CARACAS – Los países de la cuenca del Caribe se asoman a la transición energética con modestas instalaciones de energía solar y eólica, son todavía muy dependientes de los hidrocarburos como consumidores, y los que son productores de petróleo y gas, o aspiran a serlo, aceleran la extracción o la búsqueda de esos recursos.
Por ello, voces desde la sociedad civil en la región alertan sobre necesidad y modos de abordar la contradicción: sumarse a las corrientes más progresistas en favor de energías limpias y, en paralelo, contar todavía y quizás cada vez más con la certeza y los ingresos que aportan los combustibles fósiles.
Carolina Sánchez, portavoz de la Red del Gran Caribe Libre de Fósiles, dijo a IPS que “la transición ya echó a andar, pero la narrativa es distinta para los países petroleros y los que no lo son. En unos queremos que no haya expansión, en los otros detener la exploración, que no se metan en ese negocio que va de caída”.
Para el sociólogo Emiliano Terán, del venezolano Observatorio de Ecología Política, “una transición energética en países como los nuestros debe estar siempre dentro de una relación de participación diferenciada global, entre los que más contaminan y emiten dióxido de carbono (CO2) en el planeta, y los que menos”.
La región latinoamericana y caribeña es responsable de solo 10 % de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que calientan el planeta y ponen en entredicho a los hidrocarburos, recuerda Terán.
Y el Caribe responde por menos de uno por ciento, apuntó Sánchez desde San José de Costa Rica.
¿Comprendiendo a los petroleros?
Varios países del Caribe, insulares y en tierra firme, prueban suerte con la exploración petrolera bajo el influjo del bum de Guyana, con producción cero hasta 2018 y más de 900 000 barriles -de 159 litros- por día en la actualidad.
Sánchez acota que ese bum va “viento en popa”, con impactos visibles como el auge de la construcción, pero tiene otros efectos en la sociedad como el costo de la vida, el desplazamiento de los pescadores por el petróleo y la escasez de pescado para una población mayoritariamente costera que demanda ese producto.
La República Dominicana tiene nuevos convenios para buscar petróleo y gas en su subsuelo y en el de Guyana; Panamá quiere que la firma colombiana Ecopetrol le ayude con sus exploraciones, y Honduras procura otro tanto con la mexicana Pemex.
Para Jamaica hace prospección petrolera la firma británica United Oil and Gas, y Trinidad-Tobago, que durante medio siglo ha sido un importante productor y exportador de gas en la región, busca asociarse con la vecina Venezuela para explotar nuevos campos gasíferos bajo las aguas del Caribe sudoriental.
De su lado, los productores tradicionales en el gran Caribe (Venezuela, Colombia y Trinidad y Tobago), así como los nuevos (Guyana, cuyos pasos sigue Suriname) procuran sostener o incluso incrementar su producción de petróleo y gas para atender ingentes problemas de ingresos, equilibrio fiscal y crecimiento.
Tanto los productores como los consumidores netos de hidrocarburos están bajo el impacto de situaciones de fuera de la región, desde la inflación global y el creciente peso de la deuda hasta la inestabilidad de precios y suministros causada por conflictos como los de Rusia contra Ucrania y los del Medio Orientes.
Cómo deshacer la madeja
La propuesta de la red para el Caribe libre de fósiles, expone Sánchez, versa en primer lugar sobre la exploración, para que los países no petroleros de la región se abstengan de sumarse a un negocio que puede dejarles con activos varados ante el avance de una transición ineludible.
Considera que a los productores petroleros “es muy difícil decirles que no aprovechen hasta la última gota de lo que ya tienen, pero que sí que no den más licencias y se preocupen más por cómo transformar sus sistemas fiscales, porque la transición, sí o sí, les puede dejar por fuera”.
La transición a otras fuentes de energía “ya no es solo un tema ideológico, lo es de mercado, de negocio”, remarcó Sánchez.
Terán coincide en que “para nuestros países hay que pensar toda la estructura fiscal, de ingresos, de distribución de la renta, de reformulación de la deuda, y además que todos los huecos deben por obligación ser cubiertos por financiación externa”.
El también investigador de la Universidad Central de Venezuela sostiene que en la región “en la medida en que un país ha incrementado su producción petrolera, se convierte en un país más dependiente”.
Para Terán “el mejor ejemplo de ello es Venezuela (durante casi un siglo el petróleo representó entre 70 y 90 % de sus exportaciones), pero también Colombia (un tercio de sus ingresos), y la situación podría ser igualmente devastadora en Guyana, aunque ahora disfrute el beneficio del bum”.
La alternativa estaría, según Terán, “en tratar de trazar un camino diferente a la hecatombe climática, apuntando a una diversificación económica que no implique la dependencia de recursos que deben quedare bajo el suelo”.
Recordó al respecto que la propia Agencia Internacional de Energía (conformada mayoritariamente por países consumidores industrializados) ya planteaba en su Panorama Mundial de la Energía 2012 que dos tercios de los recursos petroleros probados deberán quedarse bajo el suelo.
Como ejemplos de lo que puede hacerse, Sánchez cita tres casos, comenzando por la moratoria indefinida a la exploración de hidrocarburos en su territorio que en 2002 consiguió la sociedad civil en Costa Rica, aunque como decreto gubernamental y no legislativo, y que debería mantenerse hasta el año 2050.
Otro caso es el referendo con el que la población de Belice rechazó en 2017 la búsqueda de petróleo en su porción del Caribe -donde comparte con Guatemala, Honduras y México el Sistema Arrecifal Mesoamericano- y que solo puede alterarse mediante una nueva consulta referendaria.
Y como ejemplo organizativo, y de réplica ante la reciedumbre de los huracanes que han asolado la isla, mencionó a la iniciativa Casa Pueblo en Las Adjuntas, en la zona montañosa de Puerto Rico, donde la comunidad desarrolló un proyecto autogestionado de energía solar fotovoltaica.
Recursos para el futuro
Cualquier habitante o turista puede describir al sol cubriendo el Caribe o la brisa de los vientos alisios en cualquiera de sus playas. Ambos recursos son una fuente poderosa y prometedora de energía renovable en la región.
El Caribe posee uno de los potenciales solares más altos del mundo, pues recibe una radiación diaria promedio de entre 5,5 y seis kilovatios hora (kwh) por metro cuadrado.
Varias de sus islas, y costas en tierra firme, sobre todo en el noroeste de Venezuela y el noreste de Colombia, reciben los vientos alisios con una velocidad promedio superior a los nueve metros por segundo.
Las estadísticas de la Agencia Internacional de Energías Renovables (Irena) daban cuenta de que en 2023 la región de América Central y el Caribe (excluida su porción sudamericana) tenía una capacidad instalada de 18 559 megavatios hora (Mwh) en energías renovables.
La mayor porción, 8418 Mwh, corresponde a energía hidroeléctrica. Costa Rica dispone de 2372 Mwh, Panamá de 1847, Guatemala de 1574, Honduras de 916 y la República Dominicana de 624 Mwh.
En energía solar hay instalada una capacidad de 4767 Mwh, de los cuales 1077 en la República Dominicana, 955 en Puerto Rico, 646 en Panamá, 586 en El Salvador y 529 Mwh en Honduras.
Y en energía eólica se dispone de 2128 Mwh: 417 en la República Dominicana, 408 en Costa Rica, 336 en Panamá, 239 en Honduras y 186 Mwh en Nicaragua.
Si la posible expansión de la capacidad hidroeléctrica es casi nula, por la ausencia de grandes ríos en las islas y en el istmo, más el impacto de represarlos, la capacidad en energías solar y eólica puede duplicarse y aún triplicarse en la treintena de territorios.
Bogotá estima que en la península de la Guajira y en el Caribe podría instalar una capacidad de hasta 20 000 Mwh de energía eólica, y Venezuela de su lado en la misma área al menos 10 000 Mwh, casi tantos como los que obtiene con las grandes represas en el sureste del país.
La Organización Latinoamericana y del Caribe de Energía (Olade), integrada por los gobiernos de la región, estima que en el año 2050 la energía eólica y solar representarán 58 % de la capacidad instalada en el área del Caribe.
Pero advierte de que para ello es imperativo fortalecer los ecosistemas financieros nacionales (lo que incluye a bancos de desarrollo y fondos de inversión) para que puedan apoyar de manera efectiva las inversiones en energía sostenible.
Finalmente, Terán afirmó que “sería muy reduccionista ver estos desarrollos posibles solo como un problema de fuentes de energía, de poner más renovables y menos petróleo, si no se cuestionan los estilos de vida y los niveles de consumo actuales. Y las capacidades tecnológicas y financieras también tienen sus límites”.
ED: EG


