La lucha de una conservacionista para salvar el punto crítico tropical de Indonesia

Farwiza Farhan habla sobre la salvaguarda del ecosistema Leuser en una conferencia sobre puntos de inflexión globales, realizada en Kuala Lumpur. Imagen: Zofeen Ebrahim / IPS

KUALA LUMPUR – A Farwiza Farhan, de 40 años, se le iluminan los ojos al instante cuando habla del Ecosistema Leuser, una zona estratégica nacional que abarca un parque nacional, una reserva de vida silvestre, bosques protegidos y otras formas de uso del suelo.

“Es poco común encontrar un territorio tan extenso que permanezca intacto, a pesar de la constante incursión de promotores, la cual está reduciendo el hábitat del tigre, el elefante, el rinoceronte y el orangután”, señala.

Con 2,7 millones de hectáreas, Leuser sigue siendo un valioso refugio para la vida silvestre en un país donde gran parte de los bosques han sido diezmados. “Leuser resiste, y la fauna prospera allí”, afirma con cierto orgullo. “Por eso este territorio es tan increíblemente especial”, añade.

Farhan, conservacionista forestal de Sumatra y directora de la organización Forest, Nature & Empowerment Aceh (HAkA), conversó con IPS en el marco de la Conferencia Global sobre Puntos de Inflexión (Global Tipping Points Conference) 2026, celebrada en la Universidad Sunway, en Kuala Lumpur, del 12 al 15 de octubre.

HAkA trabaja en la protección y restauración de Leuser mediante campañas de conservación y una participación comunitaria significativa.

“Si no prestamos atención, empujaremos a estos animales aún más cerca de la extinción”, advirtió. “Quedan menos de 250 tigres y, tal vez, apenas 100 rinocerontes”, agregó.

Las corporaciones están reduciendo los hábitats de la fauna silvestre, señala Farhan, al mencionar la minería de oro a gran escala y las plantaciones de palma aceitera, algunas de las cuales abarcan hasta 10 000 hectáreas. “Están situadas unas junto a otras y compiten por más espacio del que nadie podría imaginar”, explicó.

Pero la fauna silvestre no es lo único que está perdiendo espacio. Según Farhan, 500 000 personas viven dentro del ecosistema y cinco millones residen en sus alrededores. Sus vidas están estrechamente vinculadas al bosque, el cual aprovechan de manera moderada —consumiendo lo que ellos mismos cultivan—, a diferencia de las empresas mineras y corporaciones que extraen recursos a gran escala.

“Muchas concesiones se ubican cerca de localidades y rutas de transporte, lo que facilita el traslado de mercancías. Sin embargo, cuando se talan los bosques, las comunidades situadas aguas abajo sufren las consecuencias, mientras que las que se encuentran aguas arriba pierden el acceso a sus tierras», afirmó Farhan.

Y añadió que «las empresas de palma aceitera suelen apoderarse de terrenos fuera de las áreas protegidas, desplazando aún más a las comunidades que allí habitan”.

Sin embargo, los costos de la destrucción forestal van más allá de la pérdida de la vida silvestre. Las mujeres de las comunidades que dependen del bosque suelen soportar una carga desproporcionada.

“No les temen a las grandes empresas multinacionales; son verdaderamente combativas en su forma de responder ante corporaciones que saben que les arrebatarán sus tierras y sus bosques. Sienten que estas empresas destruirán poco a poco sus vidas, así que prefieren morir luchando antes que permitir que arrasen su aldea”, señaló.

Farhan fue testigo de cómo reaccionaron las mujeres cuando ocurrió un desastre el año pasado.

“Los desastres obligan a las personas a desplazarse, y es entonces cuando las mujeres se enfrentan a problemas inmediatos de seguridad. En campamentos hacinados, es posible que carezcan de un acceso seguro al agua y al saneamiento, y su privacidad suele verse comprometida», dijo.

Aun así, agregó, «siguen asumiendo la mayor parte de las tareas de cuidado —atendiendo a niños y personas mayores—, al tiempo que, a menudo, pierden sus medios de vida y sus ingresos”.

Ella afirma sentir un “enorme respeto y aprecio” por estas mujeres.

Lamentablemente, estas mismas mujeres, que mantienen un vínculo profundo con el bosque, suelen quedar excluidas de los espacios donde se definen las políticas, precisamente allí donde sus voces son más importantes, señaló.

Una orangutana con su cría. Imagen: Anton Leddin / Wikimedia

Farhan pudo constatar sus conocimientos y su papel en la toma de decisiones durante las catastróficas inundaciones y deslizamientos de tierra que afectaron a Aceh el pasado mes de noviembre, provocados por lluvias torrenciales. “Ellas comprendían la realidad local y fueron las primeras en movilizarse y responder”, destacó.

Y, aunque muchos ven a un grupo de mujeres reunidas y asumen que están chismeando, Farhan, en tono de broma, lo denomina “mapeo de partes interesadas”.

“Saben quién hace qué, qué miembros de la comunidad los han traicionado al aceptar sobornos de empresas, y saben exactamente qué hacer cuando eso ocurre. Las mujeres mayores son las mejores: poseen sabiduría y se han ganado el respeto; ya lo han visto todo antes», dijo la conservacionista.

Y añadió: «Son ellas quienes sostienen a sus comunidades. A veces, una mujer mayor se acerca a un joven que participa en la tala ilegal y le pregunta: ‘¿De quién eres hijo?’. Esa pregunta tiene un peso enorme”.

Trabajar con las comunidades ha llevado a Farhan a adoptar una actitud de humildad.

“Nuestra formación nos enseñó a hablar de cierta manera, pero no a escuchar. Creo que debemos dedicar más tiempo a escuchar de verdad a las comunidades. A veces, por el hecho de tener estudios, creemos que estamos ahí para educar; pero, en realidad, la gente local conoce y comprende sus propios problemas, y tiene las soluciones”, agregó Farhan.

Pasar un día a solas en una aldea fue suficiente para que se diera cuenta de que la situación la superaba por completo. “Quedarme sola en el bosque me hizo ver con qué rapidez podría perderme si no contara con las herramientas adecuadas”, reconoció.

Aunque tiene ascendencia acehnese, no se siente cómoda identificándose como indígena, ya que ni ella ni su familia han sufrido la discriminación ni la falta de oportunidades a las que se enfrentan las comunidades indígenas.

“No puedo decir que haya vivido esas experiencias de primera mano”, comentó, reconociendo que su formación le ha brindado privilegios de los que otros han carecido. “En cuanto a mi identidad, me siento confundida”, reconoció.

Aun así, afirma comprender su lucha y apoyarlos. No obstante, asegura que no utilizaría esa “carta de la identidad indígena” para acceder a fondos u oportunidades destinados a ampliar las posibilidades de los pueblos indígena.

A su juicio, “sería injusto para quienes realmente atraviesan esas dificultades y se esfuerzan al máximo por conseguir tales oportunidades”.

Bióloga marina de formación, también se inscribió en un programa de doctorado en antropología, que más tarde abandonó. “Creé la organización mientras cursaba el doctorado, pero esta acabó desapareciendo en el proceso”, admite. “La labor de proteger los bosques resultó mucho más interesante”, comenta con una sonrisa.

Sin embargo, los bosques no siempre fueron su prioridad. Según ella misma reconoce, su motivación inicial era proteger el océano, impulsada por su amor por el mundo submarino.

Su título en biología marina le permitió comprender mejor los ecosistemas oceánicos. Regresó al lugar donde, por primera vez, se había enamorado del océano, solo para encontrarlo destruido.

“En 2007, en una zona remota de Aceh, Pulau Weh, vi por primera vez cómo el fenómeno de El Niño había devastado un arrecife de coral por completo. Me sentí impotente”, recordó.

Al darse cuenta de lo poco que podía hacer a título individual, centró su atención en los bosques. “Quizás proteger los bosques sea más fácil”, pensó.

Pero eso era más fácil de decir que de hacer. Cuando la contrataron para trabajar en la agencia forestal gubernamental y en la Autoridad de Gestión del Ecosistema de Leuser, aceptó la oferta sin preguntar por el salario ni por las funciones de su puesto.

“Solo quería trabajar en la conservación. Imaginaba que estaría recorriendo el bosque bajo el dosel arbóreo, realizando patrullas y observando la fauna. Resultó ser todo lo contrario: ¡acabé atrapada tras un escritorio, con un ordenador delante!», dijo.

El trabajo resultó ser de relaciones públicas. Ella era la portavoz, pero rara vez tenía la oportunidad de hablar.

“Era un entorno muy confuso; me enviaban a reuniones para hablar sobre la asignación de terrenos forestales, la planificación territorial, las evaluaciones de impacto ambiental… cuestiones que no había aprendido en la universidad y para las que no estaba preparada”, reconoció Farhan.

El destino tenía otros planes. Todas estas experiencias le ayudaron a comprender los desequilibrios de poder y los intereses contrapuestos. También vio de primera mano cómo las personas encargadas de proteger los bosques podían terminar destruyéndolos.

Permaneció en su puesto hasta que la agencia gubernamental fue clausurada, después de que sus intentos por impedir que poderosos intereses destruyeran los bosques se toparan con una fuerte oposición. Fue entonces cuando se unió a sus colegas —“obstinados y persistentes”— para ayudar a fundar HAkA.

Recuerda un sinfín de tazas de café a medio terminar en cafeterías —compradas porque apenas podían permitirse más—, mientras aprovechaban la conexión wifi del lugar para intercambiar ideas.

“No íbamos a renunciar a proteger el ecosistema de Leuser”, afirmó.

En 2011, Farhan y su organización formaron parte del grupo de activistas medioambientales que emprendieron acciones legales contra el gobierno por su decisión de otorgar una concesión a una empresa de aceite de palma en el bosque pantanoso de turba de Rawa Tripa, en Aceh (también dentro de la región de Leuser).

Esto ocurrió a pesar de que, tres meses antes, se había establecido una moratoria nacional de dos años sobre la concesión de nuevas licencias.

La empresa, PT Kallista Alam, presentó una serie de recursos que llegaron hasta el Tribunal Supremo.

En 2013, el máximo tribunal desestimó el recurso y falló a favor de la comunidad. Sin embargo, no fue hasta 2015 cuando se ratificó la multa del equivalente a 26,5 millones de dólares impuesta a la empres.

Y tuvo que pasar una década más para que esta compañía pagara la sanción por los daños medioambientales causados ​​al utilizar el fuego para despejar 10 kilómetros cuadrados de terreno.

“La empresa ha pagado una parte de la multa al Ministerio de Finanzas, pero no a la comunidad”, señaló Farhan, una activista que fue testigo del incendio.

Pero añadió que muchos actores contribuyeron a la victoria, incluidas personas que capacitaron a jueces y abogados para que comprendieran mejor lo que significa cuantificar la pérdida ambiental en términos económicos.

“Los jueces no provienen de ámbitos relacionados con la biología o la ecología”, señaló, explicando que, en Indonesia, los jueces reciben formación en materia ambiental para entender que quemar bosques y sustituirlos por plantaciones de monocultivo no equivale a una reforestación.

La labor de Farhan está lejos de haber concluido. Mientras persista la economía extractiva, las amenazas seguirán presentes. Si no son las plantaciones de palma aceitera, será la minería de oro o los intentos de modificar los límites territoriales.

Su organización hace frente a estas amenazas mediante acciones legales, planificación territorial y, en ocasiones, colaborando con el gobierno en la evaluación de permisos en distintos distritos y paisajes.

“Hay momentos en los que las decisiones gubernamentales deben ser criticadas y cuestionadas, y eso es precisamente lo que hacemos”, afirmó.

T: MLM / ED: EG

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