LA HABANA –Fue más fácil conversar con Gelson González, un artesano de 50 años de la ciudad de Gibara, en el este de Cuba, en comparación con el año pasado: esta vez, rara vez tenía clientes que interrumpiesen el diálogo.
Algunas personas se acercaban a su mesa y, sin atreverse a comprar, contemplaban collares, adornos, espadas confeccionados con materiales que abundan por las costas y aguas de esta urbe de algo menos de 70 000 habitantes de la provincia de Holguín, conocida como Villa Blanca de los Cangrejos –por su pesca de mariscos–, y situada a 771 kilómetros al este de La Habana.
“Llevo siete meses sin armar la mesa de artesanía, porque esto ya murió”, dijo a IPS a mediados de julio.
De acuerdo a González, ha decaído 80 % de sus ventas con respecto a 2025, tanto porque ya no llegan turistas a Gibara y playas del norte de Holguín como Guardalavaca —otro gran punto de ventas de los artesanos locales—, o por los apagones de 50 a 72 horas, sucedidos por tres horas de electricidad, que no le permiten producir sus piezas.
“Estas artesanías son las que me quedaron del año pasado. Quizás yo sea uno de los pocos artesanos que todavía siguen aquí. Casi todos se han ido para Brasil (por la ruta de Guyana), o para México, soñando con cruzar a Estados Unidos”, dijo.
En abril de 2025, IPS entrevistó a González durante la edición 19 del Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara, un certamen cinematográfico anual que, desde su fundación en 2003, ha atraído a extranjeros entusiastas del séptimo arte, y reactivado hoteles y casas de renta, así como la gastronomía y la artesanía locales.
“A veces me falta la respiración, no sé… Me pongo temblorosa, nerviosa. Me deprimo totalmente. Esos apagones de 50, 60 horas… no es fácil”: Hilda Freyre.
Gibara, reconocida como una potencia de artesanos por muchos de sus habitantes, durante la semana de Cine Pobre tenía una temporada exitosa en ese negocio. Tras acabar el festival, muchos artesanos salían a otras provincias o se dedicaban a otro empleo temporal.
Pero si bien la artesanía nunca fue un negocio estable en esta zona, González había podido vivir de ella durante dos décadas. Incluso en 2025, pudo hacerlo entre las ventas durante el Festival, las de los hoteles en Guardalavaca, y las de unos encargos que hacía al por mayor para unos visitantes de Las Bahamas.
En 2026 cambió la situación. Tras el bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos a Cuba en enero, aumentaron los apagones de 12 horas diarias a más de tres días seguidos, el turismo bajó aún más, la escasez de combustible impidió la práctica itinerante de los artesanos y hasta el negocio con los bahamenses se fue al piso.
“Sobrevivo porque mi familia en Estados Unidos me manda ayuda y mi hermano pescador que trae alimentos a casa. A veces hago algún que otro trabajo, ya que el cubano siempre está inventando, pero la artesanía ya murió completo”, dijo cuando volvió a sacar su mesa, durante la edición 20 del Festival de Cine Pobre, que este año se celebró entre el 14 y 18 de julio.

Al ritmo de los visitantes
Gibara es una urbe de unos 70 000 habitantes que, aparte de la pesca, ha vivido en gran medida del turismo, incluso antes de la llegada del Festival de Cine Pobre, que revitalizó ese rubro en la ciudad.
Antes de 1927, cuando la isla sufrió una de las más grandes crisis azucareras de la historia, Gibara dependía de la industria azucarera.
Con la crisis, la ciudad optó por volcarse al turismo y pronto se transformó en una suerte de balneario que ofrecía servicios culinarios y de artesanías.
Tras la revolución cubana de 1959, se construyeron un astillero y una base de pesca, mientras la entrada de visitantes extranjeros se vio limitada por políticas gubernamentales nacionales y, posteriormente, por las sanciones de Estados Unidos contra el país, que limitaron las visitas internacionales.
Luego el festival de cine pobre, en 2003, encauzó un nuevo flujo de turistas y se construyeron en el territorio cuatro hoteles estatales y decenas de restaurantes y casas de renta privadas.
Cuando empezó a decaer el turismo en Cuba tras la crisis pandémica de la Covid-19, en 2020, las arcas de la localidad de resintieron.
A finales de enero de 2025, el primer ministro Manuel Marrero, también diputado del unicameral parlamento cubano por el municipio de Gibara, señaló a los medios locales la necesidad de revertir el déficit fiscal de este territorio.
Pero la situación del turismo en 2026 no ha hecho más que empeorar, con la suspensión de rutas aéreas hacia la isla debido a la escasez de combustible de avión, y con la huida de las cadenas hoteleras ante la amenaza de sanciones, por parte de Estados Unidos, contra empresas extranjeras que negocien con Cuba.
El miércoles 29 de julio, durante la más reciente sesión parlamentaria, Marrero afirmó que las presiones de Estados Unidos han provocado la “paralización casi total” del turismo en la isla, con 73 % de las instalaciones hoteleras cerradas, y unos 25 000 puestos de trabajo desaparecidos.
En 2025, la cifra de turistas internacionales fue de 1,8 millones, el peor resultado en más de dos décadas si se excluyen los años marcados por la pandemia.
Pero entre enero y mayo de 2026, según la Oficina Nacional de Estadística e Información (Onei), solo se recibieron 359 491 turistas, 58,4 % menos que en el mismo período de 2025.
En mayo llegaron apenas 30 883 visitantes.

Vuelta a las penurías tras el festival
“Cuando iniciamos los preparativos (para el Festival de Cine Pobre) en junio, Gibara llevaba más de 20 días sin agua”, detalló a IPS Yakelín Tapia, directora de cultura del gobierno de Holguín.
Pero a inicios de 2026, la gibareña Hilda Freyre, una responsable de su hogar de 61 años, estuvo además como casi tres meses sin recibir agua.
“Hemos tenido que comprar más cubos y tanquetas”, dijo a IPS.
Según Freyre, algunas personas resuelven la escasez del líquido por unos pozos artesanales que tienen en sus patios, pero en su caso, es por una gran cisterna subterránea del tamaño de su terraza, que nunca logra ni vaciarse ni llenarse del todo.
Sin embargo, en ese lapso de tres meses sin agua, vio a su cisterna en “las últimas”. Con las tres o cuatro horas de suministro de agua que recibe de vez en cuando, no cree que su cisterna logre llenarse nunca: “Necesitaría al menos tres días de agua constante”, dijo.
Freyre, como muchos cubanos, ha tenido que recurrir a cocinar con carbón, y luego le pide a una vecina con paneles solares que le guarde en el refrigerador las raciones. En las noches de apagón, solo ansía que acabe de llegar la batería de litio que le envió su hijo desde Estados Unidos.
“A veces me falta la respiración, no sé… Me pongo temblorosa, nerviosa. Me deprimo totalmente. Esos apagones de 50, 60 horas… no es fácil”, dijo.
Esta gibareña, quien también había sido entrevistada por IPS en abril de 2025, reconoció que la situación ha empeorado muchísimo más desde entonces.
A finales de 2025, muchos habitantes de Gibara salieron a las calles a protestar por los apagones y la escasez de agua, entre otras razones.
Roberto Verdencia, el esposo de Freyre, dijo a IPS que aquellas protestas saltaron de unos simples cacerolazos hasta convertirse en el recuadro de una multitud de personas vociferantes que inundó las redes sociales al día siguiente.
De esas protestas, ya no queda nada, dijo Verdencia, “La gente ya no protesta”.
“Al menos sobrevivimos. Si no hay carbón, cocinamos con leña. Hay que tener el ánimo de luchar y hacerlo. Hay lugares peores, sin leña, sin agua, sin alimentos, y en donde la gente ven la cosa feísima”, dijo Verdencia.
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Tapia, la directora de cultura, admitió que ella y otros organizadores del festival de cine, se cuestionaron si hacer el festival era lo correcto o no, en medio de tantos problemas.
Pero esas dudas, dijo, se difuminaron cuando en el tradicional desfile de inauguración del festival, el 14 de julio, muchos gibareños salieron “tan arreglados, bonitos, vestidos, con sus familias”, a desfilar juntos.
El festival, como es su costumbre, incluyó la proyección de audiovisuales, exposiciones de artes visuales, obras teatrales, conciertos multitudinarios, talleres y otras activides que involucran a la población local.
También se instalaron puestos de comida que vienen desde la ciudad cabecera de Holguín, aunque en esta ocasión no llegaron ni a la mitad del año pasado, por los costos de transportación, coincidieron varios participantes al ser entrevistados por IPS.
“En este año se ha visto la diferencia del festival de cine pobre. Ha sido esta vez un cine pobre de verdad”, dijo González, el artesano.
El día de la inauguración, así como la proyección del primer filme, ocurrió con Gibara a oscuras. Pero al día siguiente llegó la electricidad, que se mantuvo estable durante los días siguientes.
“Yo que a la gente le gusta más el festival porque trae la luz.”, dijo Freyre, jocosa.
Por su parte, el artesano González dijo estar muy consciente de que, al igual que al levantar su mesa de artesanías tras meses de inacción, este pequeño “respiro” no lo volverá a ver en los próximos meses, quizás hasta el próximo año.
“Estamos conscientes que, cuando acabe el festival, los apagones seguirán siendo de 50 y 72 horas”, agregó.
ED: EG


