La aparición de un cardenal de la Iglesia Católica en las pantallas de la televisión estatal en Cuba podría ser un mensaje bastante claro sobre la posible apertura de una nueva etapa de entendimiento entre la Iglesia y el Estado.
Jaime Ortega, cardenal cubano de 61 años y arzobispo de La Habana, se convirtió la noche del martes en el único sacerdote católico que ha tenido la oportunidad de hablar ante las cámaras de la televisión desde el triunfo de la Revolución en 1959.
En este país no se recuerda otro caso en cuatro décadas de que una persona, que no fuera el presidente Fidel Castro, hiciera una comparecencia televisiva sin algún nivel de autorización oficial sobre el contenido de su intervención y, además, en vivo.
"Podemos entendernos", fue la señal implícita que envió Ortega a las autoridades durante toda su intervención de media hora y, al parecer, fue también lo que quiso dejar claro el gobierno cuando cedió el estratégico espacio.
El papa Juan Pablo II, que visitará Cuba la semana próxima, se preocupa "por cualquier tipo de sanción económica o de medida económica que pueda dañar a los pueblos" y rechaza el bloqueo impuesto por Estados Unidos contra la isla, resaltó Ortega.
En un intento por presentar al Papa a la población de la isla, el cardenal evocó la preocupación de Juan Pablo II por la situación de Europa del este antes de la caída del socialismo y, al mismo tiempo, resaltó su rechazo a los efectos de las medidas de ajuste neoliberal en esos países.
"Increíble", es la reacción más común que se escucha por las calles de La Habana entre aquellos que como creyentes sufrieron las consecuencias de vivir en un país que hasta 1992 fue declarado constitucionalmente como ateo.
"Todos los cubanos podemos sentirnos miembros de una gran familia", dijo Ortega al inicio de su mensaje dirigido a los católicos, a los creyentes en general y a todos aquellos que en la isla se declaran ateos.
El también arzobispo de La Habana tuvo tiempo para explicar detalles elementales de la cultura católica y, al parecer, para dejar clara la posición de la Iglesia Católica dentro de la isla, aunque el hilo conductor de sus palabras fue todo el tiempo el pensamiento de Juan Pablo II.
Observadores estiman que, de haberlo querido, Ortega hubiera podido transmitir una señal de "desencuentro" y, al mismo tiempo quedar "elegante", dedicando su intervención, simplemente, al programa de la visita del Papa a la isla.
Pero Ortega, que escogió su propia agenda, dejó a un lado las demandas de la Iglesia en la isla y apeló a la esencia humanista del cristianismo, quizás el más importante punto de contacto de la Iglesia Católica y la revolución cubana.
"No pueden tomarse unos derechos y dejar otros. No se puede hablar de ciertas libertades, olvidando los derechos fundamentales a la alimentación, a la posibilidad de tener medios para sanar las enfermedades, para estudiar y desarrollarse", dijo el cardenal.
El mensaje no incluyó referencias a la política del gobierno cubano ni a Fidel Castro, al aumento de la religiosidad, ni exhortó a acudir a las misas que oficiará el Papa durante su visita a la isla, entre los días 21 y 25.
Sin embargo, inauguró una nueva etapa en el discurso de la jerarquía eclesiástica cubana que, según analistas, podría constituir el inicio de un retorno al único momento de diálogo entre la Iglesia y el Estado, que se sitúa en los años ochenta.
El cardenal rompió con la posición hipercrítica de la pastoral "El amor todo lo espera" que, desde 1993, define la posición de la Iglesia Católica dentro de la sociedad cubana y en sus relaciones con el gobierno.
La pastoral criticó el sistema político imperante en Cuba, la situación económica y social en la isla y propuso cambios que abarcaran "el carácter excluyente y omnipresente de la política oficial" y las limitaciones impuestas "no sólo a ciertas libertades" sino "a la libertad misma".
Incluso, tras el encuentro de Castro y Juan Pablo, en noviembre de 1996, un artículo publicado en la revista del arzobispado de La Habana, Palabra Nueva, con el título de "El amor sigue esperando", dejó por sentada la vigencia de la pastoral.
Pero ahora el cardenal se abstiene de hacer críticas directas al gobierno o de reivindicar derechos civiles como la libertad de expresión o de filiación política y se une a la posición oficial cubana a la hora de hablar de derechos humanos.
"No puede haber una selección de derechos, todos son complementarios", subrayó.
Al mismo tiempo, dejó abierta también la opción de la diferencia dentro del entendimiento al criticar el derecho al aborto y a la pena de muerte, ambos vigentes en Cuba, por constituir una violación del derecho a la vida.
"La defensa de la vida es para el Papa el primero de todos los deberes, porque es el primero de todos los derechos del hombre", dijo Ortega y se cuestionó la pena de muerte como "un modo válido de prevenir el mal en la sociedad". (FIN/IPS/da/dg/ip-cr/98


