Los salarios del servicio doméstico atraen a Singapur decenas de miles de trabajadoras inmigrantes, pero no bastan para acabar con la discriminación y la violencia que aún rigen las relaciones laborales.
La cantidad de trabajadoras domésticas extranjeras aumentó de 65.000 en 1992 a 140.000 en 2001, debido al crecimiento de la actividad económica y la prosperidad de un sector de la sociedad de esta ciudad-estado de Asia sudoriental.
Un ingreso anual de 15.000 dólares y el pago de un impuesto mensual de 172 dólares son condiciones suficientes para que el Estado autorice a una familia a contratar a una empleada doméstica inmigrante, que percibe promedialmente un salario mensual de 165 dólares.
En la última década el personal doméstico extranjero, en particular de Filipinas e Indonesia, se convirtió en un rasgo característico de este país de cuatro millones de habitantes.
Las trabajadoras cumplen largas jornadas, por lo común sin descanso semanal e inclusive mensual, y bajo las severas condiciones impuestas por las agencias de contratación.
Su aporte a la vida de las familias para las que trabajan es ignorado y sólo cobran notoriedad cuando los títulos de la prensa relatan algún episodio de violencia o un caso denunciado ante la justicia.
«Maestra encarcelada por golpear a su empleada», fue el título de varios diarios el año pasado. Otro artículo se preguntaba «¿Quién defenderá a las empleadas sin voz?», y comparaba la suerte de los animales a la de las trabajadoras domésticas, para concluir que aquéllos estaban en mejor situación.
Pese a la alarma de la prensa, las cifras policiales registran una caída en las denuncias de violencia física contra empleadas. En 1997 se produjeron 157 denuncias, en 2000 fueron 87, y 49 entre enero y julio de 2001.
«La baja condición social de una empleada doméstica no significa que sea menos que todo ser humano ni esté menos protegida por la ley», afirmó el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Yong Ping How, en su fallo sobre el caso de Farida Begam Mohamed Artham, condenada por castigar a su empleada con puñetazos y palos de escoba.
En 2000, 39 personas fueron juzgadas por actos de violencia contra empleadas domésticas, varias de ellas condenadas a prisión o a pagar multas.
Otro caso que llegó a la justicia fue el de una empleadora que quemó con agua hirviendo a su empleada indonesia de 19 años.
Pero la reducción de las denuncias no significa que la violencia o los abusos hayan mermado. Desde 1999, 10 de las 36 caídas fatales protagonizadas por empleadas en los edificios de apartamentos donde trabajaban fueron suicidios, según el Ministerio de Recursos Humanos.
Además de los casos más dramáticos, existen formas de violencia más sutil, como los malos tratos psicológicos y la discriminación.
«En Singapur nos tratan como a mucamas, no como a un miembro de la familia, aunque pasemos más tiempo en el hogar que nuestros empleadores», dijo Johanna, una filipina que obtuvo un empleo doméstico a través de una agencia.
«La mucama debe conocer su lugar. A algunas ni siquiera les permiten tomar alimentos del refrigerador sin permiso de su empleadora», agregó.
«En Singapur existe tal imperativo cultural de jerarquizarlo todo», que «no debería sorprender la existencia de un implícito y palpable régimen de mérito étnico, aplicable también a los extranjeros», sostuvo el sociólogo James Jesudason en un artículo publicado por el diario en lengua inglesa Straits Times.
El elitista Cricket Club de Singapur prohibió en 2000 a una residente británica compartir la cena con la empleada de la familia. La mujer llevó su queja a varios periódicos, iniciando un debate público sobre el derecho del personal doméstico a ingresar a establecimientos deportivos y clubes privados.
Los empleadores requieren características específicas de sus futuras empleadas. «La tendencia es en favor de las empleadas indonesias, porque son más baratas y se quejan menos que las filipinas», dijo Eddy Chua, dueño de una agencia de contratación.
«Recibimos muchas quejas sobre las filipinas, porque son muy sociables y exigen al menos un día libre al mes. Los empleadores se molestan cuando reciben llamadas telefónicas de sus amistades o utilizan el teléfono con frecuencia», agregó el contratista.
Para evitar las críticas de los vecinos asiáticos sobre el tratamiento que reciben sus ciudadanas en Singapur, el gobierno modificó leyes para castigar los abusos a trabajadoras domésticas, y los jueces han actuado con firmeza en los casos que llegan a los tribunales.
El fallo del juez Yong recordó que «una empleada vende sus servicios, no su persona. Un empleador no debe explotar su dependencia del alimento y el alojamiento, porque estos son derechos humanos básicos».
Algunos afirman que la presencia continua de la empleada hace que los padres y las madres pasen mucho menos tiempo en sus hogares y dependan más de la ayuda externa.
Pero Alvin Tan, una adolescente que convive con una empleada desde hace dos años, aseveró que «tener una mucama hizo la vida mucho más fácil para mi familia. Su papel es el de asistente y maestra en la casa, nos enseña cómo hacer algunas tareas y se ocupa de que la comida esté lista».
«Nuestra empleada está muy cerca de nosotros y nos cuenta cómo vivía en su país, es como una hermana mayor para mí y para mi hermano», dijo Tan. (FIN/IPS/tra-en/gjc-ks/js/lp/dc/lb hd/02


