/Integración y Desarrollo/ BRASIL: Las trabajadoras invisibles del campo

Un total de 4,3 millones de mujeres trabajan en el campo sin remuneración en Brasil y la mayoría ni siquiera se consideran trabajadoras, renunciando a los derechos asegurados por ley.

De la población femenina ocupada en la actividad agropecuaria, que suma 5,34 millones, 80,76 por ciento no es remunerada, estimó Hildete Pereira de Melo, profesora de economía en la Universidad Federal Fluminense, en base a las estadísticas nacionales de 1998.

Este es uno de los síntomas, y también causa, de la pobreza rural, muy extendida en el país y más aguda entre las mujeres. Los varones en la misma situación se limitan a 27,38 por ciento, y son en su mayoría niños y jóvenes que aún dependen de la familia.

En otros sectores, como extracción mineral y construcción, también es elevada la mano de obra femenina sin remuneración, pero se limita a 27,45 y 20,48 por ciento, respectivamente.

Las trabajadoras «invisibles» del campo producen alimentos para consumo familiar y cumplen muchas otras tareas, pero no se reconocen como productivas y declaran «trabajar» pocas horas.

De esta forma, se excluyen de las estadísticas oficiales de mano de obra ocupada, que exige un mínimo de 15 horas semanales, observó la economista.

Esa sumisión ideológica, que las reduce a simples amas de casa, contribuye a «perpetuar la pobreza y la situación desfavorable» de las mujeres campesinas, lamentó.

Al no ser reconocidas como trabajadoras rurales, las mujeres pierden el derecho a jubilarse a los 55 años, que juega un papel importante en la reducción de la pobreza rural, según los expertos.

La jubilación es la principal fuente de ingresos en muchos municipios del noreste del país, región que concentra casi la mitad de la población campesina y la mayor parte de la pobreza rural, enfrentando fuertes desventajas agropecuarias, como la escasez de agua agravada por intermitentes y severas sequías.

Por esto, la «Marcha de las Margaridas», un movimiento femenino promovido por la Confederación Nacional de Trabajadores en la Agricultura (Contag), obtuvo del gobierno una resolución que facilita a las campesinas el acceso a derechos previsionales, aunque no sean asalariadas ni formalmente empleadas.

Una de las conquistas de la Marcha, que reunió 20.000 mujeres en Brasilia el 10 de agosto, fue la sustitución de documentos y otras exigencias, como entrevistas personales con las autoridades previsionales, por una carta del sindicato certificando la condición de trabajadora rural de la solicitante.

La Marcha también permitió que se les reconociera el derecho de propiedad de las tierras donde fueron asentadas, solas o compartiéndolas con su pareja.

Hasta ahora, sólo 12,6 por ciento de los títulos de propiedad distribuídos fueron atribuídos a mujeres. La lenta reforma agraria brasileña, iniciada hace 32 años, asentó a más de 400.000 familias, según datos del gobierno.

Como propietarias logran un acceso al crédito que siempre les fue negado. «Eso empieza a cambiar su vida y la de su familia», con efectos positivos en todo el campo, comentó Raimunda de Mascena, coordinadora de Mujeres de la Contag y de la Marcha.

La pobreza rural se refleja en los numerosos campamentos diseminados por carreteras, predios invadidos y locales diversos, de campesinos movilizados en lucha por tierras que viven en precarias condiciones, a veces durante varios años.

El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) dice contar 150.000 familias acampadas en todo el país. Con esa base y los asentamientos que controla ejerce fuerte presión por una reforma agraria más amplia y rápida que la ejecutada por el gobierno y por mayores créditos a los asentados.

La Contag afirma controlar otros campamentos con 40.000 familias, y organizaciones menores adoptan tácticas similares.

El analfabetismo rural es superior a 30 por ciento, el doble del porcentaje nacional, y la baja escolaridad es igual entre hombres y mujeres, al contrario de lo que ocurre en las ciudades, donde en los años 90 ellas pasaron a tener más años de estudio.

Esto constituye una dificultad adicional al desarrollo en una economía que exige tecnología y competitividad también en la agricultura.

La incorporación de tecnología se hizo más difícil por el envejecimiento de la población rural brasileña, más acentuado que en la urbana porque los jóvenes migran más, atraídos por las ofertas variadas de las ciudades y expulsados por una agricultura cada día más mecanizada y productiva.

Entre los censos agrícolas de 1985 y 1996, la población ocupada en el campo brasileño se redujo en 5,46 millones de trabajadores, bajando de 23,39 millones a 17,93 millones, aunque aumentando la producción.

En ese proceso, el mundo rural brasileño sufrió cambios, con la actividad agropecuaria ocupando menos tiempo y perdiendo participación en los ingresos familiares, observó José Graziano da Silva, investigador de la Universidad de Campinas, en el interior del estado de Sao Paulo.

Uno de sus estudios indica que actividades no agrícolas, como agroturismo, artesanía e industrias caseras, proporcionan desde 1998 ingresos mayores que la agricultura a las personas ocupadas en el campo, una tendencia mundial que se acentuó en Brasil por la fuerte caída de precios de los productos agrícolas en los 90.

Por estas razones, políticas que impulsen esas nuevas fuentes de ingreso y amplíen los beneficios previsionales entre los campesinos serán decisivas para combatir la pobreza y promover el desarrollo rural, aseguró Da Silva. (FIN/IPS/mo/ag/dv/00

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