Opinión

A 25 años de Conferencia de Durban / Paul Divakar Namala: “La solidaridad y la resistencia funcionan en el largo plazo”

La tercera Conferencia de la ONU contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia de 2001 fue un momento decisivo para millones de personas en todo el mundo. Siete mil representantes de gobiernos y de la sociedad civil de 170 países se reunieron en Durban, Sudáfrica. Liderada por países del Sur global, la Conferencia cuestionó la idea de que los derechos humanos son un concepto occidental, reconoció las raíces históricas de las formas contemporáneas de racismo y pidió a los Estados que reparasen las consecuencias duraderas del colonialismo y la esclavitud. Si bien Estados Unidos e Israel se retiraron de la Conferencia, se adoptaron la Declaración y el Programa de Acción de Durban, los que se convirtieron en documentos fundamentales para la lucha mundial contra el racismo. Pero, dado que el racismo sigue muy presente, hablamos con activistas sobre sus luchas y esperanzas.

Protestas durante la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, celebrada en la ciudad sudafricana de Durban del 31 de agosto al 7 de septiembre de 2001. Imagen: Paul Divakar Namala

LONDRES – Me llamo Paul Divakar Namala. Soy el director ejecutivo de The Inclusivity Project y el coordinador del Foro Global de Comunidades Discriminadas por el Trabajo y la Ascendencia. Mi trabajo se centra en las comunidades cuyo estatus social, sus ocupaciones y su exclusión se heredan de generación en generación a través de la casta, de jerarquías análogas y de sistemas arraigados en la esclavitud tradicional.

Soy dalit. Históricamente, a las personas dalits se las trataba como “intocables” y se las situaba en la base de la jerarquía de castas o fuera de ella. Esto puede condicionar todos los ámbitos de la vida: el acceso a una fuente de agua común, dónde se sienta una persona en la escuela, dónde puede vivir una familia, qué trabajo se espera que realice una persona y si otras comerán con ella o incluso si se les verá en su compañía.

La pobreza está muy extendida en Asia Meridional, pero su carga recae de manera desproporcionada sobre las personas dalits, ya que el sistema de castas restringe el acceso a la tierra, la educación, el empleo digno, los servicios públicos y el poder político.

Las jerarquías heredadas siguen profundamente arraigadas

En todo el sur de Asia, las garantías constitucionales y las instituciones democráticas coexisten con la discriminación de castas y las prácticas de intocabilidad. Estas persisten en pueblos y ciudades, y en instituciones públicas, lugares de trabajo privados y empresas. Las personas dalit pueden sufrir amenazas o violencia por hacer valer sus derechos sobre la tierra, entrar en lugares de culto, contraer matrimonio con personas de otras castas, acceder a recursos comunes, buscar educación o presentarse a cargos designados por elección.

La población dalit de Asia Meridional no está sola. Las comunidades romaníes en Europa y otras zonas, las burakumin en Japón, las haratin y otras comunidades afectadas por la esclavitud tradicional en el Sahel, las comunidades osu en Nigeria, las comunidades quilombolas (de afrodescendientes) en Brasil y otras en América Latina experimentan historias y realidades distintas. Aunque no deben agruparse en una sola categoría, muchas se enfrentan a patrones estructuralmente conectados: estigma y estatus social heredados, endogamia, segregación en la vivienda y la educación, exclusión de la tierra y del trabajo decente, confinamiento a ocupaciones peligrosas o degradantes, trata y trabajo forzoso, y violencia como reacción cuando se resisten.

Describimos a estas personas, en toda su diversidad, como Comunidades Discriminadas por el Empleo y la Ascendencia (CDWD, en inglés).

El autor, Paul Divakar Namala

Reconectar con mi identidad

En el lugar de la India donde crecí, mi familia se enfrentó a repetidos ataques cuando hacíamos valer nuestros derechos, incluidos los derechos sobre tierras públicas.

Cuando tenía 21 años, un ataque con cócteles molotov le quitó la vida a mi madre. Solo cuando me hice mayor comprendí hasta qué punto lo que le había sucedido a mi familia estaba relacionado con la casta. Mi padre me enseñó que nuestro propósito no debía limitarse a buscar justicia para nosotros mismos; teníamos que desmantelar las estructuras que permiten que continúen tales abusos. Esa enseñanza me alejó de la venganza y me llevó a cuestionar las normas sociales y las estructuras de castas que tratan a algunas personas como inferiores, explotan su vulnerabilidad y les asignan una vida de servidumbre.

Junto con mi pareja, que procedía de una casta diferente, contribuí a crear una comunidad de defensores y defensoras de los derechos humanos. Durante demasiado tiempo, a las personas Dalit se las representó únicamente como víctimas o sobrevivientes. También somos organizadores, activistas y defensores y defensoras de los derechos humanos. Este trabajo comenzó hace más de cuatro décadas, cuando tenía veintitantos años.

En 1998, junto con líderes de toda la India, creamos la Campaña Nacional de Derechos Humanos de las Personas Dalit. Queríamos que la discriminación y la violencia por razón de casta se documentaran y debatieran a escala nacional e internacional. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de lo innovador que fue ese esfuerzo, especialmente con tan pocos recursos.

Llevar el tema de las castas a Durban

Cuando supimos que las Naciones Unidas estaban organizando una Conferencia Mundial contra el Racismo, nuestra respuesta inmediata fue: “Tenemos que estar ahí”. Éramos nuevos en estos procesos internacionales. Nos pusimos en contacto con quienes trabajaban en el tema de la discriminación basada en la casta y nos invitaron a una reunión preparatoria en Bellagio que ayudó a perfilar el programa de trabajo de Durban.

En Bellagio, muchas personas participantes apoyaron la inclusión de la casta en el programa de trabajo, incluido Pierre Sané, entonces secretario general de Amnistía Internacional. La sociedad civil logró que el sistema de castas fuera un tema importante en el proceso de Durban, pero varios gobiernos asiáticos se opusieron a su inclusión explícita en la Declaración y el Programa de Acción finales de Durban, alegando que apuntaría a sus países o interferiría en asuntos internos.

Aunque la Declaración final no contenía el reconocimiento explícito que buscábamos, lo que logró el movimiento fue extraordinario. Durban dio una visibilidad internacional sin precedentes a la discriminación por motivos de casta y ayudó a que los derechos de las personas dalits pasaran de la marginalidad al centro del debate internacional sobre los derechos humanos. Hubo una fuerte presencia de activistas dalits, que llevaban documentación, testimonios y tambores y protestaban por todo el recinto de la conferencia. La gente se nos acercaba y nos decía, a veces con torpeza pero con auténtica solidaridad: “¿Eres intocable? Déjame abrazarte”.

Esos encuentros mostraron tanto lo poco conocida que era la cuestión a escala internacional como la rapidez con la que la conexión humana podía cuestionar el estigma que se nos imponía.

Solidaridad, resistencia y la agenda pendiente

A lo largo de los años, nos hemos conectado con comunidades y activistas en Somalia, Etiopía, Kenia, Níger, Mauritania y Nigeria, con movimientos romaníes en toda Europa y en otros lugares, y con comunidades quilombolas y de otro tipo en América Latina. Sus historias son diferentes, pero sus luchas revelan cómo el estatus heredado, el trabajo estigmatizado y la exclusión pueden reforzarse mutuamente durante generaciones.

Trabajar en conjunto hace visibles estas estructuras e impide que los gobiernos y las instituciones las justifiquen en nombre de la cultura o la tradición.  Durban también nos enseñó que las comunidades afectadas deben hablar por sí mismas. No deben ser tratadas como meras víctimas o fuentes de testimonio, sino como defensoras y defensores de los derechos humanos y líderes que definen el problema y dan forma a la solución. La solidaridad no nos exige afirmar que todas las opresiones son idénticas. Exige que respetemos las distintas historias, reconozcamos las estructuras comunes de deshumanización y nos unamos para luchar contra ellas.

La lucha dista mucho de haber terminado. Estamos trabajando para lograr un mayor reconocimiento internacional, incluidas directrices integrales del CERD (Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial) y, en última instancia, una Declaración sobre los Derechos de las Comunidades Discriminadas por el Empleo y la Ascendencia. Sin embargo, la verdadera prueba siempre está sobre el terreno. Las declaraciones internacionales solo tienen sentido cuando cambian la vida de una mujer que se enfrenta a la intocabilidad, de una persona trabajadora de los servicios de saneamiento que exige un trabajo seguro y digno, de una niña o un niño romaní que se resiste a la segregación escolar o de una familia haratina que busca libertad, tierra e igualdad.

Este artículo fue provisto a IPS por Amnitía Internacional (AI).

RV: EG

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