La reanudación de los combates en Afganistán este mes sorprendió a Estados Unidos y a todos aquellos que daban por terminada la guerra en ese país centroasiático tras la expulsión del gobierno del movimiento Talibán y el debilitamiento de la red terrorista Al-Qaeda.
Tres hechos separados pero interrelacionados indican las dificultades emergentes en el devastado Afganistán para lograr la estabilidad.
La primera señal se produjo el 2 de este mes en la última operación aérea y terrestre de Estados Unidos para acabar con los restos de Al Qaeda y Talibán, unos 40 kilómetros al sureste de la ciudad oriental de Gardez, cerca de la frontera con Pakistán.
Allí, Estados Unidos perdió su primer helicóptero por «fuego enemigo». Se reportaron siete muertos y varios heridos.
Previamente, granadas lanzadas con cohetes habían alcanzado otro helicóptero Chinook MH-47, causando una baja. Otro soldado estadounidense y cinco de fuerzas afganas aliadas fueron muertos por fuego enemigo terrestre.
La actual ofensiva terrestre de Estados Unidos es la mayor en lo que va de la guerra, con la participación de al menos 1.000 asesores de ese país y numerosas tropas afganas, destinadas a combatir a un resistente grupo restante de Al-Qaeda y Talibán.
El número de integrantes de ese grupo fue estimado entre varios cientos y 2.000, aparentemente reagrupados en cuevas y refugios subterráneos en la nevada cadena montañosa de Amra, a más de 3.000 metros de altura.
Hasta ahora, Estados Unidos afirma haber provocado unas 500 bajas enemigas.
La intensidad del conflicto se refleja en el uso por primera vez de bombas termobáricas BLU-118S, de casi una tonelada de peso, cuya explosión saca el aire de las cavernas y ahoga a los que están adentro.
La bomba es capaz de penetrar profundamente en la tierra y alcanzar cuevas y refugios desconocidos en el marco de la Operación Anaconda, llamada así por la serpiente que mata a sus víctimas por asfixia.
Una segunda señal de la ampliación de la «guerra contra el terrorismo» es el envío de 200 miembros de las fuerzas especiales de Estados Unidos a Georgia, cerca de Chechenia, y otros 100 a Yemen, en la península arábiga, para entrenar fuerzas locales en el combate al terrorismo.
Aunque el canciller ruso Iván Ivanov advirtió que la presencia de Estados Unidos en el Cáucaso agravaría la situación, el presidente Vladimir Putin dejó claro el respaldo de su gobierno a «la guerra contra el terrorismo (en Georgia), sin importar quién participe de ella».
Mientras, no hay señales del saudí Osama bin Laden, líder de Al- Qaeda y principal sospechoso de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, ni del mulá Omar, el líder supremo del grupo fundamentalista islámico Talibán, que gobernó Afganistán entre 1996 y 2001 y brindó refugio a Bin Laden.
Según el ministro del Interior de Afganistán, Yunas Qanooni, los dos hombres más buscados del mundo «cambian constantemente de lugar» y están «a veces en Afganistán, a veces más allá de las fronteras».
Entre tanto, surgieron las primeras críticas dentro de Estados Unidos sobre la conducción de la «guerra contra el terrorismo» y sus logros.
El líder de la mayoría del opositor Partido Demócrata en el Senado, Tom Taschle, dijo el 28 de febrero que «la guerra carece de dirección y de límites, y podría convertirse en un fracaso si Osama bin Laden no fuera capturado o ejecutado».
En tercer lugar, los problemas financieros continúan azotando a Afganistán pese a las numerosas gestiones diplomáticas del primer ministro interino, Hamid Karzai, para movilizar el respaldo internacional para la reconstrucción de su país mediante continuos viajes.
En Teherán, que prometió 560 millones de dólares, Karzai rechazó la afirmación de Washington de que Irán forma parte de un «eje del mal» junto con Iraq y Corea del Norte.
«Irán es un amigo y no interfiere con los asuntos de Afganistán», declaró Karzai, y agregó que ambos países «tienen una cultura y un lenguaje común, y esos lazos hacen eterna nuestra amistad».
Sin embargo, el gobierno interino está descubriendo que las promesas de ayuda financiera no significan dinero en la mano.
El enviado especial de la Organización de las Naciones Unidas a Afganistán, Lajdar Brahimi, pidió el 28 de febrero 1.100 millones de dólares de los 4.500 millones prometidos para la reconstrucción afgana en la conferencia internacional de Tokio, en diciembre.
La ayuda reclamada se destinaría a más de 300 proyectos a desarrollar este año.
También existen diferencias entre Afganistán y la comunidad internacional en cuanto al papel y las dimensiones de la Fuerza Internacional de Asistencia de Seguridad (ISAF), de 4.500 hombres, establecida en Kabul.
Karzai pretende una fuerza mayor que pueda desplegarse también fuera de la capital, una idea resistida por la mayor parte de la comunidad internacional.
ISAF está concentrada en el entrenamiento del Ejército Nacional Afgano. Está prevista la realización de una conferencia de 200 comandantes nacionales para revisar y planificar las necesidades de dicho ejército.
El factor económico es una de las razones por las que la producción de opio, casi terminada en los últimos días de Talibán, se reanudó y ahora es un «negocio floreciente», según el informe anual del Departamento de Estado estadounidense.
La producción de opio, que alcanzó 3.656 toneladas en 2000, se redujo a apenas 74 toneladas en 2001, y casi en su totalidad en el territorio controlado por la entonces opositora Alianza del Norte, no por Talibán.
Aunque Karzai prohibió esos cultivos, «carece de la fuerza para hacer cumplir la prohibición, por lo tanto debe trabajar con centros de poder locales y con la comunidad de donantes para hacerla respetar», dice el informe del Departamento de Estado.
El informe sobre derechos humanos del mismo organismo, publicado el día 4, fue más positivo hacia el gobierno pos-Talibán en Afganistán.
En Año Nuevo o «Nauroze», que se celebra el 21 de marzo en coincidencia con el comienzo de la primavera, los afganos festejarán la derrota de Talibán, que había prohibido la celebración.
El punto más alto de la festividad será el regreso desde Roma del ex rey Zahir Shah, 29 años después de su expulsión en un golpe militar perpetrado por su primo, el príncipe Daud Khan. (FIN/IPS/tra-en/mh/js/mlm/ip/02


