes. Solo en 2026, más de 20 millones de candidatos se presentaron al NEET-UG, mientras que las noticias sobre la filtración fueron seguidas por la muerte por suicidio de casi 20 aspirantes.
Sin embargo, superar estos exámenes no ofrece ninguna certeza. Según el informe «Situación laboral en la India 2026», elaborado por la Universidad Azim Premji, una institución privada sin fines de lucro de la ciudad de Bengaluru, casi 40 % de los titulados de entre 15 y 25 años siguen sin empleo, mientras que el desempleo entre los titulados de entre 25 y 29 años se sitúa en 20 %.
Aunque el país produjo cinco millones de titulados cada año entre 2004/05 y 2023, solo 2,8 millones encontraron empleo.
A medida que las protestas crecían, también recibieron el apoyo de líderes de la oposición, figuras públicas y reformadores educativos, lo que amplió el movimiento más allá de los círculos estudiantiles.
El punto de inflexión se produjo el 28 de junio, cuando el reformador educativo Sonam Wangchuk se unió a la sentada con una huelga de hambre indefinida.
El movimiento juvenil CJP anunció una marcha hacia el Parlamento el 20 de julio, día de apertura de la sesión monzónica. Más tarde, el 18 de julio, la Policía de Delhi retiró a Wangchuk del lugar de la protesta y lo ingresó en el Hospital Safdarjung para observación médica, una medida que su familia calificó de «hospitalización forzosa» en contra de su voluntad.
Lo que sucedió a continuación alteró el curso del movimiento.
El mismo 20 de julio, la policía y la Fuerza de Acción Rápida (RAF) dispersaron a los manifestantes utilizando porras, gas lacrimógeno, cañones de agua y escopetas de perdigones.
Los manifestantes alegaron que algunas porras estaban endurecidas con clavos, mientras que el propio jefe de la RAF admitió más tarde que se había utilizado «fuerza excesiva» durante la operación.

Sin embargo, en lugar de disuadir a los manifestantes, la represión atrajo a más gente a Jantar Mantar.
Anshil Khan, de diecinueve años, fue uno de los que regresaron.
Estudiante de primer curso en la Universidad de Habilidades y Emprendimiento de Delhi, llevaba casi tres semanas en la protesta. Cuatro días antes, contó a IPS, la policía le había golpeado mientras los manifestantes intentaban marchar hacia la calle del Parlamento. Mientras hablaba, llevaba consigo informes médicos que documentaban sus lesiones.
«La policía de Delhi me golpeó tres veces», afirmó, «llevo cuatro días descansando y hoy he vuelto».
Recordó haber cruzado dos barricadas antes de que la policía detuviera su marcha en la tercera.
«Estábamos manifestándonos pacíficamente y solo coreábamos consignas como “Inquilab Zindabad” (Viva la revolución). Por nuestra parte no se produjo ningún acto violento», remarcó Anshil.
La policía de Delhi había emitido un aviso público antes de la marcha en el que indicaba que no se había concedido permiso para ninguna movilización más allá del lugar designado para la protesta y, posteriormente, mantuvo que los agentes estaban haciendo cumplir las órdenes de prohibición.
Las autoridades también afirmaron que tanto los manifestantes como el personal de seguridad sufrieron lesiones durante los enfrentamientos.
Para Anshil, sin embargo, la actuación policial no hizo más que reforzar el apoyo público.
«Ahora los estudiantes vienen acompañados de sus padres», dijo, refiriéndose a los días posteriores a la detención de Wangchuk y a la represión del 20 de julio.

Sus reivindicaciones también habían evolucionado.
«La dimisión de Dharmendra Pradhan es el primer paso», afirmó. «La educación es nuestra máxima prioridad», insistió Anshil.
Ese sentimiento surgió repetidamente en las conversaciones mantenidas en Jantar Mantar. Los manifestantes ya no hablaban únicamente de la responsabilidad de un ministro; debatían cómo debería funcionar el propio sistema educativo de la India.
De pie cerca de allí, con una pancarta en la que se leía «Luchamos por nuestros derechos», Nazia Khanam había cruzado Delhi para unirse a la manifestación, a pesar de no haberse visto nunca directamente afectada por un escándalo de exámenes.
Khanam, una estudiante de Derecho de la ciudad de Jodhpur que realiza prácticas en la capital, había superado con éxito la Prueba Común de Admisión a la Facultad de Derecho (Clat, en inglés). Pero, dado que su hermana menor se está preparando ahora para el mismo examen, sintió que no podía quedarse al margen.
«Al ser la hermana mayor de una estudiante que va a presentarse a un examen competitivo, se convierte en mi responsabilidad», afirmó. «Aunque no me vea afectada personalmente, debo venir aquí y alzar la voz», consideró.
A diferencia de muchas manifestaciones impulsadas únicamente por la indignación, Khanam llegó con ideas para la reforma.
«Debería haber controles y contrapesos más estrictos en todos los niveles burocráticos», afirmó, refiriéndose a organismos como la Agencia Nacional de Exámenes, los centros de examen y otras entidades implicadas en la realización de oposiciones.
También cuestionó cómo se elabora la política educativa.
«Deberían participar otras partes interesadas», señaló. «Los educadores que han realizado el trabajo de base sobre el terreno, que conocen la realidad sobre el terreno, deberían formar parte de las consultas antes de que se formulen las políticas, como Sonam Wangchuk», añadió.
Esa conversación había atraído a aliados inesperados.
Entre quienes apoyaban a los estudiantes se encontraba Ashutosh Agarwal, vicepresidente nacional de la Unión Bharatiya Kisan, la sección juvenil de la organización.
Según explicó, antes de llegar a Delhi, el sindicato había organizado reuniones en Meerut, Muzaffarnagar y otras zonas del oeste de Uttar Pradesh para movilizar el apoyo a los estudiantes.
«Exigimos una nación, una educación», afirmó.
Para Agarwal, la creciente comercialización de los servicios públicos esenciales era inseparable de la crisis de los exámenes.
«Exigimos el fin de la privatización tanto de la educación como de la sanidad. De lo contrario, las filtraciones de los exámenes no cesarán», afirmó.
Argumentó que la creciente influencia de las empresas sobre los colegios, universidades y hospitales privados había debilitado las instituciones públicas, haciendo que la educación de calidad fuera cada vez más inaccesible.
Los padres habían llegado a una conclusión similar.
Alisha Siddique acudió a Jantar Mantar pensando en sus tres hijos, en particular en su hija, que cursa una licenciatura en Ciencias. A diferencia de muchos manifestantes, ella no partió de las filtraciones de los exámenes.
En su lugar, criticó las normas cotidianas que, en su opinión, castigan injustamente a los estudiantes.
«Si los estudiantes llegan uno o dos minutos tarde debido a un accidente o una emergencia, no se les permite presentarse al examen», explicó, «todo el esfuerzo de un año se echa a perder».
Para Siddique, la cuestión iba más allá de los exámenes.
«Queremos que nuestros hijos se conviertan en buenos ciudadanos, y eso empieza por una buena educación», argumentó.
La crisis de los exámenes no fue más que la chispa que encendió la mecha para Avinash Kumar, profesional de los derechos humanos y activista, exdirector ejecutivo de Amnistía Internacional India y director de Políticas, Investigación y Campañas de Oxfam India.
«El caldero en constante ebullición de las filtraciones en los exámenes competitivos proporcionó esa causa. Sin embargo, todo el mundo sabe que ahora ya no se trata solo de eso», adujo a IPS.
Según Kumar, las protestas se convirtieron en una válvula de escape para las frustraciones que se habían acumulado a lo largo de los años: el deterioro de los servicios públicos, el aumento de los costes, la creciente privatización, la reducción de las libertades civiles y la sensación cada vez mayor de que las instituciones ya no funcionaban para los ciudadanos de a pie.
«Se necesita una causa que trascienda las clases sociales y las masas, la edad, el género y la religión. Los exámenes competitivos se convirtieron en esa causa», dijo.
Lo que más llamó la atención de Kumar no fue solo la magnitud de las manifestaciones en Delhi, sino también la aparición de protestas en lugares que rara vez aparecen en los titulares nacionales.
«Me llamaron especialmente la atención las manifestaciones a gran escala en pequeñas localidades desconocidas como Begusarai, Narnaul y Aurangabad. Todas expresaban con un mismo lenguaje años de frustración», expresó.
Eso, a su juicio, distinguía a este movimiento de muchas protestas anteriores.
En lugar de girar en torno a una sola organización o un único líder político, el movimiento sacaba su fuerza de múltiples voces —líderes estudiantiles, reformadores educativos, agricultores, padres, políticos de la oposición y ciudadanos de a pie—, cada una de las cuales aportaba su propia experiencia.
«Es un movimiento con líderes muy diferentes en distintos momentos», señaló Kumar.
Dos días después de la dimisión, el lugar de la protesta está casi vacío.
Pero el hecho es que siguen aún sin respuesta las cuestiones planteadas a lo largo de 50 días de protesta, sobre temas como la rendición de cuentas, la privatización, la educación pública y el futuro prometido a la juventud de la India.
T: MF / ED: EG


