Una pequeña pero poderosa red de funcionarios ultraderechistas, analistas y formadores de opinión logró importante peso en la política exterior de Estados Unidos, que le permitió incluso acuñar el calificativo «eje del mal» para identificar a tres países que podrían ser objetivos de guerra.
David Frum, redactor de discursos de la Casa Blanca y autor de la expresión «eje del mal» en la cual el presidente George W. Bush colocó a Irán, Iraq y Corea del Norte, abadonará su cargo para ingresar al derechista American Enterprise Institute (AEI).
La frase encendió una tormenta diplomática pues definía los próximos objetivos militares de la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo.
De igual modo, el AEI es desde hace tiempo el origen de provocaciones, dirigidas particularmente por agentes de inteligencia del Departamento de Estado (cancillería) y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Buena parte de la frustración del secretario de Estado Colin Powell, y de los gobiernos árabes aliados a Washington, se debe a que Bush adoptó virtualmente todas las posiciones políticas del unilateralista AEI sobre el conflicto de Medio Oriente, como la oposición al proceso de paz iniciado en 1993.
Nunca antes el AEI y su experto en política exterior, Richard Perle, tuvieron tanto eco en el gobierno.
La definición del «eje del mal» y sus consecuencias políticas, es decir la opción de ataques militares preventivos contra Corea del Norte, Irán e Iraq, constituye un gran triunfo para el AEI, que desde hace años critica los intentos occidentales de comprometer a esas naciones en la pacificación y el desarme.
El AEI y Perle —presidente del Consejo de Política de Defensa del Departamento de Defensa y analista independiente— emergen como la piedra fundamental del «eje de la instigación», una pequeña pero potente red de funcionarios, agentes de inteligencia y analistas.
Al contrario que el eje del mal, los miembros del eje de la instigación comparten la apasionada convicción de que Estados Unidos tiene una misión divina y redentora, así como de la cobardía moral de los liberales y las elites europeas.
Creen también en la necesidad existencial de respaldar a Israel del «odio implacable», como escribió Frum, de palestinos, árabes y musulmanes, y, sobre todo, confían en la primacía del poder militar.
Dentro del gobierno muchos profesan este credo, como el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz y el secretario adjunto para Política, Douglas Feith, cuyos vínculos con la derecha israelí lo llevaron a repudiar el acuerdo de paz con Egipto, firmado en Camp David en 1978.
El jefe de personal del vicepresidente Dick Cheney, Lewis Libby, y varios integrantes del Consejo Nacional de Seguridad también pertenecen al «eje de la instigación», que logró el nombramiento del vicepresidente del AEI, John Bolton, como secretario adjunto para el control de armas y seguridad internacional.
Bolton aprovechó su cargo para minar en forma sistemática gran parte de la arquitectura mundial del control de armamentos.
Fuera del gobierno, este sector incluye el Centro de Política de Seguridad, el Instituto Judío para Asuntos de Seguridad Nacional y el Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense, las páginas editoriales del diario The Wall Street Journal y de la revista Weekly Standard, financiada por el acaudalado Rupert Murdoch.
También estrechan filas en el «eje de la instigación» los columnistas Charles Krauthammer, A.N. Rosenthal y Michael Kelly.
Michael Ledeen y Reuel Marc Gerecht, del AEI, han utilizado el espacio de opinión de ambos medios de prensa para agitar en favor de la inclusión de Irán e Iraq en la política de «remoción de regímenes», como la que Washington llevó a cabo contra el movimiento fundamentalista Talibán, en Afganistán.
«Irán está pronto para volar por los aires. El pueblo iraní necesita sólo una chispa de coraje de Estados Unidos para encender las llamas de la revolución democrática», escribió Ledeen en noviembre, citando informes de manifestaciones pro estadounidenses en territorio iraní.
«Rumbo a Irán» fue el título de una columna de Gerecht en el Weekly Standard.
Otros dos integrantes del AEI, Nicholas Eberstadt y James Lilly, también ex funcionario de la CIA, han sido dos de las voces más firmes contra el diálogo entre Corea del Sur y del Norte.
Ledeen fue uno de los principales promotores de la teoría que responsabilizaba a Moscú del intento de asesinar al papa Juan Pablo II, en 1981, pese a que la CIA no pudo hallar ninguna evidencia para sostenerla.
Más tarde, Perle argumentó, con respaldo del Wall Street Journal, que Iraq estaba involucrado en el atentado contra el World Trade Center, perpetrado en 1993 por militantes islámicos, pese a que ni la CIA, ni la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) pudieron hallar ningún vínculo entre los extremistas y Bagdad.
El presidente de Iraq, Saddam Hussein, también fue blanco de una ofensiva para endilgarle la responsabilidad de los atentados del 11 de septiembre, por los cuales Washington acusa al saudita Osama bin Laden.
«Alguien enseñó a esos suicidas a volar grandes aviones. No creo que pueda hacerse sin la asistencia de gobiernos importantes», dijo Perle a la prensa el mismo 11 de septiembre.
Esa misma semana, Perle y Wolfowitz organizaron una reunión del Consejo de Política de Defensa para discutir el derrocamiento de Saddam Hussein y enviar a Europa al ex agente de la CIA James Wollsey, encargado de recoger información sobre la conexión de Bagdad con los hechos del 11 de septiembre.
En los meses subsiguientes, Perle y sus socios citaron encuentros en Praga entre agentes iraquíes y los presuntos responsables de los ataques, como prueba de ese vínculo.
También se refirieron a iraquíes disidentes dispuestos a testificar sobre un complot con árabes no iraquíes entrenados para secuestrar aviones comerciales a punta de cuchillos.
Mientras tanto, la CIA y el FBI concluían que el presidente iraquí dejó de promover actos terroristas contra objetivos occidentales a comienzos de los años 90.
A fines de diciembre, Perle comprendió que su teoría ya no era válida. En una columna en The New York Times, aseveró que al igual que bin Laden, «Saddam odia a Estados Unidos con deseo de venganza» y su voluntad de obtener armas de destrucción masiva justifica una acción preventiva para derrocarlo, «antes de que sea demasiado tarde».
Un mes después, Bush suscribió al pie de la letra ese argumento, afirmando en su discurso sobre el Estado de la Nacional que el desarrollo de armas estratégicas por parte de regímenes hostiles —el «eje del mal»— constituye el mismo peligro que el terrorismo internacional.
«No esperaré los hechos, mientras el peligro crece. No me quedaré quieto mientras el riesgo se acerca», dijo Bush. (FIN/IPS/tra-eng/jl/aa/dc/ip/02


