ASIA: Regiones distintas comparten dolores de cabeza

La lista de los principales objetivos previstos por y para Asia oriental permite hablar de unidad, crecimiento económico y desarrollo de las estructuras democráticas.

No obstante, si se desea proponer una estrategia única para transformar esas previsiones en realidad, podría encontrarse que se trata de un ejercicio frustrante, debido a la extraordinaria diversidad imperante en la región.

Después de todo, Asia oriental es un mosaico de historias, valores sociales y culturas, economías y políticas.

«No existe una sola Asia oriental», afirmó Robert Scalapino, de la Universidad de Berkeley, California, durante un seminario que se realizó la semana pasada en la Fundación de Paz Sasawaka.

«Estamos viendo una diversidad no sólo en los enfoques de Asia oriental, sino también en los aspectos cambiantes del escenario asiático», apuntó Harry Harding, de la Universidad George Washington.

Sin embargo, Scalapino apuntó que, pese a las diferencias económicas y políticas, los desafíos que enfrentan los países de la región son similares.

«Cada sociedad de hoy en Asia oriental enfrenta de alguna manera la interacción de fuerzas conflictivas: internacionalismo, nacionalismo y lo que yo llamo comunalismo», dijo Scalapino, quien subrayó que eso cimenta las luchas internas y externas de cada nación.

El internacionalismo es una respuesta legítima a la globalización económica, como también es un intento de las sociedades para discutir problemas mutuos.

No obstante, las asociaciones y alianzas multilaterales, necesarias para la inclusión en la comunidad internacional, pueden infundir a una nación el temor de que su estado individual e independiente esté amenazado.

El internacionalismo también puede ser visto como oportunidades para algunos países -por ejemplo, Estados Unidos- de intervenir en los asuntos de otros, y el surgimiento del nacionalismo en Asia oriental como una máquina que genera medidas políticas y socioeconómicas.

Los intentos de Japón de renunciar a su condición de «segundo violín» de Estados Unidos, y su urgencia de convertirse en lo que Scalapino llama «un país normal», se oponen a las restricciones impuestas por su Constitución de Paz.

En Asia, el nacionalismo impulsa políticas económicas, pero la recuperación en ese sector continúa siendo inestable.

Uno de los problemas en sociedades como la japonesa y la surcoreana es que, debido a fundamentales cambios económicos, también habrá transformaciones culturales que no podrán sobrevenir rápida o fácilmente.

Japón, por ejemplo, lucha con la dificultad de cambiar de raíz un sistema que fue «exitoso durante demasiado tiempo», apuntó Scalapino.

En el pasado, el gobierno japonés sirvió como un indulgente policía de tránsito, controlando sectores económicos y amalgamándose con elementos de estos. Permitió la falta de transparencia, controló las importaciones y, al mismo tiempo, dirigió con firmeza la orientación de las exportaciones directas.

«Sin embargo, Japón es un caso de estudio porque demuestra que ninguna estrategia económica es buena todo el tiempo», dijo Scalapino.

«Al entrar en vigencia la era de la globalización y la necesidad de aumentar la competitividad, ese sistema ya no fue compatible. Para realizar los cambios fundamentales requeridos, deben ocurrir transformaciones culturales muy básicas que aún se no han verificado», añadió.

Ese es el desafío que enfrentan muchas naciones de Asia oriental. El nacionalismo impulsa el acelerado desarrollo económico de China, lo cual tiene el efecto colateral de beneficiar a sus vecinos.

No obstante, también suscita interrogantes: ¿Es controlable el nacionalismo chino? ¿Es útil? ¿Cómo elaborará China su transición socioeconómica sin perturbar la situación política de la región? «Esa es la preocupación existente entre los vecinos de China», señaló Scalapino.

La región también observa la manera en que China maneja la transición a una economía de mercado sin provocar desequilibrios sociales, los cuales se dieron en otros países por el desempleo causado por la restructura de empresas estatales.

Vietnam comparte algunos de los problemas que enfrenta China debido a que sus jóvenes líderes son más pragmáticos. Los vietnamitas «nadan en la ambivalencia, con diferencias internas entre el norte conservador y el sur emprendedor», observó Scalapino.

Los problemas internos también abruman a Corea del Norte, donde la creciente apertura en marcha requiere luchar contra la corrupción y una serie de trabas políticas y temores de los líderes sobre las restricciones que deben mantenerse.

Entretanto, el presidente de Corea del Sur, Kim Dae-Jung, impulsor del acercamiento con el Norte, tiene problemas políticos. Se considera que pierde mucho tiempo en política exterior y no presta atención a los problemas domésticos.

En Indonesia crece el separatismo y el centro político parece incapaz de dar una respuesta. En Filipinas, el juicio político del presidente Joseph Estrada provoca interrogantes sobre la viabilidad de un gobierno que necesita sacar al líder de su despacho.

Según Scalapino, los lazos bilaterales entre las distintas potencias siguen siendo el factor más importante para la inestabilidad de la región. Opinó que China y Estados Unidos continuarán una política de compromiso porque «la contención obviamente está desactualizada y es ineficaz».

«La cuestión más crítica seguirá siendo Taiwan, para la cual no hay solución a la vista», agregó.

La mayor parte de Asia considera muy importante la alianza entre Tokio y Washington, si su propósito es contener el militarismo japonés o mejorar la economía regional. Una relación chino-japonesa es deseable, aunque las suspicacias históricas todavía sean un impedimento.

A su vez, la delicada estrategia de asociación de Japón con Rusia podría consolidarse debido en parte al interés mutuo en erosionar la hegemonía estadounidense. Sin embargo, expertos asistentes al seminario señalaron que los lazos entre Beijing y Washington traerán preocupaciones.

Harding predijo «un creciente problema de seguridad en el horizonte» y también «una latente desconfianza» de ambas partes. «Pienso que vamos a tener una relación competitiva con China, el problema es si será destructiva o constructiva», indicó.

Scalapino fue más optimista. «Cuando China enfrente la alternativa de una guerra, asumirá una posición de compromiso con Estados Unidos, de la misma manera que nosotros, reticentes, nos comprometeremos con China», observó. (FIN/IPS/tra-en/ww/js/ego/ag/ip/00

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