(Arte y Cultura) CUBA: Ruinas francesas propuestas como patrimonio de la humanidad

Las ruinas de establecimientos cafetaleros francesas del oriente de Cuba, vestigios de una emigración casi olvidada en este país, podrían pasar a engrosar la lista del Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad.

Son fragmentos de viviendas y jardines enterrados en la abundante flora del trópico, del acueducto, de tumbas y de la red de caminos de piedras que construyeron los franceses para comunicarse entre ellos y llevar el café a puerto.

La propuesta presentada por Cuba a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) es consecuencia del trabajo de rescate y conservación ejecutado desde que en 1991 fueran declarados Monumento Nacional casi 100 asentamientos cafetaleros de otrora.

Estos constituyen sólo la parte más relevante de los 180 sitios localizados por expertos cubanos de Patrimonio entre la abundante vegetación de las montañas que rodean las ciudades de Santiago y Guantánamo, ambas al extremo oriente de Cuba

"A pesar del paso del tiempo, los fenómenos naturales y la acción humana, se identificaron estructuras de casas señoriales, y los hallazgos confirmaron la dimensión del desarrollo agroindustrial alcanzado en la zona", señala un informe divulgado por la prensa de este país.

Entre las edificaciones fueron identificados restos de los cafetales y la mansión de La Isabelica, cerca de Santiago de Cuba, considerada la muestra más completa del conjunto agrícola e industrial cafetalero del colono francés Prudencio Casamayor.

El demógrafo e historiador cubano Juan Pérez de la Riva cuenta en su libro "El Barracón" y otros ensayos, de 1975, que, aunque no hay evidencias, el origen de la fortuna de Casamayor debe atribuirse a sus actividades de corso (persecución de naves piratas o enemigas con permiso del gobierno), muy usual entre los emigrantes franceses de la época.

Refugiado en el oriente de la isla desde 1797, Casamayor se trasladó en 1800 a Santiago, abrió la casa de comercio más fuerte de la ciudad e hizo el gran negocio de su vida: compró terrenos a la Real Hacienda para revender en pequeños lotes a sus paisanos.

Este hombre se convirtió con el tiempo, según Pérez de la Riva, en "el santiaguero más rico de su época".

"Además de repartidor de tierras, ingeniero de caminos, intérprete oficial del gobierno, parece haber sido el representante nato de la colonia francesa" y, también, "el gran promotor del capitalismo de plantación basado en la esclavitud", afirma el historiador.

El ensayo de Pérez de la Riva sobre un estudio de campo realizado en colaboración con la demógrafa Blanca Morejón, en 1968, es una de las pocas referencias bibliográficas que pueden encontrarse publicadas sobre la emigración francesa en el norte de Cuba.

Los grilletes "encontrados en las ruinas, destruyen la idílica imagen de la colonización francesa que los historiadores han difundido hasta ahora", afirmó entonces Pérez de la Riva.

Se estima que los primeros colonizadores franceses y franco- haitianos comenzaron a llegar a Cuba tras la rebelión de los esclavos que se inició el 14 de agosto de 1791 en la isla de Haití, y siguieron llegando hasta 1803.

Entre ellos había militares derrotados, desempleados, comerciantes arruinados, artesanos y marginados, así como más de un centenar de antiguos administradores o propietarios de plantaciones que fueron los que se internaron en las montañas para cultivar el café.

Según los historiadores, algunos daban clases de francés, historia, geografía, bordado o cocina, pero la mayoría se dedicó a abrir puestos de venta, teatros, prostíbulos e, incluso, se dedicaron a la piratería.

La práctica de la piratería contra barcos británicos y franceses procuraró a muchos colonos llegados de Haití "los fondos necesarios para el fomento de sus nuevos cafetales en Cuba", afirma Pérez de la Riva.

El café se extendió con inusitada rapidez alrededor de Santiago de Cuba. De las 100.000 plantas de café existentes antes de 1803 se pasó a cuatro millones cuatro años más tarde distribuidos en 191 cafetales, que empleaban 1.650 esclavos más el personal asalariado.

Sin embargo, las plantaciones francesas estaban destinadas a desaparecer desde el mismo momento en que se fomentaron en las montañas del oriente de Cuba.

El relieve de la superficie de los campos, el clima y los suelos eran muy parecidos a los de Haití, por lo cual los colonos creyeron que había que innovar lo menos posible, usando las técnicas más avanzadas de la época.

Pero los suelos cubanos resultaron muy diferentes a los haitianos. Esta realidad y la incapacidad de adaptar la técnica a nuevas condiciones ecológicas fueron las causas fundamentales de la decadencia de los cafetales franceses pocas décadas después.

Como si esto fuera poco, Pérez de la Riva sostiene que "la propia estructura de la población francesa la condenaba a desaparecer, al detenerse la inmigración".

El índice de masculinidad entre los inmigrantes pasó de 300 por ciento en 1808 a 520 por ciento en 1868. En 1899, al término de las guerras de independencia de Cuba contra España, sólo quedaban 245 franceses en el oriente de la isla, de los cuales 52 estaban radicados en Santiago.

Un intento por rescatar la memoria de los asentamientos cafetaleros comenzó en la pasada década con la apertura de un museo en la plantación de La Isabelica, pero las ruinas siguen siendo un lugar poco conocido y visitado por los cubanos.

La Unesco incluyó en los últimos años en la lista de Patrimonio de la Humanidad el centro histórico de La Habana, la ciudad de Trinidad, el Castillo del Morro de Santiago y el Valle de Viñales, situado en el occidente de la isla. (FIN/IPS/da/dm/cr/00

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