GOLBANTI, Kenia – Lydia Hagodana está de pie junto a un apiario en Golbanti, en el keniano delta del Tana, donde vive. El aire vibra con un zumbido bajo y constante mientras las abejas entran y salen en un flujo continuo. Levanta ligeramente la parte trasera de una de las colmenas para comprobar su peso.
“Esta colmena es mía”, dice, “tengo dos”.
Hagodana es una de las 25 integrantes del grupo de mujeres de Golbanti, que administra unas 50 colmenas compartidas entre todas. Cada miembro tiene un par y cosecha miel varias veces al año. Parte de los ingresos se conserva de manera individual, mientras que otra parte se reúne en un fondo común para sostener una pequeña huerta comunitaria.
Los apiarios se encuentran a lo largo de las orillas meridionales del río Tana, donde comienza a dividirse en los canales que forman el delta inferior. Durante la temporada de lluvias, la tierra se abre en llanuras inundables, atrayendo aves migratorias y sosteniendo fauna silvestre, incluidos hipopótamos, cocodrilos y el raro topi (el antílope Damaliscus lunatus) del río Tana.
Sectores de bosque ribereño a lo largo de las márgenes del río albergan a dos primates en peligro crítico de extinción: el colobo rojo del río Tana y el mangabey crestado (Lophocebu), un primate catarrino nativo de África, caracterizado por una cresta de pelo prominente en su cabeza.
En los últimos años, la apicultura ofreció una fuente alternativa de ingresos en un lugar donde los medios de vida dependieron históricamente de la agricultura, la pesca y la ganadería. Para las mujeres en particular, el manejo de colmenas representa un cambio respecto de trabajos físicamente más exigentes y de roles tradicionalmente dominados por los hombres.
Antes de las abejas, estas mismas llanuras inundables en que desemboca sobre el océano Índico el río más largo de Kenia, estaban en el centro de propuestas para grandes plantaciones de biocombustibles, planes que despertaron preocupación por la conversión de humedales en agricultura industrial.
“Esto estaba vinculado a la política de la Unión Europea de mezclar biocombustibles con combustibles fósiles”, explicó Paul Matiku, director ejecutivo de Nature Kenya. “África era vista como un lugar con tierras ‘ociosas’ que podían destinarse a estos cultivos, incluidos la jatrofa (Jatropha curcas, un pequeño arbusto) y la caña de azúcar”, detalló.
En ese momento, el gobierno de Kenia presentó los proyectos como parte de la visión 2030: una manera de llevar desarrollo y empleo a lo que las autoridades describían como una región “vacía”.
La limpieza de tierras ya había comenzado. En algunos lugares, los campos fueron arados antes de que las familias indígenas pudieran recoger sus pertenencias. Un corredor de fauna utilizado por elefantes y otras especies fue dividido en bloques de plantaciones.

Aumentaron las tensiones
En 2012, estallaron enfrentamientos violentos que convirtieron al delta en lo que los inversores comenzaron a llamar una “zona roja”.
“Nos despertamos con el desafío de decidir hacia dónde iba el delta del Tana”, dijo Matiku, quien ayudó a liderar la batalla legal para frenar la expansión. “No se puede convertir tierra de vida silvestre y de producción de alimentos en combustible para autos. Tuvimos que usar todas las herramientas disponibles para detenerlo”, planteó.
Una coalición de grupos conservacionistas y comunidades locales llevó al gobierno a los tribunales.
En febrero de 2013, la jueza Mumbi Ngugi frenó los desarrollos a gran escala propuestos en el delta, al considerar que el Estado no había tenido en cuenta los derechos de la población local.
“El tribunal dijo que nadie podía avanzar sin un plan de uso de la tierra desarrollado con la gente”, explicó Matiku.
Durante los dos años siguientes, comunidades, autoridades del condado y grupos conservacionistas trabajaron juntos para cartografiar el delta, dividiendo el paisaje en zonas para pastoreo, agricultura y conservación, bajo lo que se convirtió en el Plan de Uso de la Tierra del Delta del Tana (LUP, en inglés).
Por primera vez, el delta tuvo un conjunto formal de reglas.
Pero surgió otra pregunta: ¿la conservación podía generar ingresos?

De tierra “ociosa” a economía natural
Con apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), investigadores comenzaron a calcular el valor económico de los ecosistemas del delta, redefiniéndolos de “tierras ociosas” a una economía natural en funcionamiento.
Los socios acudieron al Fondo para el Medio Ambiente Mundial (FMAM), el mayor fondo multilateral ambiental del mundo. En 2018, tras un proceso de revisión técnica, el fondo aprobó una subvención de 3,3 millones de dólares para la restauración del delta del Tana bajo la Iniciativa de Restauración.
La financiación buscaba estabilizar un paisaje marcado durante mucho tiempo por disputas territoriales y proyectos fallidos de biocombustibles. Trabajando junto al UNEP y Nature Kenya, el programa respaldó consultas, redacción de marcos legales y el trabajo necesario para convertir el plan de uso de la tierra en ley.
Entre 2019 y 2024, el condado aprobó 29 políticas e instrumentos legislativos destinados a regular el uso de la tierra, la conservación y la acción climática.
“Hemos pasado de proyectos de conservación coordinados de manera informal a un marco de gobernanza impulsado por leyes que integra el uso de la tierra, el cambio climático y la participación comunitaria”, afirmó Mathew Babwoya Buya, responsable ambiental del condado de Tana River.
El condado de Tana River destinó al menos 2 % de su presupuesto de desarrollo a resiliencia climática y restauración de ecosistemas.
Para el ejercicio fiscal 2024/2025, el presupuesto total del condado ronda e equivalente a 68,76 millones de dólares. De ese total, aproximadamente 23 millones de dólares corresponden a gasto de desarrollo, lo que implica asignaciones anuales de unos 460 000 dólares para programas de restauración.
Ese compromiso ayudó a asegurar nueva financiación del FMAM, que aprobó una subvención de unos 3,35 millones de dólares para el delta del Tana dentro de su Iniciativa de Restauración.
Los documentos del proyecto muestran que el programa movilizó aproximadamente 36,8 millones de dólares en cofinanciamiento, unos once dólares por cada dólar aportado por el FMAM, una medida comúnmente citada del apalancamiento en la financiación de la conservación.
“El proyecto del delta del Tana demuestra lo que es posible cuando existe una fuerte apropiación nacional y las prioridades están claramente alineadas. Este nivel de apalancamiento refleja un profundo compromiso nacional, una sólida participación de una amplia variedad de actores y vínculos claros con cadenas de valor y oportunidades comerciales locales», señaló Ulrich Apel, especialista ambiental sénior del GEF, la sigla en inglés por la que también se conoce al FMAM.
Y añadió: «El enfoque integrado y basado en el paisaje del proyecto le permite abordar múltiples desafíos al mismo tiempo, convirtiéndolo en una plataforma atractiva para que otros socios inviertan junto con el FMAM».
La composición de ese financiamiento muestra que la mayor parte proviene de organismos públicos y socios para el desarrollo, incluidos programas multilaterales y fondos filantrópicos. Solo unos 341 000 dólares, menos de 1 % del total, corresponden a inversión directa del sector privado.
Apel explicó que las cifras no necesariamente reflejan toda la actividad comercial.
“Es importante entender cómo se define y registra el cofinanciamiento”, dijo Apel. “Solo se contabiliza el capital comprometido explícitamente con un proyecto mediante cartas formales. Puede haber flujos del sector privado hacia estas cadenas de valor que no aparezcan en los números de cofinanciamiento”, agregó.
Funcionarios del Pnuma aseguran que la estructura está diseñada para usar fondos públicos a fin de reducir el riesgo del uso de la tierra y atraer inversión con el tiempo.
“La subvención del FMAM fue diseñada para desempeñar un papel catalizador”, explicó Nancy Soi, funcionaria del Pnuma involucrada en el proyecto.
Al financiar la planificación del uso de la tierra, estructuras cooperativas y sistemas de gobernanza, dijo, el programa ayudó a “reducir riesgos” en el delta para actividades comerciales en sectores como la miel, el chile (también conocido como ají o pimiento) o y la acuicultura.
En paralelo, otros socios comenzaron a poner a prueba ese enfoque en cadenas de valor específicas.
En acuicultura, la Fundación Mastercard, junto con TechnoServe, apoya un programa destinado a unos 650 jóvenes emprendedores en el condado de Tana River.
Cómo ese modelo se traducirá en inversión comercial sostenida todavía se está probando sobre el terreno.
En Golbanti, donde las colmenas de Hagodana se alinean a lo largo de las orillas del río, una de las cadenas de valor emergentes es la producción de miel. El trabajo se desarrolla mediante una alianza con African Beekeepers Limited (ABL, en inglés).
Bajo este modelo, la empresa suministra colmenas modernas y asistencia técnica, gestiona la producción y compra la miel a un precio fijo, eliminando uno de los mayores riesgos en los mercados rurales: la volatilidad de precios.
Nature Kenya afirma que deliberadamente evitó vincular a los agricultores a contratos de largo plazo en esta etapa, dando tiempo para evaluar si los volúmenes de producción y los precios pueden resultar viables.
“Logramos pagar a 76 agricultores unos 700 000 chelines kenianos (5400 dólares) por la miel cosechada en el delta”, dijo Ernest Simeoni, director de ABL, en referencia al primer ciclo de producción del proyecto.

No es solo apicultura, es el negocio de la apicultura
Simeoni afirmó que el enfoque difiere de muchas iniciativas impulsadas por donantes, que normalmente se concentran en capacitar a agricultores para gestionar colmenas de manera independiente.
“Hay cientos de colmenas modernas en Kenia, pero no producen miel”, dijo. “El eslabón perdido es la experiencia”, agregó.
En cambio, ABL mantiene la producción bajo control de la empresa, desplegando equipos para monitorear las colonias, cosechar la miel y supervisar el procesamiento.
“No estamos enseñando a los agricultores a hacer apicultura”, dijo. “Lo que hacemos es negocio: mostrar cómo ganar dinero con la miel”, subrayó.
Los grupos comunitarios aportan tierra y seguridad para las colmenas, mientras que la empresa se encarga de la cosecha y el procesamiento. Simeoni señaló que esa estructura ayuda a mantener volúmenes de producción constantes.
Aun así, advirtió que el modelo sigue siendo frágil. El acceso a financiamiento asequible es limitado y gran parte del sector todavía depende de proyectos respaldados por donantes para absorber el riesgo inicial.
“Si mañana desaparece la financiación de donantes, la mayoría de estos proyectos se detienen”, dijo.
Más allá de las cadenas de valor de pequeña escala, el condado también intenta atraer inversiones mayores mediante un plan de desarrollo propuesto conocido como “Green Heart (corazón verde)”.
Un terreno de 60 hectáreas en Minjila fue reservado para un polo industrial destinado a apoyar agroprocesamiento, logística y manufactura verde, según Mwanajuma Hiribae, secretaria del condado de Tana River.
“Estamos trabajando para establecer una unidad de inversiones que coordine la relación con empresas privadas”, dijo. También se asignaron fondos para desarrollar un plan maestro del sitio.
Pero el proyecto sigue en una etapa temprana. La tierra aún no fue transferida formalmente a la autoridad de inversiones del condado y las propuestas de potenciales inversores continúan bajo revisión.
Las autoridades señalan que cualquier desarrollo futuro deberá alinearse con el plan de uso de la tierra y las salvaguardas ambientales del delta.
Por ahora, sin embargo, el flujo de capital privado hacia el delta sigue siendo limitado.
Experiencias en otras partes de Kenia sugieren que el modelo, aunque técnicamente replicable, depende en gran medida de la voluntad política, las condiciones de seguridad y la financiación pública sostenida, factores que varían ampliamente entre regiones.
En el oeste de Kenia, se introdujo un enfoque similar de planificación del uso de la tierra en el pantano de Yala, con resultados dispares. Aunque el condado de Busia adoptó formalmente el marco, el vecino condado de Siaya aún no lo aprobó, ya que autoridades locales citan intereses políticos y comerciales contrapuestos en torno a la agricultura a gran escala.
“La ciencia es replicable”, dijo Matiku. “Pero los intereses políticos pueden ralentizar o bloquear la implementación”.
En Golbanti, la idea de una economía de restauración comienza a tomar forma de pequeñas maneras.

Ingresos bienvenidos
Los ingresos provenientes de la miel, aunque modestos y todavía irregulares, comienzan a incorporarse a la vida cotidiana.
Para Hagodana, ayudan a pagar las cuotas escolares de sus seis hijos, sostienen una pequeña granja y contribuyen a un fondo compartido utilizado para cultivar verduras. Parte del dinero se gasta, otra se ahorra y otra se reinvierte.
Hace dos años que se dedica a la apicultura. Antes de eso, asegura, la vida era más difícil. Ahora, al menos, hay algo en lo que apoyarse.
No piensa dejarlo. Continúe o no el apoyo externo, dice que conservará las colmenas y espera eventualmente aprender a procesar miel en otros productos.
De regreso en el apiario, las abejas entran y salen de las colmenas con un ritmo constante.
T: GM / ED: EG


