BRATISLAVA – “Lo importante es asegurarse de poder sumergirse en un entorno que sea positivo para la salud mental y el bienestar”, dice Olena, una adolescente ucraniana a la que se ha cambiado su nombre, como otros entrevistados infantiles del país, por razones de seguridad.
Olena, originaria de la región ucraniana de Kharkiv, tenía solo 12 años cuando comenzó la invasión rusa a gran escala de su país el 24 de febrero de 2022. En los últimos cuatro años, ha visto a todos sus amigos cercanos abandonar su pequeño pueblo, la mayoría para irse al extranjero, y ha sufrido los devastadores bombardeos de las fuerzas rusas en su ciudad natal.
Mientras tanto, gran parte de su educación durante este tiempo ha sido en línea, ya que la constante amenaza de bombardeos hace que sea peligroso para las autoridades mantener su escuela abierta.
Reconoce que todo esto ha afectado su salud mental.
“Tuve una experiencia devastadora cuando bombardearon mi ciudad y murieron algunas personas. El sonido de las explosiones y los drones todavía me genera una tensión constante”, le cuenta a IPS.
“Extraño tener a todos mis amigos aquí. Antes de la guerra, pasábamos mucho tiempo juntos: paseábamos por la ciudad, celebrábamos nuestros cumpleaños y simplemente nos sentábamos en algún lugar a charlar durante horas. Ahora muchos de ellos están en el extranjero, construyendo nuevas vidas. Me alegra que estén a salvo, pero extraño profundamente ese sentimiento de unidad”, dice.
“Y durante casi cuatro años, nosotros (los niños de su localidad) hemos estado estudiando en línea. Vemos mucho menos a nuestros compañeros, y cosas tan simples como charlar durante los recreos o trabajar en proyectos grupales parecen de otra época. Hemos madurado más rápido de lo que esperábamos”, detalla.
Olena es solo una de los millones de niños ucranianos cuyas vidas se han visto trastocadas por el conflicto.
Mientras la invasión a gran escala entra en su quinto año, las investigaciones muestran el efecto devastador que ha tenido en los niños ucranianos, desplazando a millones, sumiendo a muchos en la pobreza y exponiéndolos a la pérdida de seres queridos y otros traumas.
Mientras tanto, 1,6 millones han visto interrumpida su educación debido al desplazamiento, los daños a las instalaciones y la inseguridad.
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), uno de cada tres niños no puede asistir a la escuela presencialmente a tiempo completo y más de 1700 escuelas han resultado dañadas o destruidas.
La organización internacional Save the Children afirmó que los niños ucranianos perdieron 20 % de las clases solo durante el último año académico debido a las frecuentes alertas de ataques aéreos.
Mientras tanto, Save the Children estima que más de un millón de niños han pasado cientos de días sin clases presenciales o con clases muy limitadas, ya que las escuelas han optado por la enseñanza en línea por motivos de seguridad desde el inicio de la guerra.
Esto ocurrió poco después de que las escuelas concluyeran largos periodos de aprendizaje en línea implementados durante la pandemia de covid-19, lo que significa que algunos niños han tenido muy poca experiencia de aprendizaje presencial desde 2020.
Todo esto ha tenido un impacto enorme en la salud mental de los niños y adolescentes, según han afirmado grupos locales e internacionales que trabajan con la infancia en el país.
Según Unicef, un tercio de los hogares ha reportado que sus hijos presentan signos de angustia psicosocial.
«¡La salud mental de los niños se ve cada vez más afectada. El miedo constante a los ataques, el desplazamiento, el confinamiento prolongado en sótanos y el aislamiento en el hogar con escasas conexiones sociales han dejado a niños y adolescentes en una situación difícil”, declaró a IPS Toby Fricker, director de Incidencia Política y Comunicación de Unicef Ucrania.
Esto se ha manifestado en una variedad de síntomas, tanto emocionales como físicos, según han señalado expertos en salud mental.
Entre ellos se incluyen la irritabilidad y la inestabilidad emocional, especialmente entre los adolescentes, y el aislamiento social.
«Se puede afirmar con triste certeza que, desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, que ya lleva cinco años, los problemas más comunes entre los adolescentes son el aumento de la ansiedad, el miedo y el estrés crónico relacionados con una constante sensación de peligro e incertidumbre», aseguró a IPS Daria Lavrenko, psicóloga de la región de Kiev que trabaja con niños de entre 12 y 18 años desplazados de zonas cercanas al frente.
«Muchos adolescentes experimentan agotamiento emocional, problemas para dormir, dificultades de concentración y aprendizaje, así como una disminución de la motivación», añadió.

“Las manifestaciones de aislamiento social y las dificultades para comunicarse con sus compañeros también se han vuelto bastante comunes, debido en gran medida al aprendizaje a distancia prolongado, las frecuentes sirenas antiaéreas y la pérdida del entorno escolar habitual», dijo.
Además, aseguró Lavrenko, «los adolescentes suelen mostrar reacciones de duelo profundo por la pérdida de familiares en el frente o como resultado de los ataques rusos contra civiles. También se observa con frecuencia una mayor irritabilidad, inestabilidad emocional y dificultades para regular las emociones, que son respuestas psicológicas naturales a la prolongada experiencia traumática de la guerra”.
Sin embargo, también se han reportado con frecuencia somatizaciones graves de síntomas, como tics faciales, movimientos involuntarios de la cabeza y trastornos del habla. Los trastornos del sueño son comunes, especialmente entre los niños pequeños.
“Estas son reacciones comunes cuando el cuerpo sufre las consecuencias del estrés psicológico”, declaró a IPS Viktoria Kondratyuk, psicóloga que colabora con la organización humanitaria War Child en proyectos en Ucrania.
“Afecta al sistema inmunitario, lo debilita, y por eso vemos a tantos niños enfermando, sobre todo en invierno”, añadió.
Desde la invasión a gran escala, el gobierno ucraniano ha impulsado el aumento de la atención a la salud mental mediante la aprobación de leyes clave y la implementación de un programa nacional de salud mental.
Paralelamente, las oenegés trabajan con las administraciones regionales y las comunidades locales para mejorar el acceso público a los servicios de salud mental y el apoyo psicosocial, incluyendo actividades informativas y educativas e integrando el apoyo psicosocial en los servicios sociales y educativos existentes.
Se espera que esto amplíe el acceso a la asistencia para los grupos vulnerables y brinde mayor apoyo a niños y adolescentes.
Sin embargo, los problemas de acceso a estos servicios y la falta de reconocimiento de los problemas de salud mental por parte de los afectados hacen que muchos niños no reciban la ayuda que necesitan, según los expertos.
“Muchos adolescentes que experimentan dificultades psicológicas como consecuencia de la guerra no reciben la ayuda necesaria a tiempo. Esto se debe, en parte, al acceso limitado a especialistas en ciertas regiones donde la infraestructura ha sufrido daños o donde hay escasez de profesionales de la salud mental. Al mismo tiempo, las actitudes hacia el bienestar mental siguen siendo una barrera importante”, afirmó Lavrenko.
“Algunos adolescentes evitan buscar ayuda por miedo a ser juzgados, por no querer parecer «débiles» o porque creen que sus experiencias no son lo suficientemente graves», dioj.
Además, puntualizó, «vivir prolongadamente en condiciones de guerra cambia la forma en que los jóvenes perciben sus propias emociones».
«Muchos sentimientos dolorosos, como el miedo, la ansiedad y la impotencia, pueden minimizarse o reprimirse mientras la psique intenta adaptarse al peligro constante y mantener la capacidad de funcionar. Este es un mecanismo de defensa psicológico natural; sin embargo, también puede provocar que niños y adolescentes permanezcan sin el apoyo que necesitan durante largos períodos de tiempo», explicó Lavrenko.
Además, dijo, «los adultos no siempre perciben de inmediato ni interpretan correctamente las dificultades emocionales de los niños, ya que a menudo están agotados por la traumática realidad de la guerra”.
Lavrenko añadió que, dado el largo tiempo que Ucrania lleva en guerra, es necesario adoptar un enfoque diferente para la atención de la salud mental.
“En las condiciones actuales, mejorar la salud mental de los adolescentes no puede limitarse a los enfoques tradicionales de atención psicológica», explicó la psicóloga.
Detalló que «Ucrania lleva cinco años viviendo una guerra a gran escala, y en este contexto, el apoyo a la salud mental suele provenir de aspectos que en otros países se consideran normales para los adolescentes: la capacidad de estudiar con constancia, comunicarse con sus compañeros, participar en actividades extracurriculares, pensar en el futuro y planificar su futuro profesional».
«Por ello, es fundamental crear y ampliar programas destinados a compensar las pérdidas educativas y a restablecer las oportunidades de socialización para los adolescentes”, concluyó.
IPS entrevistó a varios adolescentes de diferentes regiones de Ucrania sobre salud mental y acceso a servicios para ellos y sus compañeros.
Si bien no todos habían accedido a servicios específicos de salud mental, algunos afirmaron haberlo hecho y que les había resultado útil.
Algunos manifestaron tener un acceso adecuado a servicios psicosociales, pero otros señalaron la grave falta de estos, especialmente en las escuelas, donde consideran que el tema debería abordarse con mayor frecuencia en clase o incluso impartirse formalmente como asignatura.
“Los profesores rara vez hablan de esto en las escuelas; debe formar parte del currículo”, declaró a IPS Andrej, de 16 años, de la región de Kiev.
Sin embargo, todos ellos destacaron los beneficios de los programas a los que se refería Lavrenko.
Los adolescentes que hablaron con IPS participaban en uno de estos programas, UActive, en el que los jóvenes colaboran en iniciativas para reconstruir pueblos y ciudades dañadas.
Todos afirmaron que el proyecto les había dado un sentido de propósito y esperanza para el futuro.
“Formar parte de UActive se convirtió en una fuente de esperanza. Me recordó que incluso en los momentos más difíciles podemos construir algo significativo. A través de nuestras reuniones y proyectos, sentí unidad, apoyo y una motivación real para actuar en lugar de solo preocuparme”, dijo Olena.
“Algunas sesiones especiales organizadas por UActive, orientadas a trabajar con diferentes aspectos de la salud mental, me animaron a analizar seriamente mi salud mental y a buscar apoyo cuando lo necesito”, declaró a IPS Nadezhda, una adolescente de Kiev.
Organizaciones involucradas en proyectos para la infancia en el país comentaron a IPS que los programas centrados en la salud mental infantil podrían tener un profundo impacto en la mejora del bienestar de los niños.
“Para los adolescentes, la participación cívica les ayuda a conectar con sus compañeros y a encontrar un sentido de propósito en medio de la incertidumbre de la guerra», dijo Fricker.
A su juicio, «el programa UPSHIFT de Unicef es un ejemplo de ello, donde capacitamos a equipos de jóvenes y les proporcionamos las habilidades necesarias para liderar e implementar proyectos que atiendan las necesidades de sus comunidades».
«Estas actividades también les brindan un sentido de propósito en un momento en que sienten que tienen poco control sobre sus vidas y la situación que se desarrolla a su alrededor”, aseguró Fricker.
Sin embargo, si bien tanto los niños como las organizaciones que hablaron con IPS afirmaron que el acceso a estos programas y otras formas de atención psicosocial es fundamental para ayudar a los niños en la actualidad, también consideraron que, en última instancia, la mejor manera de mejorar la salud mental infantil sería que terminara la guerra.
Aun así, los expertos creen que, incluso después del fin de los combates, las personas seguirán lidiando con problemas de salud mental relacionados con el conflicto durante muchos años.
“Cuando un niño vive durante años en un ambiente de peligro, pérdida, inestabilidad y estrés constante, esto inevitablemente afecta el desarrollo de su psique, su sensación de seguridad en el mundo y su capacidad para confiar en el futuro», afirmó Lavrenko.
En cuanto a las consecuencias a largo plazo, añadió, «algunos adolescentes pueden seguir experimentando mayor ansiedad, dificultades con la regulación emocional, problemas en sus relaciones o incertidumbre sobre su futuro durante muchos años incluso después de que termine la guerra».
Añadió, sin embargo, que existía la esperanza de que, con las medidas adecuadas ahora, se pudieran mitigar algunos de los peores efectos a largo plazo en los niños.
“Es importante recordar que la psique humana tiene un gran potencial de recuperación, especialmente cuando los adolescentes reciben apoyo, un entorno estable, acceso a la educación y oportunidades de socialización. Por eso es fundamental invertir en programas que apoyen a los niños y adolescentes ahora, ayudándoles a recuperar gradualmente la sensación de seguridad y a construir un futuro saludable”, afirmó.
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