Opinión

Rusia: Momentos de disidencia tras dos años de guerra

Este es un artículo de Andrew Firmin, redactor jefe de CIVICUS, la alianza internacional de la sociedad civil.

Imagen: Horacio Villalobos / Corbis via Getty Images

LONDRES – La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia cumplió su segundo aniversario el 24 de febrero. Y mientras la sociedad civil está ofreciendo un inmenso esfuerzo voluntario en Ucrania, en Rusia los activistas se han enfrentado a intensas restricciones. La sospechosa muerte del líder opositor Alexei Navalny forma parte de una gran oleada de represión. Es el último de una larga lista de personas que han tenido un final repentino tras enfrentarse a Vladmir Putin.

Putin está haciendo un cumplido a la importancia de la sociedad civil suprimiéndola por todos los medios posibles.

El asesinato dirigido por el Estado es la forma más extrema de represión, pero Putin tiene muchos más trucos en la manga. Uno de ellos es la criminalización de las protestas, como se vio cuando la gente apareció en vigilias improvisadas para conmemorar a Navalny, depositando flores en memoriales informales, sabiendo lo que pasaría. La policía detuvo a cientos de personas y las flores desaparecieron rápidamente.

Un asalto implacable

La organización de derechos humanos OVD-Info informa de que, desde el comienzo de la invasión a gran escala, las autoridades han detenido a 19.855 personas en protestas contra la guerra, han incoado 894 causas penales contra activistas antibelicistas y han introducido 51 nuevas leyes represivas.

Entre otros muchos rusos encarcelados por actos simbólicos de protesta, el artista crimeo Bohdan Zizu fue condenado el pasado junio a 15 años de cárcel por pintar con spray un edificio con los colores de la bandera ucraniana.

El autor, Andrew Firmin

En noviembre, la artista Alexandra Skochilenko fue condenada a siete años por colocar información sobre la guerra en las etiquetas de los precios de los supermercados. Ahora se criminaliza a las personas que ayudan a los refugiados ucranianos que viven en Rusia.

El gobierno también está imposibilitando el trabajo de la sociedad civil y de los medios de comunicación independientes.

El pasado agosto, las autoridades declararon «organización indeseable» al canal de televisión independiente Dozhd, prohibiéndole de hecho operar en Rusia y criminalizando a cualquiera que comparta sus contenidos.

Ese mismo mes, los tribunales ordenaron el cierre del Centro Sájarov, una organización de derechos humanos. Por medios similares, las autoridades han obligado a otras organizaciones a dejar de existir o a exiliarse.

El Estado también ha designado a numerosas personas y organizaciones como «agentes extranjeros», clasificación destinada a estigmatizarlas como asociadas al espionaje. En noviembre añadió a la lista el Moscow Times.

El gobierno también ha redoblado sus ataques contra las personas LGBTIQ+ como parte de su estrategia para exacerbar los sentimientos nacionalistas. Y sigue aprobando leyes para restringir aún más el espacio cívico. Recientemente, Putin aprobó una ley que permite al gobierno confiscar dinero y otros bienes a quienes critiquen la guerra.

Puede leer aquí la versión en inglés de este artículo.

El Estado también criminaliza a los periodistas. En marzo de 2023, detuvo al periodista de The Wall Street Journal Evan Gershkovich, acusado de espionaje, enviando una señal de que los periodistas internacionales no están seguros.

Las autoridades también retienen a la periodista ruso-estadounidense Alsu Kurmasheva, de Radio Free Europe, detenida mientras realizaba una visita familiar a Rusia. Es probable que Putin planee utilizarlos como palanca para un canje de prisioneros. Las autoridades estatales han incluido a otros periodistas que trabajan fuera de Rusia en listas de buscados, o los han acusado en rebeldía.

Mientras tanto, Putin ha indultado a verdaderos criminales por unirse a la lucha. Entre ellos se encuentra una de las personas encarceladas por organizar el asesinato en 2006 de la pionera periodista de investigación Anna Politkovskaya.

Es difícil esperar una tregua en la represión, al menos mientras dure la guerra.

Unas elecciones no competitivas aprobarán otro mandato de Putin en marzo. No se permite a ningún candidato creíble oponerse a él, y recientemente se prohibió presentarse a un político antibelicista que había surgido inesperadamente para proporcionar un foco de disidencia.

El año pasado, el gobierno modificó las leyes para restringir aún más la cobertura de las elecciones por parte de los medios de comunicación, haciendo muy difícil informar sobre el fraude electoral.

¿Débil o fuerte?

Durante un tiempo, el año pasado Putin pareció debilitado cuando su antiguo aliado Yevgeny Prigozhin se rebeló, haciendo marchar a sus mercenarios del Grupo Wagner sobre Moscú. Las dos partes llegaron a un acuerdo para poner fin a la disputa y, dos meses después, Prigozhin murió en un sospechoso accidente aéreo.

Putin ha reafirmado su autoridad. Puede que esté ganando ventaja en la guerra. Rusia tiene más poder de fuego y está sobreviviendo en gran medida a los intentos de aislarla financieramente, ya que regímenes represivos como China, India y Turquía se están haciendo cargo de la demanda de sus combustibles fósiles.

Se ha convertido en una economía de guerra al estilo soviético, con un gasto estatal muy centrado en el esfuerzo militar, aunque eso no puede ser sostenible a largo plazo. Algunos de los gobiernos más autoritarios del mundo -Irán y Corea del Norte- también suministran armas.

En comparación, las fuerzas ucranianas se están quedando sin munición. El apoyo al esfuerzo de Ucrania se ha visto sometido a mayores tensiones debido a los cambios políticos en Europa y a la ruptura del consenso político en Estados Unidos, con los republicanos afines a Trump trabajando para bloquear más ayuda militar.

Puede que Putin esté en la cresta de la ola, pero es tal el nivel de control estatal que resulta difícil hacerse una idea exacta de su popularidad, y las elecciones no ofrecerán ninguna prueba de ello. Dada la represión, es posible que los niveles de protesta tampoco cuenten toda la historia, pero aún así han estallado algunas, incluidas las que respondieron a la muerte de Navalny.

Se ha formado una corriente de disidencia vital en torno al descontento por las pérdidas de la guerra. El pasado mes de septiembre, una encuesta independiente sugirió que el apoyo a la guerra estaba en su punto más bajo. Al parecer, la moral de las tropas rusas es baja y los desertores han pedido a los demás que abandonen. Las familias de los militares han organizado protestas para exigir el fin de los combates.

Los manifestantes han ofrecido otros momentos recientes de oposición. En noviembre, se celebró una manifestación en Siberia contra una iniciativa local para restringir aún más las protestas. En enero, en Baymak, en el sur de Rusia, cientos de personas protestaron por el encarcelamiento de un activista. También hay descontento interno por la elevada inflación.

Los momentos no crean un movimiento, pero pueden servir de inspiración para que se convierta en uno, y eso ocurre a menudo de forma inesperada. La historia de Putin está lejos de haber terminado. Como ha ocurrido antes con otros tiranos, probablemente parecerá invencible hasta justo antes de caer.

Andrew Firmin es redactor jefe de Civicus, codirector y redactor de Civicus Lens y coautor del Informe sobre el Estado de la Sociedad Civil de la organización.

T: MF / ED: EG

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