PENA DE MUERTE-EEUU: Estrés, otra forma de ejecución

Cuando el condenado a muerte Michael Dewayne Johnson se cortó la garganta con una navaja en una cárcel de Estados Unidos, extinguió una vida que las autoridades iban a apagar ese mismo día.

El suicidio de Johnson el 19 de octubre puso de relieve la presión que sufren los más de 3.300 condenados a la pena capital que por años aguardan su ejecución en las cárceles estadounidenses.

Este convicto de 29 años se levantó todas las mañanas durante 10 años sabiendo que en algún momento alguien inyectaría en sus venas la droga mortal como castigo de un crimen que él aseguraba no haber cometido.

Johnson fue por lo menos el séptimo condenado a muerte en suicidarse en Texas desde que este meridional estado de Estados Unidos restableció las ejecuciones en 1974.

El Centro de Información sobre Pena de Muerte estima que 301 presos condenados a la pena capital murieron por "causas naturales" o se suicidaron entre 1973 y 2004.
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Sin embargo, no existen estadísticas confiables respecto del número total de sentenciados a muerte que se quitan la vida en Estados Unidos.

Los suicidios ponen en el tapete el problema de las enfermedades mentales que aquejan a los condenados a la pena capital.

Defensores de convictos y psiquiatras creen que entre 12 y 25 por ciento de los condenados padecen serios trastornos.

"Los suicidios son raros entre los sentenciados a muerte, pero suceden", dijo a IPS Richard Dieter, del Centro de Información sobre Pena de Muerte, con sede en Washington.

"Las enfermedades mentales entre estos presos, que siempre están bajo un estrés insoportable, van en aumento, y esto podría convertirse en un gran un problema en el futuro", añadió.

Algunos convictos ya están enfermos cuando ingresan al sistema penitenciario y a otros los afecta la reclusión, indicó Metzner.

"No hay duda de que, mientras disminuyó el número total de camas psiquiátricas en las prisiones estadounidenses, aumentó la cantidad de los enfermos, en especial entre los condenados a muerte", dijo a IPS Metzner.

Los problemas psiquiátricos más comunes son esquizofrenia, depresión, adicción a las drogas y "probablemente algún antecedente de trauma craneal", según Metzner.

La Corte Suprema prohibió en 2002 las ejecuciones de personas con graves retrasos mentales, pero sigue siendo legal en algunos estados matar a enfermos psiquiátricos.

Unos de los problemas que afrontan los abogados defensores es la falta de definiciones legales estandarizadas para ese tipo de trastornos mentales. Cada estado las define a su manera.

El concepto de enfermedad mental puede incluir desde depresión hasta trastornos bipolares, síndrome de estrés postraumático y esquizofrenia paranoide.

El estado de Texas es el que realiza más ejecuciones, pero está en el lugar 46 de la lista de estados que más dinero invierten por persona en la atención de enfermos mentales, incluyendo las cárceles, según la Asociación Nacional de Directores de Programas Estatales de Salud Mental.

La población por lo general asume que los castigos se imponen de acuerdo con la gravedad del delito, pero la Corte Suprema determinó que el carácter y el antecedente del acusado también deben tenerse en cuenta al momento de dictar sentencia.

"En teoría, una enfermedad mental debe ser un factor a tener en cuenta cuando se condena a muerte a una persona", dijo Metzner. Pero a menudo no se plantea ni se enfatiza.

Por su parte, el psiquiatra Robert T.M. Phillips, especialista en cárceles, considera que la prisión puede ayudar a algunos presos jóvenes a madurar, sobre todos aquellos procedentes de ambientes pobres y perturbados con hogares inestables.

"En el pabellón de los condenados a muerte, los presos van a tener un ambiente muy estable. Se les van a servir tres comidas al día, por ejemplo, que pueden no haber tenido nunca. La estabilidad lleva a la madurez. Van a empezar y terminar sus días en horarios precisos y se les asignarán responsabilidades como limpiar sus celdas, puede que nunca hayan tenido que lidiar con ese concepto antes", dijo Phillips a IPS.

"Simplemente son personas distintas luego de los 10 o 15 años que suelen pasar en la cárcel por haber matado a alguien. Son mucho más estables, desde el punto de vista emocional y de su maduración, que cuando entraron por primera vez. Esto nunca deja de sorprenderme", remarcó Phillips.

Eso sugiere que algunos asesinos pueden ser rehabilitados y no deben ser ejecutados, arguyen activistas de derechos humanos.

Pero si algunas personas logran adquirir una mayor madurez psicológica en prisión, hay otros, como Johnson, cuya salud mental se deteriora.

Los condenados a muerte pueden deprimirse progresivamente y su aislamiento, de por lo general 23 horas al día, los deteriora mentalmente.

Al igual que Phillips, para Metzner "es claro que entre los condenados a muerte que fueron ejecutados, alguno tenía cierto grado de trastorno mental", apuntó.

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