BOLIVIA: El pueblo ayoreode, devorado por la ciudad

Nadie sabe en qué momento llegan, pero cuando lo hacen su presencia es notoria. En uno de los mercados más concurridos de esta pujante urbe del este de Bolivia, un puñado de integrantes del pueblo indígena ayoreode se adueña de la acera.

Desde allí, mujeres y niños ayoreode (plural de ayoreo en su lengua) deambulan vendiendo artesanías o pidiendo dinero. «Cómprame mi collar, choca (rubia) bonita», dice una abuela, con un español entrecortado, mientras que una niña descalza se acerca: «Regáleme algo», requiere.

En Santa Cruz de la Sierra, con casi tres millones de habitantes, los ayoreode se han convertido en un ejemplo de cómo el crecimiento de una ciudad es capaz de devorar a una cultura, de invisibilizarla, estigmatizarla o ponerla en riesgo, afirma el antropólogo Luca Citarella.

El investigador de origen italiano asegura en un estudio publicado este año que «en su proceso de urbanización, los ayoreode ahora son identificados bajo el estigma de la mendicidad callejera, del comercio sexual y del hacimiento en comunidades marginales».

Es algo que se confirma cuando se llega al barrio Bolívar, en la periferia de la ciudad económicamente más importante del país y una de las urbes de mayor crecimiento demográfico porcentual en América Latina, que duplicó su población en menos de 20 años.
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Aquí se ubica uno de los dos asentamientos urbanos de este grupo indígena conocido históricamente por sus características nómadas; y cuya lengua materna, el zamuco, se mantiene intacta.

A lo largo de una cuadra y tras una muralla, un letrero los presenta tímidamente: «Comunidad Degüi». Cerca de 100 familias se distribuyen en 86 casas; la mayoría de ellas elaboradas con barro y caña hueca.

Se estima que unas 400 personas viven en este asentamiento, el más poblado de las 29 comunidades ayoreode esparcidas en un área aproximada de 600 kilómetros cuadrados del departamento oriental de Santa Cruz, del que es capital esta ciudad, la más cosmopolita de Bolivia.

«En el campo no hay trabajo, no tenemos salud, así que no nos queda otra que venirnos a la ciudad», dijo a IPS el líder de la comunidad, Isaac Chiqueno, miembro de uno de los últimos pueblos originarios en ser reducidos en Bolivia por la sociedad convencional y cuyo proceso de sedentarización comenzó hace menos de 70 años.

La idea es compartida por Teresa Nominé, la primera diputada nacional ayorea. «La vida en la ciudad no es como en los pueblos, porque hay mucha discriminación. En los hospitales no somos bien atendidos y en las escuelas marginan a nuestros hijos», afirmó a IPS esta lideresa, que es una convencida de la «mala suerte» que acecha a su pueblo.

Nómadas por excelencia, los ayoreode han estado asentados ancestralmente en el llamado Chaco Boreal, la parte norte del Gran Chaco sudamericano, la región que comparten Argentina, Bolivia y Paraguay, donde se ubica el mayor bosque bajo del mundo.

Se estima que de esta «gente verdadera» (el significado en zamuco de ayoreo, también el vocablo impropio con que algunos llaman a este pueblo) quedan 5.600 personas entre Bolivia y Paraguay.

Tradicionalmente cazadores y recolectores, en las áreas rurales mantienen como principales actividades la agricultura de autoconsumo y la forestal, mientras en la ciudad trabajan mayormente en construcción y jardinería. En las dos partes, las mujeres elaboran bolsas, collares y hasta vestimenta con la planta textil garabatá, para su consumo y la venta.

La presencia ayorea en la ciudad está marcada por un cambio traumático en sus patrones sociales. «Además de perder las bases de reproducción de su cultura, han sido despojados de su dignidad social», asegura Citarella.

Nominé lo ratifica. «Los cojñone (blancos o mestizos) no nos dan oportunidades y eso desencadena otra realidad… Nosotros venimos como padres y madres para mejorar la calidad de vida de nuestros hijos; los indígenas no conocemos los vicios, pero llegamos a la ciudad y descubrimos el alcohol, las drogas y la prostitución… es la mala suerte», resumió.

Para la socióloga Irene Roca, el principal problema que enfrentan los ayoreode que habitan en la ciudad es la discriminación. «Ellos son los más visibles de los indígenas urbanos que hay en Santa Cruz de la Sierra. El problema es que están visibilizados de forma negativa», afirmó a IPS.

Son vistos «como algo que está fuera de los esquemas que se espera del comportamiento urbano, como fuentes de delincuencia, de mendicidad, de trabajo sexual. Se los muestra como un ícono de la pobreza urbana», explicó la especialista, con una maestría en etnología de la facultad de Ciencias Sociales de la universidad francesa de la Sorbona.

Resalta, tajante, que entre los ayoreode urbanizados hay muchos que intentar estudiar, terminar sus estudios secundarios y progresar y critica que esa es la cara menos difundida y reconocida en la ciudad a la que llegaron forzados por las condiciones de vida en su hábitat ancestral.

Chiqueno mismo es un ejemplo. A punto de cumplir 50 años, fue uno de los ocho primeros estudiantes que en 2011 se graduaron de bachilleres (estudios secundarios) en el subcentro educativo de Degüi. Este año los egresados de ese ciclo educativo subieron a 15.

«Para nosotros es un sacrificio, además que necesitamos más profesores ayoreode», afirmó Chiqueno, que se emociona al hablar de su nueva meta: ir a la universidad para estudiar ciencias políticas.

En su familia, estudiar es una consigna y, al mismo tiempo, una de las pocas alternativas para superarse, explica este ayoreo casado y padre de cinco hijos, originario de la comunidad de Sapocó, a unos 300 kilómetros de Santa Cruz.

Luisa, una de sus hijas, sigue la carrera universitaria de trabajo social y se encarga de la guardería en Degüi. «También hay chicos que hacen caso a lo que le dicen sus padres», dijo lleno de orgullo.

Además de la educación, otros de los problemas principales de los ayoreode es el acceso a los servicios de salud.

«En los hospitales se olvidan que somos seres humanos; solo queremos una atención digna», dijo la diputada Nominé, quien llegó a Santa Cruz hace cinco años desde la comunidad ayorea de Puesto Paz.

En las comunidades ayoreode todavía hay niños que mueren por una diarrea, mujeres que fallecen dando a luz y muchos que llegan a los hospitales urbanos en condiciones críticas, donde tienen que esperar la «buena voluntad de quienes quieran atenderlos», denuncia un informe de la organización no gubernamental Apoyo al Campesino-Indígena del Oriente Boliviano.

El reporte publicado en mayo analizó la situación de los más de 2.700 ayoreode de Bolivia.

Gran parte de los problemas de acceso a la salud tiene relación directa con la discriminación a la que es sometida el pueblo ayoreo y la falta de políticas inclusivas en el ámbito de la salubridad, plantean los especialistas consultados.

Y es, justamente, tratando de encontrar una solución a la atención médica que muchos de los ayoreode dejan sus comunidades rurales para transformarse en «invisibles» indígenas urbanos, concluyó la socióloga y etnóloga Roca.

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