LA HABANA Y MOSCÚ, ¿AMIGOS PARA SIEMPRE?

Con un libro en la mano, los rusos han regresado a Cuba.

Durante treinta años ellos fueron una presencia indispensable en la isla: los entonces llamados soviéticos le daban a Cuba socialista el soporte político internacional, militar y económico en un mundo álgido que estaba claramente dividido en bloques y temblaba con los vientos gélidos de la Guerra Fría y las amenazas de conflagraciones atómicas.

Los cubanos nos alumbrábamos y veíamos televisión (tantas películas y hasta dibujos animados “rusos”) gracias al petróleo soviético, leíamos libros y periódicos impresos con el papel que ellos nos enviaban, sosteníamos nuestras defensas militares con las armas y pertrechos llegados desde “el país de los Soviets”, horneábamos nuestro pan con trigo soviético y comíamos latas de “carne rusa”. Varias decenas de miles de cubanos estudiaron por esas tres décadas en Moscú, Leningrado, Kazán y otras ciudades del gigantesco país, y miles de ellos regresaron casados con una rusa –que no siempre era propiamente rusa-. En las calles cubanas era normal encontrarse con alguno de los asesores de las más diversas especialidades (pues no solo eran militares) enviados a enseñar a sus colegas caribeños. Se hablaba de la indestructible amistad, de la entrañable hermandad entre los pueblos y gobiernos de Cuba y la URSS. Políticamente los dos países formaban una yunta en el camino hacia un mundo mejor… Pero los cubanos siempre les llamamos “bolos”, marcando una insuperable distancia cultural y con la arrogancia (muchas veces infundada) que nos caracteriza y hasta nos define.

Cuando en 1991 colapsó la Unión Soviética y con ella la amistad indestructible, también se esfumó el petróleo, el papel y el trigo que de allá nos llegaba. Los países nacidos de la desmembrada unión optaron unánimemente por un retorno al capitalismo, y capitalistamente exigieron dinero a cambio de productos, y Cuba debió sostener su socialismo en la más desoladora soledad. Se vivieron entonces los años de la terrible crisis cuyo nombre oficial e histórico (“Período Especial en Tiempos de Paz”) no puede expresar los niveles de carencia y desesperación a los que nos vimos abocados los cubanos de a pie (o de “a bicicleta”, el medio de transporte que sustituyó a los ómnibus y autos secos de combustible exsoviético).

Una reacción inmediata a la nueva coyuntura rebotó con fuerza: apenas se acabó el país que enviaba recursos y técnicos, y casi de un golpe se difuminó su antes agobiante y abarcadora presencia en la vida, cultura y cotidianidad cubana. Por desaparecer, desaparecieron hasta las “bolas” casadas con los cubanos, y solo unas pocas de ellas permanecieron en la isla, resistiendo escaceses y apagones. Los treinta años de matrimonio político, social, cultural no dejaban descendencia visible: ni una costumbre, ni un plato típico (ni siquiera una base militar, pues también estas desaparecieron), y la huella rusa en Cuba se fue borrando con unas pocas brisas y en muy poco tiempo se comprobó que de aquella complicidad no quedaba prácticamente nada -fuera de ciertos esquemas partidarios e ideológicos y de algunas prácticas políticas que los mismos rusos rechazaban en sus tierras y los dirigentes cubanos decidieron conservar.

En los últimos años, impulsados por la figura del antes presidente y ahora primer ministro Vladimir Putin (empeñado en el rescate del orgullo y la grandeza rusas, de un lugar decisivo en el mapa político mundial), Moscú inició un nuevo acercamiento a su antiguo aliado. Cuba, en medio de un recrudecido embargo norteamericano, necesitaba de todos los apoyos políticos y de todas las cercanías económicas y comerciales, y aceptó gustosa el gesto. El filtreo se reinició, aunque en muy diferentes condiciones: ya no se trataba de geopolítica socialista, sino de conveniencias tácticas, comerciales, políticas entre dos países con sistemas económicos e ideológicos diferentes, diríase que antagónicos. El nuevo contacto ha tenido, por supuesto, varias ventajas sicológicas e históricas: la nostalgia por los viejos tiempos de hermandad o el hecho de que en la isla apenas ha circulado la literatura de análisis histórico de lo que realmente ocurrió en “el país de los soviets” a lo largo de sus setenta años de socialismo, esencial y dramáticamente marcados por los métodos políticos de Stalin: ni historias de gulags, ni de desplazamientos étnicos o limpiezas políticas, ni del terror como política de Estado, ni de desastres ecológicos como precio de un desarrollo a toda costa. Menos aun de las turbias aventuras extraterritoriales (Polonia, España, países bálticos y del Cáucaso) programadas por el secretario general georgiano y sostenidas por sus herederos.

Ahora, con un libro en la mano, los rusos vuelven a la isla. La Feria del Libro de Cuba ha tenido este año como país invitado de honor a la Federación Rusa, y el evento cultural se ha convertido en una plataforma para el desembarco masivo de figuras de la política y el arte ruso contemporáneo. Libros (en ruso), películas (rusas y soviéticas), compañías de danza han estado a la cabeza de esta búsqueda de una recuperación de cercanías quebradas durante casi dos décadas en las que se cruzaron no pocos insultos y acusaciones de deslealtades. Ya antes, como avanzadilla, habían llegado los líderes de la iglesia ortodoxa, que incluso abrieron su templo (¿cuántos ortodoxos rusos hay en Cuba?) en un sitio privilegiado de La Habana colonial.

Aunque en la prensa cubana a veces hasta se filtran comentarios sobre, por ejemplo, los devastadores efectos del realismo socialista en el arte ruso, resulta evidente que la imagen que se ha ido ofreciendo de Rusia y su presente guarda poca relación con la que se promovió en los inicios de la década de 1990, cuando se dio el salto en el vacío y la cuna de la revolución proletaria, renunciando a los principios alabados por 70 años, se abrió de piernas y alma al más feroz capitalismo (el desmerengamiento se le llamó).

El país estable, próspero y respetuoso de las diferencias que se nos presenta hoy, es, sin embargo, un país capitalista y, por lógica dialéctica y económica, debe arrastrar todas las características del sistema (estudiado y condenado por Marx), ésas que llevaron a los bolcheviques a hacer la revolución. Quizás la más inesperada lección de estos acontecimientos y percepciones es que estemos aprendiendo, ahora, que hay capitalismos malos y menos malos (casi hasta buenos) y que el pasado es un libro del que se pueden entresacar capítulos favorables y desdeñar los más conflictivos, por el bien de la política. Siempre la política. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura, escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a más de quince idiomas y su más reciente obra, El hombre que amaba a los perros, tiene como personajes centrales a León Trotski y su asesino, Ramón Mercader.

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