La fiebre del limón en Veracruz o el impacto de un monocultivo en México

El estado de Veracruz consolida su liderazgo como productor de limón en México. Pero su expansión en forma de monocultivo se suma a otras presiones sobre importantes ecosistemas de ese estado, donde abundaban el café de sombra y el bosque de niebla. Imagen: Lamarea

JALCOMULCO, México – En Jalcomulco, en el suroriental estado mexicano de Veracruz,  ya no se usa el azadón, hay prisa por desmontar y la gente prefiere usar herbicida. Un campesino apicultor les ha dicho “me están matando mis abejitas” y que deberían dejarlas vivir porque ayudan a mejorar la floración de los árboles y también las cosechas.

Pero esos árboles son de limón y los mercados nacionales e internacionales están sedientos de ese cítrico. Los precios que se pagan por cada empaque de 25 kilos son los que causan esas prisas de limpiar, sembrar y vender.

“Está la fiebre del limón”, dijo Óscar, un habitante de Jalcomulco. “La semana pasada empezó a 800 pesos (46,5 dólares) en la mañana y luego fue sube y sube, y de las 5:00 hasta las 10:00 estuvo a mil pesos (58,1 dólares)”.

Mueren las abejas, caen los árboles de mango y las matas de café, y desaparecen la maleza y los árboles de la orilla del río Los Pescados, que en época de crecidas se desborda por la orilla como no debería y se lleva suelo que no debería, creando azolves río abajo.

Veracruz es el principal productor de limón en México, por delante de Michoacán y Oaxaca. En 2022 las autoridades reportaron que un total de 748 306 toneladas fueron cosechadas en este estado ubicado en el golfo de México.

Ese número de toneladas marca un incremento del 13,7 % de producción con respecto al 2021.

En ese porcentaje están pequeños propietarios que han ido tumbando lo que había en sus terrenos para sembrar limón, como monocultivo y usando un coctel de cuatro agroquímicos que les garantiza la satisfacción del cliente.

El cliente es un “coyote”, es decir, un comprador que llega al pueblo con dinero en efectivo y compra todo lo que puede. De buen tamaño y verde, no amarillo porque ese vale menos. Para eso son los agroquímicos. Y en Jalcomulco da la sensación de que hay más de esas camionetas que abejas o aves.

Es un pueblo de unos 5000 habitantes situado a 29 kilómetros de Xalapa, capital de Veracruz, en tierra caliente, a menos de 400 metros sobre el nivel del mar y a la orilla del río Los Pescados, que kilómetros abajo también es llamado río La Antigua.

El río alimenta al pueblo, que vive principalmente del turismo de aventura, y se ha hecho famoso en los últimos nueve años y medio que ha durado una intensa resistencia contra la construcción de una presa y una central hidroeléctrica del polémico grupo brasileño Odebrecht, un megaproyecto que fue aprobado durante el sexenio del ex gobernador, Javier Duarte de Ochoa.

Esa resistencia ciudadana para cuidar el río es célebre. Ya incluso hay una película sobre ella llamada Luna Negra. La empresa sudamericana ha caído en el desprestigio por diversos casos de corrupción que le han sido comprobados y Javier Duarte está en la cárcel. Parecía que las buenas noticias y la calma volvían a Jalcomulco.

Pero comenzaron a suceder otras cosas.

A José Milá, guía de descensos en el río e integrante del movimiento de resistencia contra la presa, le gusta enseñarle las aves, sus nidos y sus árboles a los turistas. El monte virgen, las plantaciones de fruta de temporada (papaya, sandía mango, naranja, etc), los tucanes pico canoa y más especies de fauna como zorros, conejos, zorrillos, mapaches y víboras.

Les habla de todos los servicios ambientales que prestan esas especies y de la importancia del río que están navegando.

En los últimos años el paisaje está cambiando. Las plantaciones de limón suplantan el monte, a los árboles y avanzan hasta las barrancas de 45 grados de inclinación, empujadas por la fiebre del limón de la que habla Óscar, quien también lamenta este cambio notable en las dos orillas del río.

«La gente corta todo hasta la orilla del río para sembrar los limones. Viene la creciente y el río empieza a escarbar. Dicen ¡se salió el río! pero no, la gente le está quitando la protección. Eso está pasando en Jalcomulco y en pueblos más arriba y más abajo en la cuenca”, dijo Milá.

El crecimiento de la producción de limón no es algo reciente en Veracruz. En 2010 habían 36 257 hectáreas sembradas con una producción de 438 269 toneladas. Era la época en que las zonas citrícolas de Veracruz se ubicaban en el centro-norte y norte del estado.

A Jalcomulco llegaban noticias desde otros pueblos que están arriba de la gran barranca que ha formado el río por siglos, como Totutla y Tlaltetela, o hacia el rumbo opuesto, en Tuzamapan o Chavarrillo, donde a la gente le iba muy bien con el limón.

Once años después la superficie sembrada llegó a 1 458 245 hectáreas, es decir, ahora la tierra sembrada de limón es 40 veces mayor, con una producción de 1 369 502 toneladasCorren tiempos en que regiones que no eran de limón, ahora comienzan a serlo.

La región de Jalcomulco es una de ellas. La fiebre del limón alcanzó ese pequeño municipio construido entre el río y barrancas.

Datos oficiales indican que el municipio tiene cerca de 2500 hectáreas cultivadas con maíz, mango y caña de azúcar, principalmente. No hay un dato actual que indique cuánta superficie se ha cambiado al limón “No tenemos un conteo”, dice Milá, pero “hay muchas hectáreas de limón sembradas”.

La transformación comenzó a notarse hace cinco años cuando corría la voz por el pueblo de alguien que había cosechado 40 sacas de 30 kilos y las había vendido a más del equivalente a 87 dólares cada una. Eso significa 2610 dólares dentro de la bolsa de un campesino, razón de sobra para que otras y otros saquen sus ahorros preparen sus predios para sembrar limón.

«Las mismas personas tiran y siembran. Requiere una inversión, no es nada fácil limpiar el terreno. Lo que están haciendo algunos es que venden un pedazo y con eso invierten para tumbar, talar e invertir”, contó Óscar, el residente en Jalcomulco.

También llegaron “limoneros” de otros pueblos a rentar las tierras a quienes no pudieran pagar la inversión inicial, que incluye la compra de agroquímicos para garantizar una producción que le interese a los coyotes que re venden el producto a las empacadoras.

«Algunos rentan sus plantaciones porque comprar agroquímicos es caro y también poner el sistema de riego. Rentan por cuatro o cinco años a gente que ya tiene otros limonales que puede invertir, es gente de Tlaltetela o Tuzamapan”, dijo el lugareño.

El movimiento ciudadano que se formó para defender el río de la construcción de una presa mira la expansión del limón con preocupación, pero con cautela, explicó Milá.

El megaproyecto brasileño era un arma de un solo filo. En cambio, la expansión del monocultivo afecta al río, lo contamina y le quita agua a través de los propios pobladores. “La gente no ha visto que se va a acabar el agua, cada vez ponen más bombas y canalitos. No es sequía, es saqueo”, dice Óscar.

A diferencia de la presa, la amenaza contra el río es a través de una necesidad genuina de los pobladores de tener más recursos para sus familias.

«Al campesino le beneficia porque le deja dinero, pero es hasta cierto punto, cuando los precios están buenos. A una planta de limón le ponen un enraizador, luego fumigan las hierbas, luego Foley para las plagas y luego el abono. Haces un coctel de químicos que está envenenando sus tierras”, señaló Milá.

La fiebre sube a las montañas

Hay una comunidad llamada Los Limones a 56 kilómetros de Jalcomulco. Es hacia la montaña y está a 900 metros de altitud, cerca de donde comienzan las faldas del Cofre de Perote. Esa comunidad es cafetalera, o lo era, porque la mitad de los productores tumbaron sus matas y sembraron árboles de limón.

“Y la comunidad se llama Los Limones pa’acabarla de joder”, dice Valente Ruiz, uno de los cafetaleros del lugar que fueron “tentados” y se cambió de cultivo. “Hace dos años llegó un proyecto de siembra de limón por parte del Estado y había créditos y pues de alguna manera me convencí”, añadió.

En su caso, explicó,  supo parar a tiempo y decidió quedarse solo con 50 árboles y dejar en pie a su finca con sus cafetos de sombra.

Gabriela Guzmán, coordinadora de la organización Estudios Rurales y Asesoría Campesina (Era) trabaja en la región y compara la pérdida de cafetales de sombra con la tala de bosques de niebla.

«El cafetal de sombra tiene la estructura de un bosque mesófilo. En los mapas sale como bosque, pero son cafetales. Es como quitar la vegetación original y desproteger el suelo”, dijo.

Ruiz se siente orgulloso de su decisión de dejar en pie su cafetal. Su finca es agroecológica, no utiliza un solo químico, y tiene buenos rendimientos y altos puntajes de calidad.

Es un caso aislado. Alrededor de su finca los limonares proliferan. “Viendo la situación, no me atrevería a tumbar mi finca para sembrar limón. La deforestación va en aumento cada día, está habiendo mucha deforestación. Le estamos haciendo honor al nombre (Los Limones)”, se lamentó.

Guzmán opina que la expansión del monocultivo “es muy grave porque todo el conocimiento tradicional de la gente que sabe cultivar el café y la milpa (cultivo mesoamericano de maíz con frijol y algunos vegetales), se está perdiendo por otros cultivos que están dañando”.

Jalcomulco y Cosautlán están en un corredor biológico que une el Cofre de Perote, una montaña de 4282 metros sobre el nivel del mar, con el volcán Pico de Orizaba, la montaña más alta de México, que sobrepasa los 5600 de altitud.

Son 50 kilómetros entre una montaña y otra de cañadas, ríos, bosques templados y mesófilos, y cafetales.

“No es diversidad aislada: una característica muy, muy importante es que hay un corredor biológico con el Cofre de Perote. Se junta esta masa forestal y a través de las cañadas ha conectividad incluso con el mar”, dijo Álvarez Oceguera, director del Parque Nacional Pico de Orizaba.

El corredor, donde están Los Limones, Cosautlán y Jalcomulco (en la parte baja) catalogado como el mayor macizo montañoso de México por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).

La dependencia considera la región se considera como prioritaria “por considerarse el contacto entre las zonas tropicales húmedas del este, templadas al norte y semiáridas al oeste” del país.

Dentro de esa región tan valorada desde el punto de vista ambiental están Óscar y Miguel que ya no ven las aves y los árboles que siempre vieron, y el señor al que le matan sus abejas. Y Ruiz con sus compañeros de Los Limones que han notado cómo sus tierras reciben menos humedad cada año.

Su referencia es el chipi chipi (así le llaman a la lluvia ligera y constante en la región) que ya no está, a excepción de raras ocasiones. “Los campesinos saben (que el clima está cambiando), no saben cuánto tiempo más van a poder sembrar café y mejor se pasan al limón”, dijo  Guman.

El chipi chipi es cada vez más difícil de encontrar en ese corredor.Se le ha visto -cuenta Valente- en zonas más altas, como el municipio de Ixhuacán de Los Reyes, que está a mil 200 metros de altitud, cerca de los límites con el central estado de Puebla.

También se ha visto que están brotando por doquier las huertas de aguacate justo en ese municipio, y muy cerca, en Xico y Coatepec pasa lo mismo con las plantaciones de papa, que antes se sembraban en alta montaña y ahora, con la fuerza de los agroquímicos, la están adaptando a zonas de café de sombra y bosque.

“Por abajo nos llega el limón y por arriba el aguacate has que viene arrasando de arriba hacia abajo”, dijo Ruíz.

Y está el café robusta plantado como monocultivo bajo el sol para que la Nestlé haga Nescafé, y la caña de azúcar, y la ganadería. Es una región bajo intensa presión, según Ciro Ruiz, presidente del Consejo Regional del Café en Coatepec.

«En la zona centro de Veracruz, los municipios cafetaleros se están cambiando a monocultivos. La papa y el aguacate son ataques desde la parte alta. La afectación es múltiple. Ya también están sembrando limón en Naolinco y Actopan. Cuitláhuac, Chavarrillo y Martínez de la Torre. Ahora hay empacadoras pequeñas diseminadas y clasificadoras que trasladan a esos cuatro centros más grandes”, dijo el especialista.

“Es un problema de muchos desequilibrios que hay y la gente se va a lo práctico, al dinero aparentemente fácil”, agregó.

Es una zona donde es más fácil encontrar una camioneta de un coyote que un apiario, más fácil hallar un bulto de herbicida que un azadón.

Este artículo se publicó en la red mexicana Pie de Página.

RV: EG

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