Un triunfo contra la regresión, Trump y los algoritmos en Brasil

La manifestación que cerró la campaña por la reelección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, el 24 de octubre, colmó prácticamente los 2,7 kilómetros de la avenida Paulista, un récord de multitud en el local tradicional de actos políticos en la mayor ciudad de Brasil, de 11,9 millones de habitantes. Imagen: Ricardo Stuckert / PT

RÍO DE JANEIRO – El principal triunfo en las elecciones presidenciales del domingo 25 de octubre en Brasil fue el de la civilización contemporánea, contra la extrema derecha que busca imponerle una regresión en todo el mundo y contra el control imperial de Estados Unidos sobre América Latina.

La reelección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), que obtuvo 51,79 % de los votos válidos en la segunda vuelta, sorprendió el mundo por el vuelco sin precedentes. Es el primer triunfo, en Brasil, de un candidato derrotado en la primera vuelta.

Flávio Bolsonaro, postulado por el ultraderechista Partido Liberal, era el favorito por haber obtenido 47,03 % de los votos válidos en la primera vuelta el 4 de octubre, contra 45,18 % de Lula. Además, sería el destinatario natural de los votos de otros cuatro candidatos derechistas que sumaron 7,6 %.

Un frente ecuménico, sin los partidos, se formó de forma espontánea para impedir la vuelta al poder de la extrema derecha, ante el escarmiento del gobierno de Jair Bolsonaro, entre el primer día 2019 y el último de 2022, recordado por el negacionismo, con el que trató la pandemia de covid-19 -lo que costó 716 000 muertos en Brasil-, el cambio climático o la violencia de género.

Se trata del padre del candidato de este año y un excapitán del Ejército que buscó rescatar como positiva y “democrática” la dictadura militar de 1964-1985. Fundó así una nueva derecha radical en el país, con una creciente popularidad y seguidores de una fidelidad absoluta que lo denominan “el mito”.

Por eso su movimiento es más conocido como “bolsonarismo”. Su liderazgo es incontestable y logra transferir a cualquiera su fuerza electoral. Convirtió en líderes en  votos a sus cuatro hijos varones, a los que comanda incluso desde el arresto domiciliario en que se encuentra por encabezar un intento de golpe de Estado a fines de 2022.

Eligió personalmente a su hijo mayor, el senador Flávio Bolsonaro, como candidato presidencial este año, sin que él tuviese alguna experiencia administrativa, pero si varios escándalos de corrupción que lo hacían vulnerable en una campaña electoral.

Una multitud apoyó al candidato opositor, Flavio Bolsonaro, en la avenida Paulista el 18 de octubre. La persistente reverencia a Donald Trump favoreció las críticas al falso patriotismo del bolsonarismo. Imagen: Rafa Neddermeyer / Agência Brasil

El pasado como utopía

La popularidad de esa nueva ultraderecha se alimenta de un fenómeno que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman denominó “retrotopía”, el pasado como utopía que se afirma en la medida que el futuro parece cada día más oscuro y trágico.

Es un rasgo común a la derecha radical que crece en muchos países y que en Estados Unidos ganó una expresión sintética, el movimiento Maga (Hacer a Estados Unidos grande otra vez).

En Brasil la reverencia al pasado incluye el golpe de Estado que inauguró la dictadura militar en 1964, la moral y las costumbres anteriores a los años 60, la familia tradicional y el tiempo en que las identidades sexuales se limitaban a la masculina y la femenina.

En algunos temas se vuelve aún más atrás. El bolsonarismo rechaza, por ejemplo, el aborto en cualquier caso, incluso cuando se trata de embarazo producto de violación o con riesgo de muerte para la madre, casos admitidos por una ley de 1940.

La diputada bolsonarista Eduarda Campopiano, de 23 años, obtuvo el mayor caudal de votos, con 1,9 millones en el estado de São Paulo en las elecciones de octubre, al oponerse absolutamente al aborto y presentarse como “antifeminista”.

La religión, especialmente para los evangélicos pentecostales y católicos ultraconservadores, grandes promotores del bolsonarismo, suele reforzar el rechazo a los avances civilizatorios que se aceleraron a partir de los años 60.

Y no se limitan a cuestiones morales, sino que involucra la democracia, el ambientalismo, las vacunas, la universidad, el periodismo, las artes, los derechos humanos y de las mujeres, así como el libre acceso a las armas.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, durante su discurso de la victoria en São Paulo la misma noche de la segunda vuelta electoral, el 25 de octubre, abrazado por el diputado André Janones, el «general» del Ejército de Lula, el grupo de Whatsapp que agigantó la campaña digital y movilizó más de diez millones de activistas. Imagen: Paulo Pinto / Agência Brasil

Articulación por las redes sociales

Esa identidad ideológica, territorialmente difusa, solo podría constituirse como un movimiento político al contar con una comunicación diseminada, prácticamente universal como la que permitió el teléfono móvil combinado con las redes sociales.

Por eso esa ultraderecha ganó cuerpo y competitividad electoral a partir de la década pasada, especialmente con el ascenso a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump en 2017.

A la población progresista, o conservadora pero que acompaña la marcha de la civilización, parece incomprensible que tantos, cerca de la mitad de los electores del país, voten en candidatos racistas, homofóbicos, groseros y truculentos, negacionistas del clima y de las vacunas, como Trump y Bolsonaro.

Pero representan una parte a veces mayoritaria de la población que sienten y creen como mejor la vida en aquel pasado en que era normal considerar inferiores a los negros, los indígenas, las mujeres y enfermos a los homosexuales y otras minorías sexuales.

En el lado opuesto, en Brasil, también con sólidas raíces sociales entre los pobres está la corriente laborista que hoy lidera Lula, pero que ganó fuerte expresión política por la acción de Getulio Vargas, presidente entre 1930 y 1945, como dictador, y de 1950 a 1954, esta vez democráticamente elegido.

Las políticas sociales, como el programa Bolsa Familia que beneficia a cerca de 19 millones de familias, el aumento real del salario mínimo cada año, apoyo a la agricultura familiar y a estudiantes pobres, además de acciones contra el hambre y la miseria, consolidaron la popularidad de Lula como el “padre de los pobres”.

Su gobierno sacó Brasil del mapa del hambre de Naciones Unidas en 2025, tras comprobar que menos de 2,5 % de la población nacional no tuvo acceso a alimentos suficientes en los tres años anteriores. El país había logrado eso en 2014, pero volvió al mapa en 2022 bajo el gobierno de Bolsonaro.

Nació así la polarización entre lulismo o petismo y el bolsonarismo desde 2018 y que tiende a prolongarse, por la perennidad y las bases sociales estables que sostienen las dos fuerzas políticas.

La regla de la alternancia apuntaba también al favoritismo de Flávio Bolsonaro, de 45 años, por el desgaste que sufre el gobernante.

Y Lula, que este martes 27 cumplió 81 años, casi siempre tuvo su gobierno de 2023 a 2026 bajo la desaprobación de la población, al contrario de su presidencia anterior de 2003-2010, cuando dejó la presidencia con 83 % de aprobación.

Movilización callejera y digital

Una anciana cargada en los brazos del hijo hasta el centro de votación se convirtió en el símbolo de la masiva movilización de los electores, que operó el milagro electoral de Lula. Los estudiantes iniciaron las manifestaciones callejeras pro Lula que espontáneamente se propagaron por todo el país en las tres semanas entre las dos vueltas electorales.

Eso permitió reducir la abstención de 21,08 % de los electores en la primera vuelta hasta 19,22 % en la segunda, otro récord histórico en Brasil. Significa un aumento 2,96 millones de votantes efectivos, en el universo de 158 millones de electores brasileños, en el país más poblado de América Latina, con 2014 millones.

Se supone que una mayoría de esos nuevos votos se destinaron a Lula, pero es solo una parte de los 10,2 millones de votos nuevos que obtuvo el presidente reelecto en la segunda vuelta. Otra parte vino de los que votaron nulo en la primera vuelta o que cambiaron su voto.

No se preveían esos cambios porque los sondeos y las elecciones anteriores revelan que la polarización entre el lulismo el bolsonarismo está “calcificada”, como definió un experto en las encuestas.

Pero al parecer una alianza informal entre la izquierda y sectores incluso derechistas prefirió sostener la democracia y las políticas socialdemócratas de Lula y evitar los retrocesos civilizatorios.

El general retirado Carlos Alberto dos Santos Cruz, uno de los más condecorados del ejército brasileño que comandó fuerzas de paz en la República Democrática del Congo y en Haití, rechazó como fraude el extremismo de los Bolsonaro y como falso patriotismo su sumisión a los Estados Unidos.

Sus declaraciones ganaron repercusión porque Dos Santos apoyó la elección del Bolsonaro padre en 2018 y fue su jefe de gobierno, con rango de ministro, por pocos meses.

Joice Hasselmann, la diputada más votada en 2018, con más de un millón de votos, rompió en 2019 con el bolsonarismo del que fue lideresa en el Congreso legislativo. Ahora declaró su voto por Lula, en defensa de la democracia, aunque se mantenga como su opositora.


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Otro factor decisivo en el sorpresivo triunfo de Lula, además de la movilización en pueblos y ciudades, fue el uso de la comunicación digital. Por primera vez la izquierda superó la ultraderecha en la difusión de sus mensajes por las redes sociales.

Aprovechó de manera creativa la aplicación Whatsapp, bajo la coordinación del diputado André Janones, que creó un grupo de diálogo, el “Ejército de Lula”, que alcanzó más de 10 millones de participantes, mientras la “Tropa de Flávio”, iniciativa del opositor, se limitó a poco mas de dos millones de seguidores.

La reelección de Lula fue también un triunfo contra las plataformas transnacionales de la comunicación digital, que favorecen la extrema derecha. En la campaña electoral de este octubre, Meta, dueña de las plataformas Facebook, Instagram y Whatsapp, operó contra la candidatura de Lula, como comprobó su propio Consejo de Supervisión.

Hubo fallas técnicas que afectaron más la campaña de Lula, admitió la empresa. Pero su Consejo evaluó como “recurrentes” y “preocupantes” las decisiones que suprimieron mensajes y demoraron respuestas a demandas del candidato progresista.

Lula anunció que hará todo para regular la operación de las llamadas “big techs (grandes tecnológicas)” en Brasil durante su cuarto mandato presidencial, que comenzará el 5 de enero.

Reafirmó así también otro elemento que contribuyó a su triunfo: el soberanismo de Brasil, con una población y una elite muy sensible a ser «el patio trasero» de ningún otro, al contrario del bolsonarismo.

ED: EG

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