Análisis

El secretario general de la ONU que desafió a EEUU y sufrió las consecuencias

El secretario general Kofi Annan habla durante una ceremonia para presentar el retrato oficial de su predecesor, Boutros Boutros-Ghali. Imagen: Eskinder Debebe / ONU

NACIONES UNIDAS – Cuando el exministro de Relaciones Exteriores de Egipto, Boutros Boutros-Ghali, se postulaba para el cargo de secretario general de la ONU a fines de 1991, tuvo que enfrentar la candidatura rival de Bernard Chidzero, entonces ministro de Relaciones Exteriores de Zimbabue.

Al intensificarse la intensificars la campaña, Boutros-Ghali recordó un breve encuentro con Chidzero, un viejo amigo, durante una conferencia en África, continente que en ese momento reclamaba el puesto de jefe de la ONU sobre la base de la rotación geográfica.

Chidzero, proveniente de un país angloparlante y respaldado por el Reino Unido y la Mancomunidad de 54 miembros integrada en su mayoría por antiguas colonias británicas, conversaba con Boutros-Ghali cuando de repente cambió del inglés al francés.

Al captar el mensaje implícito, Boutros-Ghali dijo que rodeó con sus brazos a Chidzero y comentó en tono de broma: “Bernard, si quieres la aprobación de Francia, no solo debes hablar francés, sino también hablar inglés con acento francés”.

Francia, miembro permanente con poder de veto del Consejo de Seguridad, protegió su idioma con tanta pasión que probablemente habría ejercido su veto contra cualquier candidato que no hablara francés.

Y nadie que aspire a ser secretario general de las Naciones Unidas puede esperar ser elegido para el cargo si no tiene conocimientos prácticos de francés, o al menos promete dominar finalmente el idioma, porque Francia considera que es “el idioma de la diplomacia internacional”.

Esto plantea la pregunta: ¿cuántos de los candidatos, hombres y mujeres, que ahora compiten por el próximo puesto de secretario general de la ONU dominan tanto el inglés como el francés?

Durante los últimos 81 años, los dos idiomas de trabajo de las Naciones Unidas fueron principalmente el inglés y el francés, aunque existen otros cuatro idiomas oficiales reconocidos por el organismo mundial: chino, árabe, español y ruso.

Boutros-Ghali, quien dominaba el inglés, árabe y francés, ocupó “el puesto más imposible del mundo” desde enero de 1992 hasta diciembre de 1996. Cuando en una conferencia de prensa le preguntaron sobre su dominio de tres idiomas, Boutros-Ghali bromeó diciendo que su idioma principal era el árabe “porque cuando peleo con mi esposa, peleo en árabe”.

La independencia del secretario general, señaló entonces, es un mito de larga data perpetuado principalmente fuera de las Naciones Unidas. Como funcionario internacional, se espera que abandone sus lealtades políticas cuando asume el cargo y, más importante aún, que nunca busque ni reciba instrucciones de ningún gobierno.

Pero prácticamente todos los secretarios generales, nueve hasta el momento, negociaron con las principales potencias mundiales, en violación del artículo 100 de la Carta de la ONU. Boutros-Ghali, el único secretario general al que se le negó un segundo mandato debido al veto negativo de Estados Unidos, dejó al descubierto las maniobras políticas ocultas que tienen lugar dentro de la sede de la ONU.

Estados Unidos, que predica ante el mundo el concepto de gobierno de la mayoría, ejerció su veto pese a que Boutros-Ghali había obtenido 14 de los 15 votos del Consejo de Seguridad, incluidos los votos de los otros cuatro miembros permanentes del Consejo y también con poder de veto: China Francia, Reino Unido y Rusia.

En esas circunstancias, la tradición habría indicado que Estados Unidos, en desacuerdo, se abstuviera en la votación y respetara la voluntad de la amplia mayoría del Consejo de Seguridad. Pero Washington se negó a reconocer el fuerte respaldo político que Boutros-Ghali había obtenido dentro del organismo mundial.

A diferencia de la mayoría de sus predecesores y sucesores, Boutros-Ghali se negó a seguir ciegamente la línea de Estados Unidos, pese a que ocasionalmente cedió ante la presión estadounidense en un momento en que Washington había ganado notoriedad por intentar manipular al organismo mundial para proteger sus propios intereses nacionales.

Al recordar aquellos años, Samir Sanbar, ex secretario general adjunto de la ONU, contó a Inter Press Service la semana pasada que, cuando Boutros-Ghali se reunió con Bernard Chidzero después de dejar el cargo, su antiguo competidor por el puesto de secretario general le preguntó por qué Estados Unidos insistía en bloquear su reelección pese a que era considerado “el hombre que siempre decía que sí a Estados Unidos”.

Con su sentido del humor intacto, Boutros-Ghali respondió que el gobierno estadounidense no quería simplemente un “Sí, hombre”, sino un “Sí, señor”.

En su libro de 368 páginas titulado “Unvanquished: A US-UN Saga” (Invicto: una saga entre Estados Unnidows y la ONU, Random House 1999), ofreció una mirada desde dentro sobre cómo las Naciones Unidas y su principal funcionario administrativo fueron manipulados por el miembro más poderoso de la organización: Estados Unidos.

Aunque Washington lo acusó de ser “demasiado independiente” de Estados Unidos, finalmente hizo todo lo que estuvo a su alcance para complacer a los estadounidenses. Aun así, Estados Unidos fue el único país que dijo “no” a un segundo mandato de cinco años para Boutros-Ghali.

En su libro, Boutros-Ghali recuerda una reunión en la que le dijo al entonces secretario de Estado estadounidense Warren Christopher que muchos estadounidenses habían sido designados para puestos en la ONU “a pedido de Washington y pese a las objeciones de otros Estados miembros de la ONU”.

“Lo había hecho, dije, porque quería el apoyo estadounidense para tener éxito en mi trabajo (como secretario general)”, afirma Boutros-Ghali. Pero Christopher se negó a responder.

Cuando fue elegido secretario general en enero de 1992, Boutros-Ghali señaló que el 50% del personal asignado a la administración y gestión de la ONU eran estadounidenses, aunque Washington solo aportaba 25 % del presupuesto ordinario de la organización.

Cuando la administración de Bill Clinton asumió el poder en Washington en enero de 1993, Boutros-Ghali recibió la señal de que dos de los funcionarios de mayor rango de la ONU designados por recomendación de la administración saliente de George H. W. Bush, el subsecretario general Richard Thornburgh y el subsecretario general Joseph Verner Reed, serían despedidos, pese a que en teoría eran “funcionarios internacionales” responsables únicamente ante el organismo mundial.

Ambos fueron reemplazados por otros dos estadounidenses que contaban con el respaldo de la administración de Clinton.

Justo antes de su elección en noviembre de 1991, Boutros-Ghali recuerda que alguien le dijo que John Bolton, entonces subsecretario de Estado de Estados Unidos para Asuntos de Organizaciones Internacionales, estaba “en desacuerdo” con el anterior secretario general Javier Pérez de Cuéllar porque había sido “insuficientemente atento a los intereses estadounidenses”.

“Le aseguré a Bolton mi profundo respeto por la política de Estados Unidos”. “Sin el apoyo estadounidense”, le dijo Boutros-Ghali a Bolton, “las Naciones Unidas quedarían paralizadas”.

Boutros-Ghali también relató cómo el secretario de Estado Warren Christopher intentó convencerlo de que declarara públicamente que no se presentaría para un segundo mandato como secretario general. Pero se negó.

“Sin duda, no pueden destituir al secretario general de las Naciones Unidas mediante un dictamen unilateral de Estados Unidos. ¿Qué ocurre con los derechos de los otros (14) miembros del Consejo de Seguridad?”, le preguntó a Christopher. Pero Christopher “murmuró algo inaudible y colgó el teléfono, profundamente molesto”.

Boutros-Ghali también dijo que, a fines de 1996, la embajadora estadounidense ante la ONU, Madeleine Albright, siguiendo instrucciones del Departamento de Estado, estaba obsesionada con un único objetivo que había dominado su vida durante meses: la “eliminación” de Boutros-Ghali.

El subsecretario general Joseph Verner Reed, estadounidense, es citado diciendo que había escuchado a Albright afirmar: “Haré que Boutros piense que soy su amiga; luego le romperé las piernas”.

Después de observarla detenidamente, Boutros-Ghali concluyó que Albright había cumplido su misión diplomática con habilidad.

“Había llevado adelante su campaña con determinación, sin dejar pasar ninguna oportunidad de destruir mi autoridad y dañar mi imagen, todo mientras mostraba un rostro sereno, lucía una sonrisa amistosa y repetía expresiones de amistad y admiración”, escribió. “Recordé lo que un académico hindú me dijo una vez: no hay diferencia entre la diplomacia y el engaño”, agregó.

En su libro, Boutros-Ghali dice que también recibió la presión del entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, para designar a William Foege, exdirector de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), como jefe de Unicef en reemplazo de James Grant, también estadounidense.

Dado que Bélgica y Finlandia ya habían presentado candidatas “destacadas”, y debido a que Estados Unidos se había negado a pagar sus contribuciones a la ONU y también había hecho comentarios “despectivos” sobre el organismo mundial, “ya no existía una aceptación automática por parte de otros países de que el director de Unicef debía ser inevitablemente un hombre o una mujer estadounidense”, dijo Boutros-Ghali.

“Estados Unidos debería seleccionar a una candidata mujer”, le dijo Boutros-Ghali a Albright, “y luego veré qué puedo hacer”, ya que el nombramiento implicaba consultas con la entonces Junta Ejecutiva de Unicef, integrada por 36 miembros.

Albright puso los ojos en blanco e hizo una mueca, repitiendo lo que se había convertido en su expresión habitual de frustración conmigo, escribió.

Cuando Estados Unidos siguió insistiendo con la candidatura de Foege, Boutros-Ghali dice que “muchos países de la Junta de Unicef estaban enojados y (me dijeron) que le dijera a Estados Unidos que se fuera al infierno”.

Finalmente, Estados Unidos presentó una candidata mujer alternativa: Carol Bellamy, exdirectora del Cuerpo de Paz.

Aunque Elizabeth Rehn, de Finlandia, obtuvo 15 votos frente a los 12 de Bellamy en una votación informal, Boutros-Ghali dijo que pidió al presidente de la Junta que convenciera a los miembros de alcanzar un consenso sobre Bellamy para que Estados Unidos pudiera continuar con el monopolio que había mantenido desde la creación de Unicef en 1947.

T: GM / ED: EG

Este informe incluye imágenes de calidad que pueden ser bajadas e impresas. Copyright IPS, estas imágenes sólo pueden ser impresas junto con este informe

Lo más leído

[wpp heading='Popular Posts' limit=6 range='last24hours' post_type='post' stats_views=0 ]