Investigación sobre el terreno es un salvavidas para seguridad alimentaria de Zimbabue

Melody Kamudyariwa, una pequeña agricultora, sostiene una planta de maíz en un campo experimental en Madziva. Imagen: Farai Shawn Matiashe / IPS

HARARE – La agricultura sustenta a millones de personas en Zimbabue, porque reepresenta una fuente vital para alimentarse y tener ingresos. Pero las presiones vinuladas al clima que afectan a la tierra, los cultivos y los patrones de precipitaciones, junto con el aumento de los brotes de plagas, están amenazando las cosechas de los pequeños agricultores, lo que les deja en una situación de creciente inseguridad alimentaria.

Científicos del Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT), con sede en la capital zimbabuense, Harare, se han asociado con investigadores del gobierno y pequeños agricultores para llevar a cabo ensayos agrícolas en zonas rurales con el fin de adaptarse al cambio climático.

Sus innovaciones incluyen variedades de cultivos mejoradas, resistentes a las enfermedades y a la sequía, así como prácticas agrícolas sostenibles.

El CIMMYT lleva desde 2004 realizando más de 20 ensayos agrícolas, conocidos como «ensayos madre», en Madziva, Chavakadzi y Hereford, en la norteña provincia de Mashonaland Central.

Los agricultores, organizados en grupos, cultivan en sus comunidades utilizando prácticas de agricultura de conservación con el apoyo del CIMMYT y la orientación de sus científicos.

Los agricultores cultivan diferentes variedades de cultivos y utilizan distintos métodos de control de plagas y siembra.

Por ejemplo, como parte del ensayo, los agricultores cultivan maíz mediante siembra directa, en la que las semillas se plantan directamente en el lugar de cultivo tras el arado convencional, y mediante siembra en surcos, una práctica de agricultura de conservación en la que las semillas se plantan utilizando una sembradora especializada. Los agricultores comparan el rendimiento y la producción de los cultivos.

Christian Thierfelder, agrónomo principal de sistemas de cultivo del CIMMYT, asegura que estos ensayos piloto son importantes centros de aprendizaje donde se prueban diferentes prácticas de agricultura de conservación, opciones de cultivo y enfoques de gestión del suelo en condiciones reales de agricultura a pequeña escala.

«En todos estos sitios, el trabajo se centra en comprender cómo funciona la agricultura de conservación en diferentes condiciones agroecológicas y estacionales, incluyendo la variabilidad de las precipitaciones, el estado de fertilidad del suelo y los niveles de recursos de los agricultores», explica a IPS.

Precisa que «los ensayos también ayudan a generar conocimientos sobre la productividad, la salud del suelo y la viabilidad de ampliar las prácticas recomendadas en las zonas de cultivo comunitarias».

Melody Kamudyariwa, de la aldea de Kasukuwere en Madziva, una zona rural de Mashonaland Central, a 129 kilómtros de Harare, lleva 15 años realizando los ensayos. La organización le proporciona insumos como semillas, fertilizantes y productos químicos.

Esta mujer de 58 años y madre de cinco hijos registra sus observaciones y las comparte con los científicos y el resto de agricultores. «Algunas variedades de cultivos rinden mejor con la siembra directa, y otras con los métodos de siembra en surcos», afirma, señalando un pluviómetro en el campo de maíz que utiliza para registrar la intensidad de las precipitaciones.

«El uso de sembradoras especializadas en el método de siembra en surcos ahorra mano de obra y tiempo», detalla.

Levy Mufuka, del pueblo de Pindukai en Shamva, una ciudad minera a unos 70 kilómtros de Harare, cosecha lo suficiente para alimentar a su familia y le sobra para vender gracias a sus ensayos.

«Vendo maíz a la Junta de Comercialización de Cereales, de propiedad estatal. El año pasado, durante la sequía, obtuve una buena cosecha», dice mientras observa sus cultivos, que se encuentran en la fase de grano pastoso. «Me ocupo de mi familia y pago a los trabajadores», remarca.

El año pasado, Zimbabue sufrió lluvias irregulares debido a la sequía.

Este año, Mufuka espera una cosecha mejor, ya que las lluvias han sido más abundantes.

Los agricultores practican la rotación de cultivos para mejorar la fertilidad del suelo, el acolchado para conservar el agua y la labranza cero para reducir la alteración del suelo en algunos campos. Además del maíz, también cultivan soja y caupí, que aportan nutrientes como el nitrógeno al suelo.

Tariro Gwandu, directora del Instituto de Investigación Agronómica dependiente del Ministerio de Tierras, afirma que la ciencia y la investigación son importantes porque sirven de base para las políticas agrícolas del gobierno.

«Hacemos investigación y, cuando obtenemos resultados, los compartimos con nuestros responsables políticos. Así pueden tomar decisiones en beneficio de nuestros agricultores y del país en cuanto a la dirección que debe tomar nuestra agricultura», explica a IPS durante una entrevista en el Instituto de Investigación Henderson, de propiedad estatal, situado en Mazowe, a las afueras de Harare.

Thierfelder afirma que la investigación es un factor clave, ya que permite realizar estudios en profundidad durante un largo periodo de tiempo para comprender el rendimiento de los cultivos, la salud del suelo y la eficiencia en el uso del agua en un entorno cambiante.

«Los experimentos a largo plazo del CIMMYT sobre agricultura de conservación han proporcionado una sólida base científica para la agricultura de conservación en Zimbabue. Las pruebas generadas a lo largo de los años han demostrado beneficios tangibles, entre ellos una mayor productividad, sistemas agrícolas más resilientes, una mejor gestión de la fertilidad del suelo y, en muchos casos, un aumento de los ingresos familiares», afirma.

La especialista Gwandu afirma que los agentes de extensión del Ministerio de Tierras desempeñan un papel clave a la hora de transmitir los resultados de la investigación a los agricultores de las zonas rurales.

«En el caso de algunas investigaciones, todo comienza en la estación, como esta. Realizamos la investigación, obtenemos los fondos y luego llevamos el mismo experimento a los agricultores. Se trata de un experimento en la propia explotación», explica.

Detalla que «repetimos el mismo tipo de experimento en la explotación mientras los agricultores observan, y así pueden obtener información sobre lo que funciona. Pueden elegir entre los experimentos en los que también participan. También colaboramos con agentes de extensión agrícola que orientan a los agricultores».

Thierfelder afirma que, tras obtener resultados, una parte igualmente importante es garantizar que el conocimiento llegue a los agricultores de forma práctica y accesible.

«El enfoque de los ensayos piloto es útil porque crea centros de aprendizaje locales dentro de las comunidades agrícolas. Los agricultores suelen confiar más en las prácticas y adoptarlas cuando ven que funcionan en condiciones similares a las suyas», explica.

Por lo tanto, añade, «el conocimiento se difunde no solo a través de los sistemas formales de extensión, sino también mediante el aprendizaje entre pares, la observación y el intercambio a nivel comunitario».

Con los recortes de financiación en el Sur global, la investigación en el sector agrícola se encuentra amenazada.

Thierfelder afirma que la movilización de recursos sigue siendo uno de los principales retos, dado que la investigación agrícola a largo plazo requiere una inversión sostenida, especialmente cuando el objetivo es generar evidencia sólida a lo largo de varias temporadas y en diferentes ubicaciones.

Afirma que el apoyo continuado es esencial no solo para mantener los ensayos, sino también para reforzar la participación de los agricultores, los vínculos de extensión y la ampliación de prácticas prometedoras.

Aunque la agricultura de conservación ha demostrado beneficios agronómicos, su adopción no es automática, ya que muchos agricultores se enfrentan a limitaciones relacionadas con el acceso a insumos, la disponibilidad de mano de obra y el equipamiento en un país con una economía en dificultades.

«En algunos casos, los hogares pueden comprender los beneficios de las prácticas mejoradas, pero aún así no pueden adoptarlas plenamente debido al coste o al riesgo», asegura Thierfelder.

«Si bien la base científica es sólida, el camino hacia una adopción generalizada depende de la colaboración continua, la inversión y los sistemas de apoyo que respondan tanto a las realidades climáticas como a las de los medios de vida», concluye.

T: MF / ED: EG

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