BRASIL: Niños a la espera de una familia, un sueño casi imposible

"Mi madre ya no me quería y mi tía me trajo. Mi madre nunca me vino visitar, nadie nunca me visitó", se quejó una niña de siete años, después de estar un año en un hogar de refugio en Curitiba, capital del estado de Paraná, en el sur de Brasil.

"¿Mis tres mayores deseos? Son vivir en Italia y ganar una familia, que sea buena para mí. No tengo el tercer deseo", añadió, en el testimonio recogido por Lidia Dobriankij Weber, profesora de psicología de la Universidad Federal de Paraná.

El anhelo de ser adoptado es generalizado entre los más de un millón de niños y niñas que viven confinados en los orfanatos y hogares de refugio, las "instituciones" de Brasil, según esta investigadora de los problemas de la adopción.

Otra niña de 10 años, que cree tener sólo siete, no sabe cuando fue "institucionalizada". "Mi padre me golpeaba y el juez me trajo. Mis padres no me querían, tienen 10 hijos y, sin condiciones (para mantenernos), quedaron solos con una de mis hermanas", le dijo a la psicóloga.

"Si fuese adoptada yo sería feliz, pero está difícil, el juez decidió que no, y no lo seré. Ya viví con una familia adoptiva, pero mi madre que me ha dejado, cuando supo que yo estaba en otra familia, me quiso de vuelta", continuó sin explicar cómo volvió al abandono y a la institución.

Los testimonios de los adolescentes son dramáticos, algunos esperanzados aún de obtener una familia, otros ya desalentados. "Creo que ya no seré adoptado, porque ya superé la edad, sólo adoptan hasta los 14 años", admitió un varón de 15 años.

La realidad es más dura de lo que él piensa. Pasado el primer o segundo año de vida, son muy raros los niños adoptados por brasileños. Los matrimonios extranjeros son prácticamente la única esperanza para los que ya no son bebés, pero tampoco ellos aceptan los que ya avanzaron en la edad escolar.

El juez Luiz Carlos Figueiredo, de Recife, en el noreste de Brasil, señaló que las más de 150 parejas extranjeras inscriptas en su jurisdicción, a la espera de niños para adopción, sólo quieren los que no tengan más de seis años de edad.

La discriminación por sexo es también generalizada entre los brasileños, ya que 90 por ciento sólo acepta niñas, según el juez. "Ninguna niña con hasta tres años de edad necesita adopción internacional, pero niños con 11 meses ya encuentran nuevos padres nacionales", observó.

Además, el rechazo a negros y discapacitados es muy fuerte. Es por eso que parejas brasileñas de todo el país buscan niños en el sur, especialmente en Paraná, donde una inmigración poco exitosa de europeos orientales, especialmente polacos, produce una rubia niñez abandonada.

La legislación brasileña sólo permite adopción por extranjeros como excepción, en la imposibilidad de ofrecerle al niño a padres locales. Ese "nacionalismo" tiene algo de cinismo, el destierro de los rechazados.

A los extranjeros sólo les toca los que por edad, raza o problemas de salud son indeseados por candidatos a padres sustitutos nacionales. También ocurre con hermanos, que la ley obliga a que queden en una misma familia.

"Hay que construir la posibilidad de que ningún niño tenga que dejar el país", arguyó Claudia Cabral, dirigente de la Asociación Brasileña Terra de los Hombres, antes una agencia que buscaba niños para familias extranjeras y ahora promotora del regreso de niños a sus familias biológicas.

Las adopciones promovidas por la asociación se redujeron a algunas decenas y las internacionales a sólo algunos casos de graves problemas físicos, como un sordo y otro con la pierna amputada, admitió Cabral.

Una mayor flexibilidad debería facilitar las adopciones internacionales, defendió Leda de Azevedo, subsecretaria de Desarrollo Social del municipio de Río de Janeiro, tras visitar siete niños brasileños adoptados en Suecia.

Estos son dos parejas de hermanos negros y uno con problemas neurológicos, confirmando la acogida a los marginados.

La excelencia de la adopción quedó evidente en el cariño que reciben los niños, la transparencia con que se les cuenta su propia historia y se les transmite la cultura brasileña, destacó De Azevedo.

Los niños mantienen el orgullo de ser brasileños, tienen buen desempeño escolar y sus padres se esfuerzan por llevarlos en viajes al país de origen, contando con el apoyo de una asociación europea de adoptadores que promueve un encuentro anual de los niños y hace un seguimiento de sus nuevas vidas, observó.

Pero el problema más grave es que un millón de niños y niñas brasileños no tienen siquiera el derecho de soñar con una familia, nacional o extranjera, porque aún dependen legalmente de padres que los rechazaron, abandonándolos en las instituciones, explicó Weber.

Los jueces tardan u omiten destituir la patria potestad de niños y niñas, pese al evidente desinterés de los padres siquiera en visitarlos. Pasan los años y la adopción se hace inviable, lamentó la psicóloga.

Así se produce una multitud de parias y luego la sociedad no debería sorprenderse por el aumento de la delincuencia y violencia juveniles, concluyó Weber. (FIN/IPS/mo/dm/hd/00

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