Los habitantes del pueblo cubano de La Pista rogaron a Dios, a una larga lista de orishás y hasta al presidente Fidel Castro cuando el huracán Michelle destruyó sus casas el 4 de noviembre.
Las viviendas que quedaron en pie en esa localidad del municipio de Jagüey Grande, en la provincia de Matanzas, unos 200 kilómetros al este de La Habana, podían contarse con los dedos de una mano. En total, fueron derribadas 233 casas.
Pasados algo más de cuatro meses, la vida parece haber cambiado para siempre en ese lugar, considerado «un barrio casi marginal» por Carmen Fernández, representante de la Federación de Mujeres Cubanas.
«Tuvimos que evacuar a todo el mundo cuando se decretó el alerta ciclónico. Aquí casi todas las casas estaban en muy malas condiciones», dijo a IPS Fernández, cuya organización es cercana al gobierno.
Donde antes podía encontrarse una casa de madera y piso de tierra, en muy mal estado, sin baño ni agua corriente, ahora comienza a levantarse una vivienda de bloques, piso de cemento, persianas metálicas e instalaciones sanitarias.
La Pista, con algo más de 1.000 habitantes, fue creciendo durante años como una prolongación del asentamiento de la fábrica de azúcar Australia, principal fuente de empleo de la población masculina de la zona.
«Trabajar fuera del hogar se vuelve más difícil» para las mujeres, según Fernández, pues las opciones se concentran en la agricultura cañera y también en la cítrica. En este último caso, las plantaciones están más distantes.
Los vecinos construyen, se ayudan unos a otros y cuidan los materiales que el Estado les entrega sin pedir, por el momento, nada a cambio. Una vez construida, la nueva casa será tasada y el dueño podrá pagarla en cuotas en un plazo de 20 años.
«Sesenta por ciento de la inversión será subsidiada por el Estado. Por cada metro cuadrado de sus casas, las familias pagarán 60 pesos», explicó el presidente del gobierno provincial de Matanzas, Nilo Díaz. El dólar se cotiza a 26 pesos en las casas de cambio del Estado.
Las 166.000 viviendas dañadas total o parcialmente por el huracán deberán estar prontas antes del 4 de noviembre, según ordenaron las autoridades.
Los damnificados que están arreglando su casa o construyendo una nueva siguen recibiendo su salario. Los casos de mujeres solas o adultos mayores son solventados por la seguridad social, que paga a un constructor para que se haga cargo del trabajo.
«Lo que no veo por ningún lado es una escuela. Este pueblo no tiene ni escuela, ni comercio, ni centro gastronómico», comentó el albañil René González, quien se trasladó a La Pista desde la localidad donde vive, a más de 500 kilómetros de distancia.
Pero cualquier inversión de ese tipo quedará para más adelante.
«La prioridad en este momento es la vivienda, que es el peor problema que tenemos», afirmó Díaz, quien indicó que 28 por ciento de las casas de Matanzas resultaron dañadas por el huracán. Unas 63.000 casas están «en regular o mal estado», agregó.
El huracán Michelle, considerado el peor que pasó por Cuba en más de 50 años, atravesó la isla de sur a norte con vientos de más de 200 kilómetros por hora y afectó a 10 provincias. Matanzas fue la más castigada.
Las pérdidas económicas ascendieron en todo el país a 1.800 millones de dólares, 145 millones de los cuales correspondieron a Matanzas. Recuperar lo perdido en esa provincia requerirá más de 300 millones de dólares, sostuvo Díaz.
Matanzas se quedó sin electricidad, sin comunicaciones telefónicas ni señales de radio y de televisión. Los servicios todavía no fueron recuperados del todo y quedan por reparar cientos de instalaciones de salud, educacionales, deportivas y culturales.
Además, fue severamente dañado el mayor plan citrícola de Cuba, situado en Jagüey Grande. Sólo pudieron recuperarse 60.000 toneladas de cítricos de las 369.000 toneladas que se destinarían fundamentalmente a la exportación.
El desastre llevó al primer ofrecimiento de ayuda humanitaria realizada por Estados Unidos a Cuba desde el triunfo de la revolución en 1959. En tanto, un informe de agencias de la Organización de las Naciones Unidas pronosticó una crisis alimentaria para 2002.
Sin embargo, hasta el momento, la peor situación es afrontada por la población que perdió su techo, parte de las paredes o toda su casa.
De las 166.000 viviendas dañadas total o parcialmente, 55.000 se ubican en Matanzas, donde fueron destruidas 7.456 casas por la fuerza de los vientos o del mar, detalló Víctor Ramírez, director del Instituto Nacional de la Vivienda.
María Victoria Abreu, empleada en una emisora de radio, volvió a su casa tras el paso de Michelle para encontrarse que el mar le «había tumbado la cocina y el baño». Junto a ella vivían otras 10 personas, entre ellas sus dos nietos.
Abreu y otras familias de la ciudad de Matanzas que perdieron sus casas durante el huracán trabajan ahora en la construcción de lo que será un nuevo reparto, con 133 viviendas, situado bien lejos del peligro de las penetraciones mar en tierra.
Las condiciones para los damnificados son las mismas que en La Pista, pero se trata de un caso excepcional. «Hacer asentamientos nuevos lleva muchos recursos en instalaciones hidráulicas y eléctricas», aclaró el presidente del gobierno provincial. (FIN/IPS/da/dm/dv pr/02


