/BOLETIN-AMBIENTE/ ANTARTIDA: Gigantesco desprendimiento de hielo

Un bloque de 3.200 kilómetros cuadrados se desprendió de la barrera de hielo Larsen, en la Antártida, en coincidencia con uno de los veranos más cálidos en la región, advirtieron científicos argentinos.

El desprendimiento de la barrera en el mar de Weddell, que seguramente flotará en trozos durante algunos años hasta fundirse en el agua salada, responde a un incremento de la temperatura restringido a la península Antártica, frente al extremo austral de América, dijeron los científicos.

No se esperan por el momento avances de mar sobre las costas del planeta, ni siquiera en las de la península Antártica, pues el fenómeno es «regional y no global», aclararon los expertos, que constataron, además, cambios en la flora y fauna del lugar.

«Lo que nos llamó poderosamente la atención fue la rapidez del fenómeno», porque el lugar «donde habíamos acampado en septiembre, una zona que fue de hielo por 12.000 años, en marzo ya era mar con ballenas que saltaban con toda libertad», describió a IPS el geólogo argentino Hernán De Angelis.

De Angelis y el glaciólogo Pedro Skcvarca, ambos expertos del Instituto Antártico Argentino, habían registrado ya en septiembre un aceleramiento dramático del desplazamiento y reducción de la barrera Larsen. Pero la desintegración se aceleró de manera dramática en apenas dos meses.

Imágenes satelitales fueron difundidas en los últimos días por institutos científicos de otros países, pero De Angelis y Skcvarca estuvieron sobre el hielo y luego sobrevolaron la zona apenas a 100 metros de altura para tomar fotografías y medir los cambios.

«En septiembre habíamos notado fenómenos muy anómalos. La velocidad del desplazamiento de la barrera, que fue de un metro diario por 12.000 años, era ahora de 1,30. Una zona de 800 kilómetros cuadrados había colapsado y la temperatura era la más elevada, en promedio, en casi un siglo», explicó el geólogo.

«La aceleración era un presagio claro de la desintegración de la barrera», añadió. Cuando la temperatura se eleva, el agua entra por las grietas de la placa de hielo y provoca así fracturas internas que la desestabilizan, explicó.

Los cambios observados los decidieron a regresar a la Antártida en febrero y permanecer allí hasta este mes. Pero el mal tiempo impidió sobrevolar la zona en el momento del colapso.

Al regresar, el paisaje era «desolador», dijeron. «Donde hubo una plataforma de hielo de 230 metros de altura, ahora había mar», manifestó De Angelis. La superficie desprendida es 16 veces mayor a la ciudad de Buenos Aires, calcularon los expertos.

«La barrera se había hecho añicos. El colapso tenía características dramáticas», aseguró Skcvarca, quien ha trabajado a lo largo de más de 20 años en la extensa, helada y monótona superficie del continente antártico, prácticamente deshabitado.

Las barreras de hielo son glaciares (masas que descienden por diferencias de altura, como si fueran ríos), pero no están apoyadas sobre la roca sino que fluyen apenas sobre el mar. Sus desprendimientos se desplazan como témpanos y se funden gradualmente, a medida que aumenta la temperatura del agua.

Las barreras necesitan condiciones de mucha estabilidad, según los científicos. Los expertos argentinos consideraron que la desintegración de este enorme trozo de barrera, que cambió el mapa de la costa de la península Antártica, es un signo de que se avecinan cambios muy dramáticos.

Skvarca y De Angelis aclararon que la fusión de la barrera no alteró el nivel del mar, ni siquiera en la propia península antártica, porque las barreras están en equilibrio con el mar. El problema es que sus desprendimientos dejan a los glaciares expuestos al oleaje, lo que acelera su erosión más rápida.

«En el último vuelo que realizamos, en marzo, vimos que la barrera desapareció a lo largo de al menos 200 kilómetros. Se ven los glaciares y la roca expuesta, ahora bañados directamente por el mar de Weddell», observó Skcvarca.

Si bien aclararon que no son climatólogos, advirtieron que el fenómeno podría estar relacionado con el recalentamiento del planeta como consecuencia del «efecto invernadero», atribuido por la mayoría de los expertos a la liberación de dióxido de carbono en la atmósfera por la quema de combustibles fósiles.

En este sentido, recordaron que los llamados «testigos de hielo» (masas con una antigüedad de 500.000 años) registran que el contenido de dióxido de carbono en la atmósfera aumentó 30 por ciento en los dos últimos siglos y en forma más acelerada desde la segunda mitad del siglo XX, con el alto desarrollo del transporte automotor.

Sin embargo, insistieron en que los cambios de temperatura que produjeron la pérdida de la barrera son «regionales» y que no se registran ni aun en el resto de la Antártida —continente de unos 13 millones de kilómetros cuadrados—, donde la temperatura se mantiene estable y aún baja muy levemente.

En la región de la península, el verano fue el más calido del siglo, si se consideran las temperaturas promedio, o de los últimos 30 años, de acuerdo con las máximas.

En la base Marambio, de la fuerza aérea argentina, «hubo días de 12 grados», aseguró De Angelis, sorprendido porque trabajó en mangas de camisa y hasta sintió calor al aire libre.

«Si a nivel global se registrara un incremento de la temperatura de dos grados, sería algo absolutamente catastrófico, afectaría a todo el mundo y no habría ningún glaciar», consideró Skcvarca, al explicar que la ola cálida se limitó a la península Antártica.

Pero el comportamiento de las barreras y los glaciares en estos últimos meses fueron acompañados por cambios en el ecosistema antártico. Una flora y fauna nuevas se observan ahora, tras el aumento de la temperatura.

«Observamos unos musgos enormes y animales nunca vistos allí, como cisnes de cuello negro y lobos marinos, así como también un aumento (de la población) de otras especies ya conocidas», dijo De Angelis.

Los expertos trajeron fotografías de lagunas y hasta de una cascada de más de 30 metros que comienza en lo alto de la plataforma de hielo y cae al mar, un paisaje al que describieron como «increíble» y «nunca visto» en esa zona.

Skcvarca nunca creyó que tendría oportunidad de ver algo así. «En 41 días apenas se perdió 33 por ciento de una barrera que tiene 12.000 años y pudimos verlo», indicó. «Eso es un privilegio para un glaciólogo.» (FIN/IPS/mv/mj/en/02

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