La enseñanza indígena que se desarrolla en Brasil puede ser una lección para todos por incorporar el concepto intercultural, además de considerar y respetar las diferencias.
Ese programa educativo además de bilingüe, agrega escritura a la lengua indígena que era exclusivamente oral, con la elaboración en la misma escuela de los primeros libros en la mayoría de los distintos idiomas aborígenes.
Esa actividad y muchas otras hacen que los profesores y los alumnos se hayan transformado en investigadores, autores de sus propios medios de enseñanza y aprendizaje.
"Hacen mucha investigación y registro de las tradiciones, mitos, ciencias y recursos naturales", explicó Nietta Lindenberg Monte, quien desde hace 20 años forma maestros indígenas en Acre, estado amazónico del noroeste de Brasil, a través de la no gubernamental Comisión Pro-Indio (CPI).
El resultado de ese trabajo de alumnos y maestros puede ser un libro, como el Atlas Geográfico Indígena de Acre, hecho con apoyo de la CPI, o vídeos como el que registró 60 variedades de abejas en un área local, dijo esta educadora y sociolingüista, que cruza frecuentemente el país por vivir en Río de Janeiro.
Los alumnos, que van de los cinco a 50 o más años, son todos "trabajadores", ya que los indígenas participan en la vida productiva familiar y en los ritos desde temprana edad, lo cual exige mucha flexibilidad en el calendario y la organización de los grados.
La escuela no es el único lugar de aprendizaje, ya que las sociedades indígenas tienen sus propios mecanismos de socialización y transmisión de conocimientos, reconoce la Referencia Curricular Nacional, un libro de orientaciones aprobado por el Ministerio de Educación en 1998, tras un proceso de amplia participación coordinado por Lindenberg Monte.
Los niños aprenden, en la práctica, sus tareas en la agricultura, en la extracción de productos forestales, en la caza y pesca, todos momentos de aprendizaje fuera de la escuela en los que pueden reflexionar sobre esas actividades y asociarlas a otros conocimientos.
Debido a ello el tiempo de clases es reducido a un mínimo fijado en 500 horas anuales, contra las 800 horas de la escuela convencional, "occidental", señaló la educadora.
En el Acre en general se concentran en tres días de la semana, pero la orientación es que cada escuela indígena defina sus horarios y calendarios, según las exigencias locales.
Las vacaciones tienen que coincidir con las épocas de siembra y cosecha, en que todos trabajan, por ejemplo.
La enseñanza indígena es "conducida por la comunidad, de acuerdo a sus proyectos, concepciones y principios", según la Referencia Curricular Nacional. Es comunitaria la decisión sobre currículo, calendario, métodos, objetivos y contenidos.
Todo eso subvierte la orientación histórica de una escuela que busca imponer homogeneidad, negando la autodeterminación y la diversidad cultural y étnica, para cumplir una política de integración de los pueblos indígenas a la sociedad de origen europea.
Los cambios comenzaron en los años 70 con la movilización de grupos de apoyo a los pueblos autóctonos y la incipiente organización de los mismos indígenas.
La Constitución brasileña de 1988 reconoció sus derechos a las tierras de su ocupación tradicional, a su "organización social, costumbres, lenguas, creencias y tradiciones".
Ese reconocimiento de sociedades distintas en el país y del valor de la diversidad se trasladó a la educación hasta lograrse la admisión de una escuela indígena específica, cuyos principios nacionales se definieron en 1998 en base a muchas experiencias ya existentes, como la de CPI en el Acre.
"Es una lección para el mundo", por desnudar la "falsa idea" de homogeneidad presente en las escuelas en general, opinó la antropóloga Betty Mindlin, dirigente del Instituto de Antropología y Medio Ambiente, de Sao Paulo.
"Lo ideal es que todas las escuelas fuesen diferenciadas", señaló.
La enseñanza bilingüe es un gran avance, considerando que países desarrollados aún mantienen restricciones a la diversidad cultural expresada por lenguas "dominadas" o "dialectos", agregó Mindlin, recordando que Estados Unidos prohibía lenguas indígenas, hasta hace sólo dos décadas.
La enseñanza pretendida aún es una meta lejana y enfrenta dificultades, como la de transponer el conocimiento oral para el escrito en la mayor parte de los pueblos, admitió Mindlin, autora de libros sobre la cultura de comunidades indígenas con que trabaja en los estados de Mato Groso y Rondonia, en la Amazonia.
En Brasil se estima que los indígenas suman 330.000 personas, que forman 210 pueblos y hablan 170 lenguas. Se estima que eran cinco millones cuando los primeros portugueses llegaron a su territorio en 1500.
Hay 2.500 profesores indígenas en el país, 70 por ciento capacitado en las nuevas directrices, informó Ivete Madeira Campos, Coordinadora General del Apoyo a las Escuelas Indígenas, del Ministerio de Educación.
Sin embargo, todos no disponen de material didáctico bilingüe, ya que el mismo se va haciendo en los cursos de capacitación de maestros.
La enseñanza primaria en Brasil es responsabilidad principal de los gobiernos municipales, aunque en algunos casos es de las autoridades estaduales. Por esa razón el Ministerio no tiene papel ejecutivo en el caso de las escuelas indígenas, sino sólo de orientador.
Capacitar maestros indígenas es una de las mayores dificultades, porque tienen formación muy desigual, algunos que no han hecho o completado los estudios secundarios y otros que aún cursan esa enseñanza, señala la Coordinadora.
Lo ideal es que sean todos de la misma comunidad donde enseñan, por conocer la lengua y la cultura, pero necesita tener conocimientos de la "escuela occidental", considerados universales, observó.
Los mismos indígenas demandan la enseñanza intercultural, arguyendo que necesitan conocer la lengua portuguesa y matemática, para "no ser engañados" en la venta de sus productos al mercado "blanco" y porque quieren "diálogo" con el otro mundo, destacó Lindenberg Monte. (FIN/IPS/mo/dm/he ip/00


