Programas sociales contra la pobreza empoderan a mujeres en Brasil

Una manifestación en el ámbito de la Marcha por la Vida de las Mujeres y el Agroecología en marzo de 2026. Desde 2010 esas mujeres del territorio de Borborema se encuentran y discuten sus temas de interés, como la violencia de género, sus siembras, amenazas climáticas y ambientales. Este año la marcha reunió 100 000 mujeres, siendo 4500 locales. Imagen: Tulio Martins / AS-PTA

RÍO DE JANEIRO – Solo pudo frecuentar regularmente una escuela cuando hasta que tenía 10 años. Al año siguiente Maria Helena Silva Barbosa se dedicó a cuidar los hermanos menores y la casa, para que la hermana que le seguía en edad pudiera ir a la escuela en una localidad rural de Brasil.

Se turnaban, para sustituir la madre que trabajaba afuera, primero con el marido en la cosecha de sisal, una fibra resistente del agave sisalana, una especie vegetal originaria de México y muy cultivada en la región Nordeste de Brasil, luego como funcionaria de la alcaldía.

De esa forma, Barbosa solo pudo concluir la antigua enseñanza primaria, de cuatro años, a los 18 años, cuando ya la escolaridad obligatoria en Brasil había subido a ocho años.

Hoy a los 43 años, ella es un ejemplo de superación en Borborema, un territorio semiárido en el interior del nordestino estado de Paraíba, donde las mujeres se organizaron en un movimiento por la agricultura ecológica y por los derechos femeninos, especialmente contra la violencia machista.

En su marcha, bloqueada en la niñez y adolescencia por un “padre rígido” que le prohibía participar en las reuniones de jóvenes, se benefició de variadas políticas sociales y agrícolas impulsadas desde los años 90 y ampliadas en este siglo por el gobierno, sindicatos y organizaciones no gubernamentales (ONG).

“La Bolsa Familia me permitió más libertad. Era dependiente de mi marido, a quien pedía dinero para las compras. Con la bolsa, la mujer tiene la libertad de elegir que comprar para comer o vestir”: Maria Helena Barbosa.

El programa más conocido, incluso por empoderar las mujeres, es el de la Bolsa Familia (PBF), la versión brasileña de los llamados programas de transferencia de renta, con iniciativas similares en varios países latinoamericanos, como las Becas para el Bienestar Benito Juarez, de México, y Renta Ciudadana, de Colombia.

“La Bolsa Familia me permitió más libertad. Era dependiente de mi marido, a quien pedía dinero para las compras. Con la bolsa, la mujer tiene la libertad de elegir que comprar para comer o vestir”, evaluó Barbosa a IPS, por teléfono desde Solânea, un municipio de 27 000 habitantes en el territorio Borborema, donde vive.

El pago de la “beca”, que en 2025 promedió los 665 reales mensuales (130 dólares), se hace a las madres, a excepción de familias en que ellas no están presentes. Cerca de 92 % de las transferencias se efectúa a mujeres.

Las familias beneficiadas fueron 18,7 millones en 2025, una cifra que había alcanzado casi 21 millones en los años anteriores, porque habían aumentado mucho durante la pandemia de covid-19.

Maria Helena Silva Barbosa, de 43 años, solo estudio cuatro años de la enseñanza primaria entre los 10 y 18 años, porque tenía que cuidar los hermanos menores. Superó la adversidad y hoy es ejemplo de empoderamiento entre las mujeres de Borborema, una localidad rural del nordeste de Brasil, donde son ellas las que protagonizan el desarrollo de la agroecología. Imagen: AS-PTA

Múltiples factores

Pero el empoderamiento de las mujeres se debe también a otros factores, según Roselita Vitor, más conocida como Rose, que es integrante de la coordinación del Polo Sindical de Borborema, compuesto por 13 sindicatos de trabajadores rurales, y la segunda secretaria del sindicato de Remigio, un municipio de 18 000 habitantes.

“El acceso al conocimiento es fundamental para emancipar las personas, especialmente de las mujeres. Para eso es necesario escapar del aislamiento. Muchas mujeres nunca salieron de sus municipios. Integrarse a un proceso colectivo permite que ellas tomen sus propias decisiones”, sostuvo.

Otro factor son las políticas públicas. Entre ellas la de las cisternas de acopio del agua de lluvia, para el consumo humano, promovió “un cambio radical” en la vida de las mujeres de la ecorregión del Semiárido Brasileño, una región de lluvia escasas, entre 400 y 800 milímetros anuales, y sequías frecuentes.

A las mujeres pobres, en el medio rural, les tocaba buscar agua desde muy lejos para alimentar y cuidar la familia. La cisterna, que se diseminó en el Semiárido, tuvo fuerte impacto positivo en su calidad de vida, destacó Vitor.

Esa “tecnología social” tuvo sus primeras unidades en la región en los años 90, pero ganó el “Programa un millón de cisternas”, en ejecución desde 2003, como iniciativa de la Articulación Semiárido (ASA), una red de 3000 ONG, sindicatos, asociaciones y entes diversos de la región, constituida en 1999, con apoyo financiero del gobierno federal.

Ya se construyeron cerca de 1,2 millones de cisternas, pero faltan cerca de 350 000 para universalizarlas entre la población rural del Semiárido, estima ASA.

Además de eses depósitos para agua de beber y cocinar, también se construyen, pero en cantidades aún limitadas, las cisternas y otras formas de acopio de agua de lluvia destinada a siembras y la cría de animales.

Luego viene la Bolsa Familia, con un programa inaugurado en 2003 por el gobierno central, que fomenta la autonomía de las mujeres, al recibir directamente el dinero.

“Escuché numerosas mujeres a quejarse de que producían sus gallinas, huevos y cabras, pero los vendían sus maridos y se quedaban con el dinero. Usaban la fuerza para aprovechar el trabajo de las mujeres, dejándolas sin condiciones de comprar lo que deseaban”, señaló la activista Vitor.

Ahora, con la Bolsa Familia, muchas mujeres adquieren no solo alimentos, pero también sofás y bienes durables para mejorar la vida de la familia, acotó a IPS, por teléfono desde el asentamiento rural Queimadas, en Remigio, donde vive en un área de 10 hectáreas junto con otras cien familias asentadas.

Roselita Vitor, conocida como Rose, es una lideresa del movimiento de mujeres en el territorio de Borborema, que reúne 13 sindicatos de trabajadores rurales, asociaciones y ONG que promueven la agroecología, combaten la violencia contra las mujeres y la invasión de las torres de energía eólica que, instaladas sin cuidado, están dañando el ambiente y la salud de pobladores locales. Imagen: AS-PTA

Propietarias de tierras y de tecnologías

Se trata de tierras de la reforma agraria, un proceso lento y limitado de redistribución de tierras en Brasil, iniciado en 1985, cuando empezó la redemocratización del país tras 21 años de dictadura militar. Hasta ahora se asentaron entre 920 000 y 970 000 familias, según datos del gobierno.

Desde 2003 la tierra es concedida a la pareja, no solo al marido, y una norma adoptada en 2007 determina que, en caso de divorcio, el derecho a la tierra queda con la mujer, siempre que ella siga como responsable de los hijos.

Es importante para la defensa de la mujer víctima de violencia doméstica, cuando antes en muchos casos el marido agresor en asentamientos solía expulsar la esposa. Además de agredida, ella quedaba desamparada, ahora no más, observó la activista de 55 años y tres hijos.

Otro programa, el de “Patios productivos”, que busca multiplicar los huertos caseros “podría resultar una revolución en la vida de las mujeres” si tuviese más recursos del gobierno, pero cuenta con presupuesto muy limitado, lamentó Vitor. Es una actividad prácticamente exclusiva de ellas.

Además de la tierra, a las mujeres agricultoras también se abrieron las puertas al crédito y otros mecanismos financieros. El seguro agrícola para compensar las pérdidas en años de fuerte sequía ofrece la seguridad de ingresos vitales, realzó Barbosa, ella también propietaria de 17,5 hectáreas en un asentamiento.

En su caso heredó la tierra de un asentado que, enfermo, no lograba cultivarla y decidió transferirla a Barbosa, en canje por una casa construida colectivamente por familiares y amigos.

Ahora agricultora familiar que se dedica a la cría de gallinas, cerdos, cabras y vacunas, además del huerto y frutales, ella coordina un fondo rotativo, con recursos crediticios  que se turnan entre los asociados, hace parte de una comisión de información a la comunidad y es secretaria del asentamiento Goiana, donde tiene su tierra.

“Mi vida cambió cuando me casé a los 26 años”, recordó. Además de acceder al PBF, tuvo la suerte de contar como suegra con una mujer involucrada con sindicatos rurales y la oenegé AS-PTA Agricultura Familiar y Agroecología, lo que la llevó a conocer  experiencias que la sirvieron de guía.

Fundada en 1983 en Río de Janeiro como Asesoría y Servicios a Proyectos de Agricultura Alternativa, que luego cambió el nombre, pero mantuvo las siglas, AS-PTA tiene fuerte presencia en la promoción del desarrollo rural del territorio de Borborema, donde difundió los principios de la agroecología y ayudó a organizar los agricultores.

Agroecología es el modelo que siguen y promueven las mujeres de Borborema, que desde 2010 hacen en marzo una marcha para difundir las nuevas técnicas de una agricultura saludable y rechazar la violencia machista.

En este año la 17 Marcha por la Vida de las Mujeres y la Agroecología reunió cerca de 100 000 mujeres, de las cuales 4500 locales y las demás de otros territorios de Paraiba y de otros estados vecinos, según contó Rose Vitor.

Críticas

En contraste con las evaluaciones positivas de las activistas, variadas investigaciones identificaron en la Bolsa Familia un refuerzo de la responsabilidad femenina en el cuidado de la familia, en desmedro de su liberación.

Las condicionalidades, como mantener los hijos pequeños en la escuela y su vacunación regular, representarían una sobrecarga y la perpetuación del papel tradicional de cuidadora. Es también usar las mujeres como instrumento para la mayor eficacia de la política pública, critican algunos estudios.


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Pese a todas las políticas que benefician las mujeres, ellas siguen con un ingreso 17 % inferior al de los hombres y con una inserción mas reducida en el mercado formal de trabajo, destacó Hildete Pereira de Melo, profesora en la Universidad Federal Fluminense, de Niterói, ciudad de 516 000 habitantes cercana a Río de Janeiro.

Guarderías y escuelas de tiempo integral, donde los alumnos queden 10 horas diarias, en gran cantidad es indispensable para eliminar el principal factor de la desigualdad de género, la responsabilidad femenina casi exclusiva por el cuidado familiar, sentenció la economista en entrevista con IPS en Río de Janeiro.

ED: EG

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