Los políticos de Argentina viven hoy atemorizados por el llamado «escrache», manifestación espontánea de repudio a dirigentes de diversos partidos que, en algunos casos, son incluso agredidos físicamente.
El escritor y ex embajador en Francia Jorge Asís fue agredido en la madrugada de este viernes por los comensales de un restaurante al que había concurrido con su esposa. Fue abucheado e insultado, hasta que un grupo se acercó a él y lo empujó contra una mesa.
La mesa se quebró por el impacto de la caída y Asís debió ser retirado del lugar en una ambulancia. Tras hacer la denuncia policial, el escritor —defensor de la gestión del ex presidente Carlos Menem (1989-1999)— fue asistido por heridas en la espalda y en el tórax que le impedían respirar con normalidad.
Los escraches reflejan el hartazgo de los argentinos ante una prolongada crisis económica y social sin vías de solución y la persistente impunidad de la corrupción política, según analistas. «Los políticos son vistos por los ciudadanos como sus victimarios», describió la psicoanalista Eva Giberti.
Expertos y periodistas recomendaron una «depuración» de la actividad política, al participar en seminarios que analizaron el fenómeno en las últimas semanas, organizados por la Fundación Jean Jaurés, auspiciada por la Embajada de Francia, y la Konrad Adenauer, vinculada con la Democracia Cristiana alemana.
Los escraches fueron ideados por la organización Hijos, integrada por hijos de desaparecidos durante la última dictadura (1976-1983), que comenzó a fines de los años 90 a concentrarse frente a los domicilios de militares que intervinieron en la represión ilegal para que sus vecinos los identificaran.
Pero estas protestas se extendieron en diciembre a los políticos en general, y no siempre son organizadas con anterioridad: muchas veces son espontáneas.
Las personas comienzan a gritar, insultar, silbar y batir palmas al advertir la presencia de un dirigente en un lugar público, y en algunos casos lo agreden si pretende permanecer allí.
Horas más tarde del escrache sufrido en la madrugada de este viernes, Asís fue nuevamente agredido frente a un grupo de periodistas que lo esperaban en la puerta de su casa por un transeúnte que le gritó «farsante» y lo empujó hasta obligarlo a guarecerse en el edificio.
«Fue un hecho banal, con raptos de una violencia verbal inusitada, una vejación, una humillación», dijo luego Asís, quien recibió durante la presidencia de Menem un salario de un gobierno provincial sin hacer ningún trabajo a cambio y era conocido por su frecuente presencia en los medios de comunicación.
El episodio ocurrió menos de una semana después de la agresión al economista neoliberal y ex funcionario de la dictadura Roberto Alemann, de 80 años, insultado y empujado frente a las cámaras de televisión cuando intentaba ingresar a un banco donde ahorradores reclamaban por sus depósitos, retenidos desde diciembre.
Funcionarios, ex funcionarios y legisladores conocidos soportan por estos días tantas muestras de repudio y agresiones que tienen miedo de salir a la calle. Algunos piden custodia especial y otros destinos diplomáticos en el extranjero.
El ex presidente Fernando de la Rúa, quien renunció el 20 de diciembre pasado al cabo de dos días de saqueos y protestas que concluyeron con 30 muertos, está practicamente recluido en una residencia de fin de semana en la provincia de Buenos Aires.
De la Rúa debió abandonar un supermercado hace pocos días sin hacer la compra que preveía. Lo mismo le sucede a Menem, su antecesor, quien se siente «preso» dentro de su país.
Ante la rabia de los argentinos con su dirigencia política, el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, ordenó este mes colocar un vallado de más de dos metros de altura en torno de las oficinas del cuerpo legislativo.
Sólo un diputado, el izquierdista Luis Zamora, logra mezclarse entre los ciudadanos sin ser repudiado. Zamora renunció a la jubilación especial que le correspondía al finalizar un mandato anterior como legislador en los años 90, y se dedicó a vender libros hasta su elección en 2001.
Los insultos dirigidos por ciudadanos enojados a políticos en la calle comenzaron en diciembre, luego de la espontánea protesta que derivó en la renuncia de De la Rúa en medio de la más grave crisis política, social y económica de la historia del país.
Uno de los primeros en sufrir ese tratamiento fue Rodolfo Barra, quien durante el gobierno de Menem fue ministro de Justicia y miembro de la Corte Suprema. El ex funcionario fue repudiado en diciembre en un café. Barra se afeitó su barba característica y cambió notablemente su apariencia para evitar nuevas agresiones.
Luego fue el turno del ex funcionario del Ministerio de Economía Horacio Liendo, quien recibió al bajar de un taxi una golpe de puño que le sacó los lentes. Lo siguió el ex secretario de Seguridad Interior Enrique Mathov, hoy procesado y detenido por la represión a manifestantes el día de la renuncia de De la Rúa.
La forma más habitual de repudio se manifiesta cuando los dirigentes ingresan a restaurantes y bares, pero también en estadios, canchas de golf, espectáculos y aeropuertos, e incluso en sus provincias de origen. A veces, el rechazo se expresa frente a las legislaturas o a las viviendas de los políticos.
Lejos de la reverencia con que eran recibidos hasta hace poco en los lugares públicos, la mayoría de los políticos ahora encuentran tanta resistencia en la calle que muchos de ellos se sienten presos en su casa, su despacho y en su automóvil.
El canciller Carlos Ruckauf, ex vicepresidente de Menem, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires y ex embajador en Italia, fue insultado en febrero por pasajeros de un vuelo de la empresa Aerolíneas Argentinas que no querían compartir con él el viaje de Madrid a Buenos Aires.
Insultos similares recibió el senador Eduardo Menem, hermano del ex presidente, en un aeropuerto de la provincia de Catamarca donde, según su versión, un viajero lo insultó. El agresor y otros testigos aseguraron que el senador replicó con golpes y empujones.
La reacción violenta de Eduardo Menem ocurrió pocos días después de que el ex presidente y actual senador Raúl Alfonsín (1983-1989) se defendiera de la misma forma en la puerta de su casa, cuando un grupo de vecinos se acercaron con pancartas para repudiarlo en un escrache organizado por una asamblea del barrio.
Alfonsín, de 75 años, respondió a los cánticos con golpes de puño. El ex presidente, pese a haber sido el agresor en este caso, recibió la «solidaridad» de políticos y de dirigentes extranjeros como el ex presidente español Felipe González.
El abogado constitucionalista Daniel Sabsay opinó que la reacción a su juicio «errada» de los ciudadanos «es producto de otro gran mal, que es la impunidad y el mal funcionamiento de las instituciones».
Un famoso restaurante de la central provincia de Mendoza colgó un cartel que reza «prohibida la entrada a políticos».
Una manifestación de repudio realizada en enero frente a la casa de una diputada nacional en la localidad de Junín, provincia de Buenos Aires, concluyó cuando una bala disparada dentro de la vivienda impactó en un manifestante, que resultó con heridas graves.
La víctima permanece aún hospitalizada. El hijo de la legisladora, que reconoció haber pretendiendo lanzar «un disparo al aire», goza actualmente del beneficio de la detención domiciliaria.
Los manifestantes aseguraban que la diputada acumuló un patrimonio enorme desde que llegó a su escaño, a pesar de que sólo tenía entonces como oficio el de pedicura. (FIN/IPS/mv/mj/ip/02


