Malí cada vez más cerca de una guerra civil

En enero, varios grupos de rebeldes tuaregs de Malí se unieron en un intento de crear un nuevo estado en el norte de ese país africano: Azawad.

Aunque el anuncio del nuevo Estado se hizo el 6 de este mes, el control que los insurgentes tienen de la región es cuestionable, y las raíces del conflicto son complejas.

Tras el fin del régimen colonial francés en 1960, la región se repartió y las comunidades tuaregs –pertenecientes a la etnia nómade amazigh del Magreb, que los españoles llamaron bereber– terminaron asignadas a diferentes países.

Según el antropólogo Jeremy Keenan, los franceses se sentían cercanos a los tuaregs, y no a las etnias del sur de Malí, debido a su sociedad matriarcal, a sus similares estructuras de clases y a su naturaleza monógama. A esto se sumaba la noción romántica que los franceses tenían de este pueblo.

Todo esto hizo que algunos clanes tuaregs se sintieran superiores, dijo Keenan.
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Cuando Malí se independizó, las comunidades del norte se encontraron repentinamente bajo el mandato de las tribus del sur, que algunos clanes tuaregs consideraban inferiores.

"Su mundo dio un vuelco, y no les gustó", explicó Keenan.

Disconformes con el nuevo contexto, varios tuaregs lideraron una pequeña rebelión en 1963. Esta se inició cuando el líder rebelde Alladi Ag Alla atacó a dos policías que viajaban por el desierto en camello.

El ejército de Malí respondió, sofocando el alzamiento en el plazo de un año. Poco después se produjeron dos sequías severas (1969-1974 y 1982-1984) en la región, que obligaron a miles de tuaregs a huir hacia países vecinos en busca de trabajo y alimentos.

Pero en 1990, cientos de tuaregs regresaron bajo el liderazgo de Iyad Ag Ghali, ahora líder de la facción islamista Ansar Dine que exige imponer la shariá (ley islámica) en Malí. Tras un ataque inicial contra un pequeño campamento policial, el conflicto se desarrolló hasta 1992, cuando los rebeldes iniciaron conversaciones con el gobierno.

El resultado fue el Pacto Nacional, firmado en 1992, que fracturó al movimiento rebelde. Algunos líderes estaban dispuestos a negociar con el gobierno y otros adoptaron una postura intransigente.

Quienes desaprobaban el deseo de sus camaradas de transigir, escaparon a países vecinos. Y la mayoría de los líderes rebeldes que se quedaron obtuvieron cargos especiales en las Fuerzas Armadas.

Pese a los acuerdos de paz, los rebeldes decían que el gobierno no había cumplido sus promesas. En 2006 estalló una nueva rebelión, con un ataque a instalaciones del ejército. Los enfrentamientos volvieron a interrumpirse tras un cese del fuego logrado por mediación de Argelia.

Los Acuerdos de Argelia prometían a los tuaregs una mayor autonomía, desarrollo económico y la protección de su cultura. Pero el pacto volvió a romperse.

Un líder rebelde, Ibrahim Ag Bahanga, se negaba a negociar. Mientras se redactaban los Acuerdos de Argelia, él seguía atacando al ejército regular. En 2009 fue expulsado de Malí y se refugió en Libia.

Allí se unió a varios excomandantes revolucionarios que habían abandonado el país luego de la rebelión de 1990. Entre ellos estaba Mohammad Ag Najim, actual jefe del Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA). Así fue como se retomaron los planes de un nuevo levantamiento, que sería el más poderoso de todos.

Al iniciarse las protestas contra el entonces dictador de Libia, Muammar Gadafi, Ag Bahanga hacía planes para volver a Malí con varios dirigentes que relanzaran la rebelión.

El grupo regresó a Malí en octubre de 2011, y lo siguieron cientos de mercenarios tuaregs, otrora contratados tanto por Gadafi como por el Consejo Nacional de Transición y que contaban con armas robadas a los libios. Este fue el comienzo del conflicto actual.

Según el portavoz del MNLA, Moussa Ag Acharatoumane, muy pocos fueron leales a Gadafi y nunca olvidaron las atrocidades cometidas contra los tuaregs en Malí. "Nosotros atacábamos un destacamento policial y ellos respondían atacando a cualquier tuareg que encontraran", explica ahora Acharatoumane.

Los perpetradores más notorios de crímenes de guerra eran miembros de Ganda Koy, una milicia de la etnia songhai financiada por el ejército de Malí, que presuntamente cometió varias masacres contra civiles tuaregs desarmados.

Si bien algunos comandantes del MNLA tienen motivos para quejarse del gobierno de Malí y el sueño de crear un estado tuareg es genuino, los observadores son escépticos sobre el apoyo público que tiene la independencia en la zona norte. Tampoco están convencidos de que todos los tuaregs abracen la idea nacionalista.

Según Tommy Miles, experto en asuntos de África occidental, el MNLA no cuenta con el apoyo de la mayoría de las etnias del norte, que ven la retórica del movimiento como otra manera de que los nobles tuaregs dominen a las demás comunidades.

En vez de la apariencia de una lucha de liberación nacional, "el norte de Malí parece el escenario de un combate político armado entre jefes tuaregs rivales, que ha derivado en un colapso general del orden social", dijo Miles.

Como ejemplo citó el dominio de los miembros del clan Ifghoa en las rebeliones. Son pocos los otros clanes interesados en tener un estado independiente, explicó.

Según Keenan, para comprender los verdaderos motivos de los grupos islamistas que operan en el norte, hay que fijarse en sus vínculos con el régimen argelino y el narcotráfico.

"Estos son los dos problemas que todo el mundo se empeña en ignorar. El servicio secreto de Argelia, el Département du Renseignement et de la Sécurité, tiene espías en todas esas organizaciones de la región", dijo.

Mediante narcotraficantes con los que trabajan, tanto la red extremista Al Qaeda en el Magreb islámico como el Movimiento por la Unidad y la Jihad en África occidental obtienen grandes sumas de dinero de las drogas.

Como muchos otros grupos en esa región, tienen un gran interés en el norte de Malí, donde pueden controlar el transporte de cocaína.

Además, están surgiendo varios grupos contrarios al MNLA y cada vez hay más islamistas extranjeros operando en la región. A medida que el conflicto se vuelve más complejo y fragmentado, pierde protagonismo la historia de penurias de los tuaregs.

Mientras clanes, facciones y grupos islamistas toman las armas para defender sus propios intereses, la región se encamina hacia una guerra civil generalizada.

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