NACIONES UNIDAS – «Sobre todo, la gente me dice que está agotada. Están agotadas por la pobreza, por el hambre, por las repetidas crisis climáticas, por la deuda creciente y por la lucha diaria para mantener a sus familias», aseguró Olga Cherevko, portavoz en Afganistán de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (Ocha).
Tras recorrer Afganistán, desde Bamiyán y Herat, pasando por Paktía, Khost y, más recientemente, Nuristán tras las devastadoras riadas repentinas, Cherevko describe un país azotado por múltiples crisis que se superponen. Estas crisis han dado lugar a una crisis humanitaria en la que convergen la inseguridad alimentaria, los desastres, los desplazamientos y la disminución de la ayuda.
Este mes, Nuristán se vio azotado por devastadoras crecidas repentinas en las que las familias perdieron a sus seres queridos, sus medios de subsistencia, todo lo que poseían, así como sus hogares y las infraestructuras.
Los trabajadores humanitarios actuaron con rapidez para proporcionar alimentos, agua, refugio, atención sanitaria, protección y apoyo psicosocial; sin embargo, «cuando se produjeron estas crecidas, muchas personas ya estaban luchando por salir adelante», afirmó Cherevko en un encuentro con periodistas en la sede de la ONU en Nueva York.
Afganistán es extremadamente vulnerable a las crisis climáticas. «Las comunidades apenas tienen tiempo de recuperarse de un desastre cuando se produce otro… cada crisis empuja a las familias, ya de por sí vulnerables, a una pobreza aún mayor.
Para ayudar a combatir la crisis humanitaria cada vez más grave en Afganistán, el plan de necesidades y respuesta humanitaria para 2026 solicitó 1710 millones de dólares para prestar asistencia a 17,5 millones de personas en los distritos y comunidades que se enfrentan a las condiciones más agudas y que ponen en peligro la vida.
Sin embargo, el llamamiento solo ha recibido 26 % de la financiación necesaria, lo que genera una situación «muy alarmante», «dado que estamos observando un empeoramiento de muchos de estos indicadores, en particular la desnutrición», advirtió Cherevko.
Afganistán está registrando índices alarmantes de desnutrición, y los socios de Ovha en materia de nutrición señalan que la emaciación infantil ha empeorado este año en tres cuartas partes del país.
Estas cifras coinciden con una alerta del Programa Mundial de Alimentos (PMA) publicada este mismo mes.
Casi 14 millones de afganos se enfrentan a una situación de hambre aguda. Sin embargo, los recortes presupuestarios han hecho que solo uno de cada nueve reciba ayuda alimentaria del PMA.
Además, se prevé que este año 3,7 millones de niños y 1,2 millones de mujeres embarazadas y lactantes sufran malnutrición. Para hacer frente a las necesidades alimentarias agudas en todo Afganistán, el PMA necesita 900 millones de dólares para programas de ayuda alimentaria de emergencia y nutrición en 2026.
«No hemos podido satisfacer las necesidades en los primeros seis meses porque no teníamos dinero», afirmó John Aylieff, director nacional del PMA para Afganistán. «El PMA aún necesita 500 millones de dólares para hacer frente a las necesidades alimentarias agudas del país», agregó.
Además de la crisis alimentaria, las restricciones impuestas a las niñas y las mujeres han agravado la situación humanitaria en Afganistán.
Estas restricciones condicionan «casi todos los aspectos de la vida cotidiana» y «con cada nueva restricción, las mujeres quedan aún más marginadas de la vida pública… cuando las personas se vuelven invisibles, corren el riesgo de convertirse en prescindibles», afirmó Cherevko.
Cuando los trabajadores humanitarios no pueden llegar a las niñas y las mujeres, y cuando las mujeres no pueden trabajar o las niñas no pueden ir al colegio, «las consecuencias van mucho más allá de las personas», añadió Cherevko, y señaló que estas consecuencias afectan, en última instancia, a «la capacidad del país para recuperarse».

La violencia y los desplazamientos agravan aún más las crisis. Desde 2023, aproximadamente seis millones de afganos han sido expulsados por la fuerza de países vecinos como Pakistán e Irán. Los repatriados han aumentado la presión sobre la frágil economía de Afganistán y, para ellos, «simplemente no hay suficientes puestos de trabajo para mantenerlos», afirmó Aylieff.
Cherevko hizo hincapié en que muchos de los repatriados «lleguen a un país que les resulta completamente nuevo», donde además las perspectivas laborales son limitadas.
La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) estima que casi 3,1 millones de refugiados afganos necesitan protección internacional en toda la subregión.
Para 2026, Acnur ha solicitado algo más de 450 millones de dólares para financiar la situación en Afganistán; sin embargo, al igual que ocurre con los llamamientos de la Ocha y el PMA, la financiación está lejos de alcanzarse.
A pesar de hacer hincapié en la necesidad de una financiación continuada y mayor, Cherevko subrayó que «la ayuda humanitaria por sí sola no puede resolver estos retos». Hizo un llamamiento a invertir en soluciones a medio y largo plazo centradas en el empleo, la educación y la reducción de la pobreza, además de la ayuda humanitaria de emergencia.
Tras haber trabajado en Afganistán durante años, Cherevko ha sido testigo de cómo el pueblo afgano ha demostrado «una resiliencia extraordinaria ante dificultades interminables».
Sin embargo, señaló que «la resiliencia nunca debe sustituir a las oportunidades ni servir de excusa para que el mundo se limite a observar y espere que la gente aguante indefinidamente sin el apoyo que necesita».
T: MF / ED: EG


