Mujeres de Argentina cultivan dignidad en su huerta cooperativa

Elizabeth Cuenca, Jesusa Flores, Flora Huamán y Ángela Oviedo (de izquierda a derecha) en la huerta agroecológica que cultivan junto a otras 10 mujeres en el barrio vulnerable de Rodrigo Bueno, en Buenos Aires. Al fondo, las torres de Puerto Madero, el barrio más moderno y cotizado de la capital argentina. Foto: Daniel Gutman / IPS

BUENOS AIRES – El espacio consiste en apenas 300 metros cuadrados llenos de verde donde hay una huerta y un vivero agroecológicos, que son la obra y el sueño de 14 mujeres. Como fondo se recorta la silueta imponente de las torres que son símbolo de la zona más moderna y cotizada de la capital de Argentina.

Pero la Vivera Orgánica es parte de otra realidad: está en un barrio vulnerable, que ha ido transformándose en los últimos años gracias al trabajo de los vecinos y el apoyo del Estado.

“Empezamos con la idea de producir algunas hortalizas para nuestras familias. Y hoy somos una cooperativa que le abre las puertas al barrio y también le vende a gente que viene de toda la ciudad y a empresas”, cuenta a IPS la migrante peruana Elizabeth Cuenca, quien llegó de su país a Buenos Aires en 2010 y se instaló en este lugar a orillas del río de la Plata.

El llamado Barrio Rodrigo Bueno nació en los años 80 como un asentamiento precario (en Argentina se las llama “villas miseria” o simplemente “villas”) sobre tierras inundables, en el sur de Buenos Aires.

Está a pocas cuadras de Puerto Madero, una zona ocupada durante décadas por viejos depósitos portuarios abandonados, que a partir de los años 90 fue reciclada y vivió una explosión inmobiliaria que la convirtió en la más buscada por los ricos en la capital porteña.

El contraste entre las frágiles casas de ladrillos sin terminación de Rodrigo Bueno, separadas por pasillos angostos generalmente embarrados, y las modernas moles vidriadas de 40 o 50 pisos levantadas entre las anchas calles de Puerto Madero, se convirtió así en una potente imagen de la desigualdad en esta megaciudad que tiene casi 15 millones de habitantes, si se cuentan los suburbios de su zona metropolitana.

Sin embargo, hoy el escenario es completamente distinto en Rodrigo Bueno, que lleva ese nombre en homenaje a un cantante popular muerto trágicamente en 2000.

Se trata de que es uno de los cuatro asentamientos informales de la ciudad (sobre un total de cerca de 40, según datos oficiales) que están en proceso de urbanización. O “integración socio-urbana”, como lo llama el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Así, desde 2017 se abrieron calles asfaltadas, se llevó infraestructura formal de servicios públicos y se construyeron 46 edificios con 612 viviendas nuevas, a las que se mudaron cerca de la mitad de las familias del barrio, que son unas 1500, según se estima.

Muchas de las antiguas casas precarias fueron demolidas y otras conviven, calle de por medio, con las flamantes construcciones formales, adjudicadas a sus nuevos dueños con créditos a 30 años.

“A partir de que se empezó a discutir la urbanización, tuvimos talleres de oficios y había uno de jardinería, al que asistimos muchas mujeres, que aunque vivíamos en el mismo barrio no nos conocíamos”, recuerda Cuenca.

“Así fue que aprendimos, nos organizamos y pudimos conseguir un espacio para la Vivera, que inauguramos en diciembre de 2019. Hoy vendemos hortalizas y especialmente plantines para quienes quieren colocar su propia huerta en su casa. No llegamos a recibir un sueldo, pero generamos un ingreso”, agrega.

La apertura de calles avanza en el barrio de Rodrigo Bueno, que nació como un asentamiento precario, sobre la ribera del río de La Plata, en el que antes se accedía por pasillos angostos a casi todas las viviendas, la mayoría de ladrillos a la vista y muchas de autoconstrucción. Foto: Daniel Gutman / IPS

Dando vida a huertos caseros y más

En poco más de dos años, las mujeres de la Vivera Orgánica ya han conseguido algunos hitos, como la venta de 7000 plantines de distintas verduras y hortalizas a la empresa automotriz Toyota, que los destinó como regalo a sus empleados.

También le han vendido vegetales agroecológicos al lujoso Hotel Hilton de Buenos Aires, que está en Puerto Madero, y armaron huertas en un terreno de Enel, una de las mayores distribuidoras de electricidad.

Pero también se han ganado un lugar entre el público común. “Lo increíble es que la pandemia fue una gran ayuda para nosotras, porque mucha gente que no podía salir de su casa empezó a interesarse en comer más sano o en cultivar sus propios alimento. Recibimos muchísimos pedidos”, cuenta Jesusa Flores, una migrante boliviana y una de las  fundadoras de la Vivera.

Ella trabajaba como empleada de limpieza y cuidando personas mayores en casas de familia, cuando las restricciones de circulación debido a la pandemia de covid la hicieron perder sus trabajos y ya no pudo recuperarlos.

“La Vivera ha sido un aporte muy importante para mí, porque está al lado de nuestras casas y aquí nunca dejamos de venir”, dice Flores.

La Vivera no recibe subsidios oficiales y es poco el dinero que las 14 mujeres pueden llevarse a sus hogares, por lo que casi todas tienen algún otro trabajo. Pero todas confían en que tienen potencial para crecer y el vivero convertirse en su única labor en el futuro.

“Durante la peor época de la pandemia armamos 15 cajas por día con 12 plantines para vender, pero recibíamos 60 pedidos. No llegamos a producir todo lo que nos quieren comprar”, detalla Angela Oviedo, un migrante peruana que también integra el grupo.

Varias mujeres preparan los productos de la Vivera Orgánica, junto a parte de un mural pintado sobre la puerta del contenedor que sirve como oficina del emprendimiento en un barrio vulnerable de la capital argentina. Foto: Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La dureza de la informalidad

El gobierno de la ciudad de Buenos Aires acompaña a la Vivera Orgánica como parte del proceso de integración socio-urbana del barrio.

En ese sentido, la situación de los sectores vulnerables es crítica en Argentina por lo menos desde hace cuatro años, cuando comenzó un proceso de devaluación de la moneda local, el peso, acompañado por alta inflación, que genera una notoria pérdida del valor adquisitivo de los ingresos de los trabajadores, especialmente de los informales.

La crisis recrudeció en 2020 con la pandemia de covid-19, que provocó un derrumbe de la economía de 10 %. Y, si bien en 2021 se recuperó casi todo lo perdido, el dato alarmante es que la mayoría de los empleos que se han creado desde entonces son informales.

De hecho, según datos del argentino  Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social en enero de este año había 6 034 637 trabajadores registrados en el sector privado, menos que los 6 273 972 que había en enero de 2018, antes del inicio de la recesión.

Por su parte, el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de la gobernación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estima que hay unos 500 000 trabajadores de la economía informal en la capital, los más castigados por la inflación, que en marzo pasado alcanzó 6,7 %, el índice más alto para un solo mes en la Argentina en los últimos 20 años.

Por eso, muchos analistas advierten que la pobreza, que en el segundo semestre del año pasado cayó de 40,6 % a 37,3 % según el Instituto Nacional de Estadística y Censos, volverá a crecer en 2022.

Algunos de los edificios que ha construido el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en el barrio de Rodrigo Bueno. Son ya 612 nuevas viviendas que se han entregado a las familias que vivían más cerca del río y más expuestas a la contaminación en este asentamiento de la capital argentina. Foto: Daniel Gutman / IPS

Asistencia para formalizarse

“En los barrios populares hay muchas unidades productivas, pero el problema es que, justamente por la informalidad, tienen  grandes barreras para desarrollarse, crecer y poder conectarse con el mercado formal”, explica Belén Barreto, subsecretaria de Desarrollo del Potencial Humano en el gobierno de Buenos Aires.

“Una cuestión tiene que ver con lo productivo: en general los emprendedores trabajan en sus propias casas y no pueden tener escalas importantes. Por eso apoyamos a la Vivera con asistencia técnica, de manera que el proyecto pueda ser lo suficientemente productivo para vender en las cadenas de valor formal de la ciudad”, añade en entrevista con IPS.

Barreto dice que otro obstáculo tiene que ver con la comercialización: los emprendedores tienen dificultades para vender sus productos fuera del entorno en el que viven, a pesar del crecimiento del comercio digital.

“Por eso nuestra apuesta es vincular a estas unidades productivas con empresas para que las puedan consolidar como proveedoras y les permitan acceder a un ingreso más sostenible y a escalar su producción a través de un nuevo mercado. En la última Navidad hicimos rondas de negocios y logramos que más de empresas compraron regalos de la economía social y popular por 17 millones de pesos (unos 150 000 dólares)”, agrega.

Finalmente, para atender el problema del acceso al crédito por parte de los trabajadores informales, el gobierno capitalino creó en 2021 el Fondo de Desarrollo Social (Fondes), un fondo público-privado destinado a la economía social y popular.

El crecimiento sostenido de la economía informal motivó además al gobierno local a crear el año pasado el Registro de Unidades Productivas de la Economía Popular y Social, que permite acceder a beneficios impositivos y ya tiene inscritas unas 3000 unidades autogestivas.

La transformación del barrio también implica mayores oportunidades para sus habitantes, muchas veces víctimas de la discriminación y los prejuicios.

Cuenca, por ejemplo, detalla que “antes no teníamos una dirección para dar cuando buscábamos trabajo y era muy difícil que te llamaran”.

Por eso ella ve a la Vivera Orgánica como una herramienta más de dignificación: “Este proyecto ya es parte del barrio y de nosotras, que hoy sentimos que tenemos una perspectiva diferente”.

ED: EG

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