EEUU: Los vaqueros nucleares

¿Qué tienen en común la crisis política de Pakistán, el ataque aéreo de Israel a Siria en septiembre y la persistente búsqueda de uranio enriquecido por parte de Irán?

Los tres casos reflejan la agresiva política del presidente de Estados Unidos, George W. Bush, para afrontar la amenaza de la proliferación nuclear.

Luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el gobierno de Bush dividió el mundo en dos campos: aquéllos que "están con nosotros" y "contra nosotros".

El primer grupo —liderado por Washington— está compuesto por "buenos muchachos" desde el punto de vista moral, países democráticos que, en algunos casos, poseen armas nucleares.

El segundo grupo está formado por dictadores malvados que pretenden obtener armas atómicas, regímenes renegados en los que no se puede confiar porque presumiblemente venderían su tecnología a la organización terrorista internacional que más dinero ofrezca por ella.
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Joseph Circione, experto en materia de no proliferación, destacó que el gobierno estadounidense "modificó el enfoque, pasando de 'qué' a 'quién'".

El nuevo criterio de Washington, además de promover ataques militares preventivos contra adversarios y terroristas que poseen armas de destrucción masiva, desestima el consenso multilateral como prerrequisito de su política exterior y prefiere la acción unilateral para garantizar la seguridad y promover la democracia.

No es un secreto que el ex embajador de Estados Unidos en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y pensador ultraderechista John Bolton siente una clara antipatía por el foro mundial. En una oportunidad dijo que si el edificio de la ONU en Nueva York perdía 10 pisos "no se notaría la diferencia".

La animosidad del círculo íntimo de Bush se extiende a la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), un organismo de la ONU, porque considera que no supo encarar correctamente el programa nuclear de Irán.

Un informe de la AIEA difundido la semana pasada —parte de un acuerdo entre su presidente, Mohamed El-Baradei, e Irán, para evitar un choque entre ese país y Estados Unidos— señala que Teherán ha sido veraz respecto de aspectos claves de sus actividades nucleares en el pasado, pero advierte que el conocimiento sobre ese programa "está disminuyendo".

El gobierno de Bush respondió que el persistente desafío iraní a la comunidad internacional y su negativa a detener su programa de enriquecimiento de uranio justifican la presión de para que se le aplique una tercera ronda de sanciones.

En septiembre, aviones israelíes realizaron una misteriosa incursión en territorio sirio. Existe un creciente consenso en el gobierno de Estados Unidos y entre analistas independientes acerca de que el blanco fue una instalación nuclear.

Haya sido así o no, el episodio —junto al silencio de Siria, Israel y Estados Unidos— genera preguntas sobre el momento elegido y lo que esta acción unilateral presagia para las ambiciones nucleares de los vecinos árabes del estado judío.

"La decisión del gobierno de Bush de no compartir su información de inteligencia sobre las instalaciones sirias con la AIEA, para alentar y apoyar una agresiva inspección y evaluación de esta supuesta amenaza a la paz, es otra demostración de su desprecio hacia la ONU y sus organismos", señaló a IPS Ray Close, ex analista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

"Washington intenta manejar el problema de la proliferación nuclear por su cuenta, con independencia de la comunidad internacional, excepto en los casos en que delegue en Israel el papel de policía nuclear en Medio Oriente", agregó.

Pero el posible colapso del gobierno de Pakistán, presidido por el comandante del ejército Pervez Musharraf, ha incrementado el temor de que el arsenal nuclear de Islamabad pueda caer en manos de terroristas.

Una columna de opinión en el diario The New York Times, escrita por el neoconservador Fred Kagan y el liberal —aunque intervencionista— Michael O'Hanlon, titulada "El colapso de Pakistán es nuestro problema", es el último ejemplo del tono alarmista que impera en Washington.

El artículo sugiere que en ausencia de un poderoso mediador internacional, como la AIEA, Estados Unidos podría considerar una opción militar.

"No queremos ser alarmistas" escribieron Kagan y O'Hanlon, para advertir luego que Washington debería "pensar —ahora— cuáles son las opciones militares posibles". La idea es actuar con rapidez para asegurar el arsenal nuclear de Pakistán antes de que la situación política se deteriore aún más.

Estados Unidos entregó a Pakistán casi 100 millones de dólares en los últimos seis años a través de un programa secreto, con el propósito de que Islamabad reforzara la seguridad de sus armas atómicas, informó este fin de semana The New York Times.

Todas las conversaciones sobre los objetivos estadounidenses en materia de no proliferación retornan a Iraq.

El gobierno de Bush supo que Bagdad había puesto fin a todos sus programas de armas de destrucción masiva entre 1991 y 1995, según un informe del Grupo de Investigación de Iraq, compuesto por expertos de la CIA y el Departamento (ministerio) de Defensa que viajaron a ese país para encontrar evidencias que apoyaran las acusaciones de Washington.

Aunque funcionarios del gobierno de Bush trataron de desacreditar las inspecciones de la ONU a Iraq antes de la invasión de 2003, al parecer las sanciones sí detuvieron a Saddam Hussein.

Aunque Estados Unidos jamás encontró en Iraq armas de destrucción masiva, la invasión de ese país permitió que grupos como Al Qaeda se presentaran como un icono de la jihad (guerra santa) y atrajeran a potenciales reclutas, aumentando así la amenaza terrorista.

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