Opinión

Bangladés debe afrontar su silenciosa crisis de desplazamiento interno

Este es un artículo de opinión de Mohammad Zaman, experto de reconocimiento internacional en reasentamiento y desarrollo.

En Bangladés hay una positiva atención a la población ante los fenómenos climáticos, pero poca atención a los desplazados internos que esos fenómenos están provocando, por falta de una política de reasentamientos permanentes en tierras menos vulnerables al cambio climático. Imagen: Emaus Internacional

DACA – Bangladés es elogiado, con razón, por salvar vidas durante los ciclones y las inundaciones. Los sistemas de alerta temprana, los refugios contra ciclones y la movilización comunitaria han convertido lo que antes eran desastres catastróficos en emergencias en las que, a menudo, es posible la evacuación.

Pero tras ese éxito se esconde un fracaso nacional más silencioso: millones de personas se ven desarraigadas dentro del país, a menudo más de una vez, sin un camino claro de vuelta a hogares, tierras o medios de vida seguros.

Una persona desplazada interna, o PDI, es alguien que se ve obligada a abandonar su hogar por conflictos, violencia, violaciones de derechos o desastres, pero que permanece dentro de su propio país.

Esa distinción es crucial en este país de 177,8 millones de habitantes, que lo convierte en el octavo más poblado del mundo.

Los refugiados cruzan una frontera internacional y buscan protección en otro lugar. Los desplazados internos permanecen dentro de su propio Estado, donde el gobierno nacional sigue siendo el principal responsable de su protección y asistencia.

En Bangladés, esta distinción no es meramente teórica. Una familia rohinyá que huyó de Myanmar al campamento de Cox’s Bazar se considera, con razón, parte de una crisis de refugiados.

Una familia bangladesí expulsada de la ribera de un río en Kazipur-Sirajganj, de una aldea azotada por un ciclón en Barguna o Patuakhali, o de una ladera propensa a los deslizamientos de tierra en Chattogram es una persona desplazada interna.

El autor, Mohammad Zaman

El primer caso activa el derecho internacional de los refugiados y el aparato humanitario mundial. El segundo se descarta con demasiada frecuencia como una desgracia local, una migración estacional o pobreza urbana, incluso cuando el desplazamiento es forzado, repetido y de larga duración.

Las causas son innegables. Las inundaciones monzónicas, los ciclones, las marejadas ciclónicas y los deslizamientos de tierra provocan grandes movimientos anuales de población.

Los desastres de evolución más lenta -la erosión de las riberas, la intrusión salina y la pérdida de terreno costero- hacen imposible el retorno para muchas familias.

Los conflictos y la violencia generan movimientos anuales de menor envergadura, pero el desplazamiento prolongado en las colinas de Chittagong sigue sin resolverse.

Los proyectos de desarrollo, los desalojos urbanos y la expansión de las infraestructuras también pueden desarraigar a las comunidades cuando el reasentamiento y las indemnizaciones son insuficientes.

Las cifras muestran por qué Bangladés ya no puede seguir tratando el desplazamiento interno como una nota al pie de página humanitaria de carácter temporal.

El Centro de Seguimiento de los Desplazamientos Internos informó de unos 2,4 millones de desplazamientos relacionados con desastres en Bangladés en 2024, frente a los aproximadamente 1,8 millones de 2023.

Solo las inundaciones monzónicas provocaron alrededor de 1,3 millones de desplazamientos, incluidos unos 723 000 estimados en la división de Sylhet en junio.

El ciclón Remal sumó aproximadamente 1,1 millones de desplazamientos, muchos de ellos evacuaciones preventivas que salvaron vidas, pero que aun así trastornaron los hogares, las escuelas, el trabajo y las economías locales.

Los conflictos y la violencia, en cambio, provocaron unos 2800 desplazamientos.

Los nuevos datos nacionales hacen que el panorama sea aún más sombrío.

La Matriz de Seguimiento de Desplazamientos de la Organización Internacional para las Migraciones estimó en cinco millones el número de desplazados internos por desastres en Bangladés en su evaluación nacional de 2025.

Casi dos tercios habían sido desplazados antes de abril de 2020, lo que significa que muchos llevan años viviendo en situación de desplazamiento, no semanas. Una cuarta parte se concentraba en tan solo cuatro distritos -Chattogram, Sirajganj, Bhola y Noakhali-, mientras que las divisiones de Chattogram y Daca acogían juntas a alrededor del 40 % de la población desplazada estimada.

Estas cifras ponen de manifiesto una geografía desigual del riesgo. Los hogares costeros se enfrentan a ciclones, marejadas ciclónicas, agua salina y roturas de diques.

Las comunidades ribereñas del norte y del centro pierden tierras a causa de la erosión. Los barrios marginales de las ciudades acogen a las familias que llegan tras los desastres, solo para ubicarlas en barrios propensos a las inundaciones, inseguros y con escasos servicios.

Las mujeres, los niños, las personas mayores y las personas con discapacidad se enfrentan a obstáculos específicos en materia de evacuación, acceso a refugios, documentación, empleo y vivienda segura.

El desplazamiento no es simplemente un traslado de un lugar a otro; puede privar a las personas de sus bienes, su identidad, sus redes sociales, su educación y su voz política.

La crisis de los desplazados internos de Bangladés se entiende mejor como una crisis de desarrollo con síntomas humanitarios.

El país es relativamente eficaz en la respuesta a emergencias: puede alertar a la población, abrir refugios y alejar a las comunidades del peligro inmediato.

El trabajo más arduo comienza una vez que bajan las aguas: restaurar las tierras, reconstruir las viviendas, reincorporar a los niños a la escuela, reemplazar los aparejos de pesca o el ganado, garantizar la tenencia de la tierra en lugares más seguros y evitar que las familias desplazadas se vean empujadas a situaciones de explotación laboral o a viviendas inseguras.

Sin soluciones duraderas -retorno seguro, integración local o reubicación planificada-, cada desastre agrava el anterior.

Bangladés cuenta con una base normativa, incluida su Estrategia Nacional para la Gestión del Desplazamiento Interno. Lo que le falta es una aplicación a la escala que exige la realidad climática.

El desplazamiento interno debe integrarse en la planificación del uso del suelo, la protección social, la adaptación al cambio climático, la vivienda urbana, la educación, la atención sanitaria y las finanzas de los gobiernos locales.

Los sistemas de datos deberían distinguir entre las evacuaciones a corto plazo y los desplazamientos prolongados. Las medidas de socorro, reubicación y reasentamiento deben ser transparentes, participativas y centradas en los medios de vida, y no limitarse a un simple traslado de un lugar inseguro a otro.

Ashrayan, el programa emblemático de vivienda de Bangladés para familias sin tierra y sin hogar, ofrece tanto un modelo útil como una advertencia.

Desde 1997, ha proporcionado a muchos hogares pobres un techo legal, una pequeña parcela y acceso a servicios básicos.

Para las familias que llevan años viviendo en terraplenes, en tierras «khas» -como se llaman localmente a las tierras bajo propiedad exclusiva del Estado-, a orillas de ríos o en asentamientos urbanos precarios, disponer de un alojamiento seguro puede suponer un cambio radical en sus vidas.

Pero Ashrayan también pone de manifiesto por qué la vivienda no debe confundirse con la rehabilitación.

Una casa en un lugar inadecuado —sin trabajo en las cercanías, sin transporte, sin alcantarillado, sin colegios, sin atención sanitaria ni rendición de cuentas a nivel local— puede convertirse en otra forma de confinamiento. La verdadera prueba no es cuántas viviendas se entregan, sino si las familias pueden reconstruir sus medios de vida e integrarse en las comunidades que las acogen.

Los fallos recurrentes son de carácter práctico y político. Demasiados asentamientos de reubicación al estilo de Ashrayan se eligen porque hay terrenos públicos o «khas» disponibles, no porque la ubicación ofrezca una vía realista para salir de la pobreza.

Una construcción deficiente, un drenaje deficiente, un saneamiento inadecuado, un mantenimiento limitado y la exposición a inundaciones o a la erosión pueden socavar la propia reubicación.

Los fallos de gobernanza -selección poco clara de los beneficiarios, influencias locales, pagos informales, disputas por la tierra y sistemas de resolución de reclamaciones deficientes- pueden ser igual de perjudiciales.

Cuando surgen estos problemas, las familias pueden conseguir un techo, pero pierden las redes sociales, los mercados y las economías informales que les permitían salir adelante. Algunas tienen que desplazarse largas distancias; otras alquilan o abandonan la vivienda; otras se mudan de nuevo.

Eso no es un fracaso de los desplazados. Es una advertencia sobre el diseño de las políticas.

El futuro será más duro si las políticas siguen siendo reactivas. El cambio climático intensificará los peligros que ya desarraigan a las familias -lluvias más intensas, marejadas ciclónicas más fuertes, subida del nivel del mar, salinidad y erosión fluvial-, mientras que la urbanización seguirá atrayendo a las personas desplazadas hacia ciudades ya saturadas, como Daca, Chattogram y otros centros urbanos secundarios. B

angladés ha demostrado, a través de la preparación ante los ciclones, que las políticas públicas pueden salvar vidas. Su próxima prueba será determinar si quienes sobreviven a un desastre también pueden recuperar después su dignidad, sus ingresos y su seguridad.

Esto comienza por tratar a los desplazados internos como titulares de derechos, no como víctimas del mal tiempo.

Bangladés debe ir más allá del alojamiento de emergencia y avanzar hacia una vivienda segura, la recuperación de los medios de vida y unos sistemas nacionales responsables respaldados por la financiación climática.

El reasentamiento debe incorporarse a la política territorial, los presupuestos locales, la planificación urbana, la protección social y la adaptación al cambio climático antes de que llegue la próxima inundación o ciclón.

La elección es clara: el desplazamiento puede seguir siendo una vía directa hacia la pobreza, o puede convertirse en un compromiso nacional con la seguridad, la ciudadanía y un futuro que la gente pueda reconstruir.

Mohammad Zaman es un académico y profesional reconocido internacionalmente en proyectos de reasentamiento y desarrollo en Asia y África. Su trabajo aúna la investigación académica, la práctica sobre el terreno, las salvaguardias sociales y la participación en las políticas, con un enfoque particular en cómo las comunidades afectadas experimentan, negocian y reconfiguran las intervenciones de desarrollo. su libro más más reciente es «Anatomía del reasentamiento: relatos etnográficos e historias en retrospectiva» (Bloomsbury Academic, 2025).

T: MF / ED: EG

 

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