DESARROLLO-ARGENTINA: Clase media sufre crisis de identidad

La tradicional clase media argentina vive hoy una silenciosa crisis de identidad. Aquel sector homogéneo y con sueños de prosperidad estalló en fragmentos, y la mayor parte cayó en la franja de los más pobres.

La estadística —que no refleja la angustia por la caída de la calidad de vida— informa que 48,2 por ciento de los argentinos con ingresos inferiores al nivel de subsistencia perteneció a la clase media. Por eso, los expertos los clasifican como «nuevos pobres» o «pobres por ingresos».

A principios de los años 90, la hiperinflación fue la causa principal de las angustias. Hoy lo es el alto desempleo. Trabajadores sociales que asisten a personas sin techo aseguran que ya hay una categoría de «nuevos deambulantes» jóvenes, varones, con instrucción y originarios de la clase media.

Según la Fundación de Investigaciones sobre Desarrollo Económico, una familia de cinco miembros necesita un ingreso de 1.280 dólares mensuales para asegurarse una canasta básica de bienes y servicios, pero los nuevos pobres no llegan a un ingreso de 490 dólares promedio.

En el otro extremo de la franja media se ubican los «nuevos ricos» o «clase media alta», una minoría que en los años 90 mejoró su calidad de vida incluso por encima de lo esperado.

«Viajan a Europa, tienen casas en countries (barrios residenciales caros en las afueras de la ciudad) y automóviles importados», explicó el analista y encuestador Rosendo Fraga.

En el medio, sobrevive una franja de personas que trabajan como profesionales, comerciantes, maestros y empleados calificados, y que mantienen ingresos estables y un nivel de consumo que, si bien no es el que tuvieron sus padres, al menos les permite seguir aferrados a la clase media.

«La brecha entre alguien que emergió de la clase media tradicional a la media alta, y otro que descendió a la media-baja es hoy tan grande como la que había en los años 60 entre la clase alta y la baja», aseguró Fraga, director del Centro de Estudios Nueva Mayoría.

De acuerdo con el estudio periódico de la consultora Equis, los «nuevos pobres» constituyen el fenómeno de empobrecimiento más profundo y extendido de los últimos años, y también el más ignorado por los gobiernos. Se trata de personas instruidas pero sin empleo o con ingresos muy deteriorados.

En Argentina, con 38 millones de habitantes, ya son 14 millones los que viven en condiciones de pobreza tanto en las ciudades como en el ámbito rural, según informes difundidos este año por el Ministerio de Desarrollo Social.

El sociólogo Artemio López, director de Equis, dijo a IPS que 60 por ciento de los pobres de la ciudad de Buenos Aires reconoce un pasado de clase media. «Viven en casas de material, con buen nivel de instrucción, pero en un contexto de pobres ingresos y declinación socioeconómica», explicó López.

Para el psicólogo social Alfredo Moffatt, director de la cooperativa de ayuda psicológica El Bancadero, el sentimiento de fracaso, desconcierto y miedo a seguir cayendo paraliza a la clase media, que no está acostumbrada —como la tradicional clase baja— a vivir en la pobreza.

«Hay una pérdida de identidad en general, que deprime y angustia a las personas de clase media en lugar de generarles rabia. La educación ya no garantiza el acceso al empleo, los jóvenes no tienen pertenencia y se están viendo entre ellos muchos casos de alcoholismo», alertó Moffatt.

Una minoría de la clase media pudo ubicarse de forma de no descender, agregó. «Son la mano de obra calificada del sistema», criticó el psicólogo social. Se refirió así a gerentes y empleados con altos cargos en grandes empresas, quienes gozan de una alta calidad de vida.

El proceso de pérdida de ingreso de la clase media fue paralelo con la desaparición del estado de bienestar que garantizaba servicios gratuitos de educación y salud de calidad, ofrecía empleos estables y bien remunerados, y servicios (gas, luz, teléfono, transporte y electricidad) con tarifas económicas.

La creciente participación del sector privado en la educación, la salud y otros servicios públicos encareció los gastos en estos rubros en desmedro de otros desembolsos corrientes de la clase media.

Así, restaurantes, paseos, cine, teatro, vacaciones, compra o mantenimiento de automóviles, libros, traslados en taxi, vestimenta o mejoras en la vivienda, fueron parte del sacrificio.

Esta restricción en el consumo de la clase media, que responde a una declinación de más de una década, se agudizó en el último año debido a la fuerte recesión que persiste junto con el alto desempleo, de 15,4 por ciento de la población económicamente activa.

La encuestadora Graciela Romer y Asociados calculó en noviembre que 88 por ciento de la clase media «no pudo ahorrar» en los últimos 12 meses, y lo que es peor, muchos de sus integrantes redujeron el consumo tradicional de esa clase.

De los consultados en el estudio de Romer, 74 por ciento dijeron haber disminuido en el último año sus actividades de esparcimiento, 69 por ciento dejaron de salir de vacaciones y 68 por ciento optan ahora por alimentos de marcas más baratas.

Cincuenta y ocho por ciento dejaron de comprar aparatos electrodomésticos, 56 por ciento tienen dificultades para pagar servicios, 52 por ciento no hicieron arreglos a su vivienda, 44 por ciento dejaron de tomar taxi y 44 por ciento dejaron de invertir en libros y cursos para su desarrollo profesional.

También 28 por ciento suspendieron el servicio de televisión por cable (muy extendido en este país), 22 por ciento se deshicieron del automóvil, 20 por ciento prescindieron del servicio doméstico, y 20 por ciento cambiaron el seguro de salud por uno más barato.

«Conseguí trabajo de profesora en la universidad para tener el seguro de salud», comentó a IPS Rosaura Paulero, psicóloga, casada y con dos hijos. Por ese cargo obtendrá solo 70 dólares al mes, pero ella y su familia podrán acceder al servicio de salud universitario y ahorrar 210 dólares del seguro médico privado.

Pero la educación parece una trinchera característica de un sector social que aún cree que por esa vía lograría oportunidades de desarrollo similares a las de los más ricos: apenas cuatro por ciento cambió o retiró a sus hijos de la escuela privada, según Romer.

Dos parejas de clase media, con dos hijos, comentaron a IPS que el gasto que no están dispuestos a resignar es el de la educación de sus hijos.

Fabián García, dueño de una pequeña heladería, trabaja día y noche en su negocio en épocas de venta fuerte. En invierno, cierra y trabaja como chofer particular. Sus hijos tienen nueve y 11 años y van a una escuela privada bilingüe.

«Es una escuela buenísima. Aprenden inglés y van a un campo de deportes para hacer rugby, hockey, fútbol o atletismo», comentó García mientras con la pala daba forma a la copa de un helado. Deberá vender miles para pagar la escuela. Por cada uno de sus hijos desembolsa 420 dólares al mes.

Lo mismo le sucede a Adriana Oliveira, casada y con dos hijos. Trabaja en un taller de su padre, que confecciona cajas de cartón. Es una empleada más junto con otras tres. Pero, a diferencia de sus compañeras, ella también sale a buscar clientes y carga con la angustia por la recesión reinante.

Su esposo es empleado público. «Nosotros tenemos gastos fijos por 2.000 dólares al mes, y casi la mitad es el colegio de los chicos. A veces estamos tentados de sacarlos, pero yo creo que mientras podamos aguantar tenemos que hacer el esfuerzo porque… ¿a dónde los mandamos?», se preguntó.

Oliveira trabaja ocho horas y dice que «por suerte» en ese tiempo ellos están en la escuela. Al volver todos a la casa, se hace la limpieza, las compras y la comida. «Todos colaboramos porque no podemos pagar a una persona que nos ayude», dice.

Los testimonios, que revelan la preocupación por «salvar» a los hijos del descenso, se completan con las apreciaciones de los consultados por Romer acerca del futuro que la clase media avizora para sus hijos: 75 por ciento creen que el país estará peor o igual en 2001 y 46 por ciento lo ven «estancado» en 2010.

Ya a mediados de año, el Banco Mundial había realizado una encuesta en América Latina según la cual 63 por ciento de los consultados en Argentina aseguró estar viviendo «peor» que sus padres.

Quizás por eso, 50 por ciento de los consultados en la clase media aseguraron a Romer que se iría del país que albergó a sus abuelos inmigrantes, muchos de ellos inmigrantes, y 38 por ciento le aconsejaría lo mismo a sus hijos.

Se abre así un camino de retorno desde la que fue, hace ya casi un siglo, una tierra de promesas, de trabajo y de porvenir. (FIN/IPS/mv/mj/if dv/00

Este informe incluye imágenes de calidad que pueden ser bajadas e impresas. Copyright IPS, estas imágenes sólo pueden ser impresas junto con este informe

Lo más leído

[wpp heading='Popular Posts' limit=6 range='last24hours' post_type='post' stats_views=0 ]